Por Román Reynoso para Mundo
Norte.
El teatro El Tinglado se
convirtió anoche en el escenario de una de las piezas más movilizantes de la
temporada porteña. Con el reestreno de Al fin y al cabo es mi vida, la
cartelera de Buenos Aires recupera un debate que, aunque incómodo para algunos,
resulta vital en la sociedad contemporánea: el derecho a la autonomía sobre el
propio cuerpo y el final de la vida.
La obra, protagonizada por una Silvia
Kutika que demuestra una vez más su jerarquía interpretativa, nos sumerge
en la historia de Clara, una escultora cuya existencia cambia drásticamente
tras un accidente. Lejos del golpe bajo o el melodrama simplista, la puesta se
sostiene en un guion sólido que interpela al espectador desde la ética, la
medicina y, sobre todo, desde la humanidad.
Un elenco sólido para un
relato coral
Si bien el peso dramático recae
en la inmovilidad expresiva de Kutika, la pieza funciona gracias a un engranaje
actoral que le da cuerpo a las distintas posturas éticas en juego. El elenco
completo que da vida a esta historia está conformado por:
- Silvia Kutika (Clara)
- Fabio Aste
- Mirta Wons
- Fernando Cuellar
- Luis Porzio
- Tania Marioni
- Jorge Almada
- Morena Pereyra
Bajo la dirección de Mariano
Dossena, este grupo de actores logra que el debate sobre la eutanasia no
sea un tratado jurídico, sino un conflicto de carne y hueso.
Veredicto: Una cita obligada
con la reflexión
Al fin y al cabo es mi vida es una obra necesaria. En tiempos donde la inmediatez nos quita espacio para el pensamiento profundo, esta pieza nos obliga a detenernos y preguntarnos qué significa realmente vivir con dignidad. Una dirección precisa y una actuación consagratoria de Kutika —quien sostiene la tensión durante 90 minutos sin poder mover más que su rostro y su voz— la posicionan como uno de los puntos altos de este 2026.
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