Por Román Reynoso para Mundo Norte.
El extraordinario desempeño del
comercio exterior argentino durante los primeros cinco meses de 2026 reabre una
discusión estructural postergada. La balanza comercial acumuló un saldo
positivo histórico gracias al empuje combinado del sector agropecuario y la
consolidación de Vaca Muerta. Sin embargo, la abundancia de divisas empieza a
encender alarmas en el entramado productivo tradicional, afectado por la
pérdida de competitividad ante un tipo de cambio real que tiende a apreciarse
de forma acelerada.
Según los últimos datos del Indec
para el período enero-mayo, las exportaciones de productos primarios crecieron
un 32%, mientras que los despachos de combustibles y energía treparon un 34%
interanual. El clima favorable y los incentivos del Régimen de Incentivo para
Grandes Inversiones (RIGI) sostienen este salto cuantitativo. Asimismo, el
estricto orden fiscal redujo la demanda de importaciones que históricamente
asfixiaba las reservas del Banco Central y forzaba devaluaciones cíclicas.
La encrucijada radica en que esta
dinámica profundizó la brecha con los sectores menos competitivos, como la
industria manufacturera. Mientras el bloque agroenergético se expande, la
importación de bienes de capital cayó un 14% y la de piezas y accesorios se
contrajo un 31%. Se evidencia así una paradoja: el flujo de dólares abarata la
divisa y agrava el impacto de las distorsiones internas sobre el resto de la
economía, frenando la actualización tecnológica indispensable para el mercado
interno.
La salida para los sectores
industriales y generadores de empleo no pasa por forzar devaluaciones
generalizadas ni por multiplicar los regímenes de excepción. El RIGI funciona
en la práctica como una isla legal que exime a las grandes corporaciones de las
severas fallas del esquema local: cepo cambiario, impuestos distorsivos e
imprevisibilidad jurídica.
El verdadero desafío macroeconómico consiste en extender las condiciones de competitividad de esa isla al conjunto de la actividad privada. Para revertir el estancamiento secular, la agenda institucional debe acelerar reformas de fondo: normalizar el mercado de cambios con la eliminación definitiva del cepo, dar estatus legal al régimen bimonetario, garantizar la independencia de la autoridad monetaria y simplificar la matriz tributaria mediante la absorción de Ingresos Brutos y tasas municipales por parte del IVA. Sin infraestructura logística eficiente ni reglas de juego homogéneas, el superávit comercial corre el riesgo de consolidar una economía dual desarticulada.
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