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16/07/26

A 90 AÑOS DEL INICIO DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, LA ANTESALA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

 


Por Hernán Labate
Escritor y abogado. Autor de Sin tu Venia y Un Puente en la Niebla

Cuando se recuerda la Guerra Civil española suele pensarse en un conflicto interno, en una tragedia exclusivamente española. Sin embargo, noventa años después de su comienzo, cada vez resulta más evidente que fue mucho más que eso. España fue el escenario donde el siglo XX ensayó buena parte de sus peores horrores.

El 18 de julio de 1936, un grupo de generales encabezados por Francisco Franco se sublevó contra la Segunda República. El golpe pretendía ser rápido, pero encontró una resistencia inesperada. La sociedad se movilizó para defender al gobierno constitucional y el fracaso de aquella intentona inicial dio lugar a una guerra que se prolongó durante casi mil días y dejó un país devastado.

Lo que ocurría dentro de las fronteras españolas era observado con atención por las grandes potencias. Mientras la Alemania nazi y la Italia fascista brindaban un apoyo militar decisivo a los sublevados, la Unión Soviética respaldaba a la República. Al mismo tiempo, miles de voluntarios de más de cincuenta países llegaron para integrar las Brigadas Internacionales convencidos de que en España se estaba librando una batalla que excedía ampliamente a los propios españoles.

En cierto modo, tenían razón.

La Guerra Civil fue el anticipo de la Segunda Guerra Mundial. Allí se probaron estrategias militares, armamentos y formas de combate que pocos años después serían utilizadas a gran escala en Europa. El bombardeo de Guernica, el 26 de abril de 1937, ejecutado por la Legión Cóndor alemana, se convirtió en uno de los primeros ataques aéreos sistemáticos contra población civil y mostró hasta dónde podía llegar la guerra moderna. Pablo Picasso inmortalizó aquella tragedia en una de las obras más emblemáticas del arte contemporáneo.

Pero la dimensión internacional no debe hacer olvidar el drama cotidiano que vivieron millones de españoles.

Los antecedentes del conflicto venían acumulándose desde hacía décadas. La pérdida de las últimas colonias en 1898 había precipitado una profunda crisis política y económica. En abril de 1931, Alfonso XIII abandonó el país y nació la Segunda República, que impulsó reformas de enorme alcance en apenas cinco años de existencia. La modernización del Estado, la reforma agraria, la educación laica y la redefinición del papel del Ejército y de la Iglesia despertaron grandes expectativas, pero también una resistencia feroz.

A pesar de las tensiones permanentes, la democracia seguía funcionando. En 1931 triunfaron las fuerzas de izquierda; en 1933 gobernó la derecha y, en febrero de 1936, el Frente Popular volvió a imponerse en las urnas. Fue entonces cuando una parte de quienes habían ejercido tradicionalmente el poder decidió que ya no aceptaría otro resultado electoral adverso.

El golpe militar terminó convirtiéndose en una guerra entre españoles.

Franco sabía que el dominio del país dependía de conquistar Madrid. Sin embargo, la capital resistió durante casi tres años. "No pasarán" se transformó en el símbolo de aquella defensa que mantuvo en pie a la República hasta el 28 de marzo de 1939. Tres días después concluyó oficialmente la guerra.

El costo humano fue inmenso. Alrededor de medio millón de personas murieron durante el conflicto y una cifra similar debió marchar al exilio. Miles de familias quedaron partidas para siempre. Las cárceles se llenaron de presos políticos, las ejecuciones continuaron aun después del fin de la guerra y las fosas comunes se multiplicaron por toda la geografía española.

Las consecuencias económicas tampoco fueron menores. El hambre, el racionamiento y la escasez marcaron la vida cotidiana durante años. España no recuperó el producto bruto interno que tenía en 1935 hasta 1954. Fueron necesarias casi dos décadas para volver al punto de partida.

A la destrucción material se sumó una dictadura que se extendería durante treinta y seis años, hasta la muerte de Francisco Franco, en noviembre de 1975.

La Guerra Civil española no solo explica buena parte de la historia contemporánea de España. También ayuda a comprender cómo Europa llegó, apenas cinco meses después de terminada aquella contienda, al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Muchas de las prácticas que luego estremecerían al continente ya habían aparecido en suelo español: los bombardeos masivos sobre civiles, la propaganda como arma política, la polarización extrema y la intervención de potencias extranjeras en conflictos internos.

Quizá por eso, noventa años después, la Guerra Civil sigue despertando tanto interés. No pertenece únicamente al pasado español. Es una advertencia universal sobre la facilidad con que una sociedad puede deslizarse desde la confrontación política hacia la violencia cuando desaparecen los consensos mínimos y el adversario deja de ser visto como un ciudadano para convertirse en un enemigo.

Las guerras rara vez comienzan el día en que se dispara el primer tiro. Para entonces, el deterioro suele llevar años gestándose. España lo aprendió hace noventa años. El resto del mundo haría bien en no olvidarlo.

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