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07/06/26

La salud mental en tiempos de crueldad social

El debate sobre la reforma de la Ley Nacional de Salud Mental volvió a instalarse —una vez más— y la discusión suele presentarse en términos técnicos, jurídicos o presupuestarios.



Sin embargo, detrás de cada artículo que se intenta modificar existe una pregunta más profunda: ¿qué lugar ocupa el sufrimiento en nuestra sociedad? La pregunta no es menor, y las leyes nunca son solamente leyes. También expresan una forma de mirar a las personas, de comprender la vulnerabilidad y de definir qué vidas merecen ser cuidadas y a quiénes se va a dejar a su suerte. 

Además, el debate no ocurre en cualquier contexto, y eso no es casualidad. Vivimos tiempos atravesados por la incertidumbre. Cuesta proyectar el futuro, sostener proyectos, llegar a fin de mes. Cada vez más personas experimentan angustia, agotamiento y dificultades para imaginar lo que viene. 

Sin embargo, mientras el malestar se expande, se reduce la capacidad colectiva para reconocerlo. Tal vez porque, no sin intención, algo de nuestra época ha convertido la fragilidad en una falta, haciendo que se admire a quien puede solo y se sospeche de quien necesita ayuda. 

Como si la vulnerabilidad fuera una falla y no una condición que, inevitablemente, atraviesa a todas las personas. De esa manera pasa desapercibida una de las formas más silenciosas de la crueldad contemporánea, porque esta no siempre se expresa a través de la violencia explícita. 

A veces aparece en la indiferencia frente al dolor ajeno, en la dificultad para reconocer al otro como alguien digno de cuidado, en la tendencia a explicar dolores, a veces provocados por el contexto social, como si se trataran siempre de problemas individuales.

Hablar de salud mental exige detenernos en ese punto. No solo porque las condiciones materiales de existencia impactan profundamente en la vida psíquica, sino también porque no todo sufrimiento es un “trastorno”, término al que se quiere volver con la reforma y, de ese modo, retroceder en la comprensión de que el sufrimiento psíquico está relacionado también con situaciones sociales. 

Parece un cambio semántico, pero es el lenguaje diciendo que “si tenés un trastorno, el problema es solo tuyo”. Esto se vuelve especialmente visible cuando pensamos en los consumos problemáticos como decisiones individuales o fallas personales, desligándolos de las condiciones sociales en las que se producen, mientras vivimos en una cultura que organiza buena parte de la vida alrededor del consumo y que ofrece, de su mano, permanentemente nuevas promesas de satisfacción. 

Al mismo tiempo que cada vez más personas ven deteriorarse sus condiciones de vida y sus posibilidades de acceder a aquello que se les presenta como deseable. Entonces, la relación que se establece con una sustancia puede convertirse en una forma de aliviar dolores, soportar frustraciones o encontrar una salida momentánea frente a aquello que resulta difícil de tramitar: consumir, al menos, algo de todo lo demás a lo que no puede acceder. No todas las personas consumen por las mismas razones, pero pocas lo hacen en el vacío. 

Por eso resulta preocupante que, en el marco de la discusión sobre la reforma, los consumos problemáticos vuelvan a correr el riesgo de ser pensados desde perspectivas que privilegian el control por sobre el abordaje integral del sufrimiento. La Ley Nacional de Salud Mental surgió de una larga lucha por dejar atrás prácticas basadas en el encierro, la segregación y la pérdida de derechos. Su punto de partida era sencillo y, al mismo tiempo, profundamente transformador: las personas con padecimiento mental son sujetos de derecho. 

Ese principio debería ser irrenunciable. Por supuesto, toda ley puede revisarse, corregirse y mejorarse. Pero lo más importante no debería perderse entre tecnicismos: qué hacemos con quienes sufren, si los escuchamos o los administramos, si los acompañamos o los aislamos, si construimos redes o los encerramos. Una sociedad no se puede definir solo por aquello que produce, sino también por aquello que es capaz de cuidar. Y tal vez una de las expresiones más preocupantes de la crueldad contemporánea sea esta: hacerles creer a las personas que deben atravesar solos sufrimientos que nunca fueron individuales.

Lic. Verónica Cuevas Psicóloga 

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