Por Hernán Labate
Escritor y abogado. Autor de Sin tu Venia y Un Puente en la Niebla
Cuando se recuerda la
Guerra Civil española suele pensarse en un conflicto interno, en una tragedia
exclusivamente española. Sin embargo, noventa años después de su comienzo, cada
vez resulta más evidente que fue mucho más que eso. España fue el escenario
donde el siglo XX ensayó buena parte de sus peores horrores.
El 18 de julio de 1936,
un grupo de generales encabezados por Francisco Franco se sublevó contra la
Segunda República. El golpe pretendía ser rápido, pero encontró una resistencia
inesperada. La sociedad se movilizó para defender al gobierno constitucional y
el fracaso de aquella intentona inicial dio lugar a una guerra que se prolongó
durante casi mil días y dejó un país devastado.
Lo que ocurría dentro
de las fronteras españolas era observado con atención por las grandes
potencias. Mientras la Alemania nazi y la Italia fascista brindaban un apoyo
militar decisivo a los sublevados, la Unión Soviética respaldaba a la
República. Al mismo tiempo, miles de voluntarios de más de cincuenta países
llegaron para integrar las Brigadas Internacionales convencidos de que en
España se estaba librando una batalla que excedía ampliamente a los propios
españoles.
En cierto modo, tenían
razón.
La Guerra Civil fue el
anticipo de la Segunda Guerra Mundial. Allí se probaron estrategias militares,
armamentos y formas de combate que pocos años después serían utilizadas a gran
escala en Europa. El bombardeo de Guernica, el 26 de abril de 1937, ejecutado
por la Legión Cóndor alemana, se convirtió en uno de los primeros ataques
aéreos sistemáticos contra población civil y mostró hasta dónde podía llegar la
guerra moderna. Pablo Picasso inmortalizó aquella tragedia en una de las obras
más emblemáticas del arte contemporáneo.
Pero la dimensión
internacional no debe hacer olvidar el drama cotidiano que vivieron millones de
españoles.
Los antecedentes del
conflicto venían acumulándose desde hacía décadas. La pérdida de las últimas
colonias en 1898 había precipitado una profunda crisis política y económica. En
abril de 1931, Alfonso XIII abandonó el país y nació la Segunda República, que
impulsó reformas de enorme alcance en apenas cinco años de existencia. La
modernización del Estado, la reforma agraria, la educación laica y la
redefinición del papel del Ejército y de la Iglesia despertaron grandes
expectativas, pero también una resistencia feroz.
A pesar de las
tensiones permanentes, la democracia seguía funcionando. En 1931 triunfaron las
fuerzas de izquierda; en 1933 gobernó la derecha y, en febrero de 1936, el
Frente Popular volvió a imponerse en las urnas. Fue entonces cuando una parte
de quienes habían ejercido tradicionalmente el poder decidió que ya no
aceptaría otro resultado electoral adverso.
El golpe militar
terminó convirtiéndose en una guerra entre españoles.
Franco sabía que el
dominio del país dependía de conquistar Madrid. Sin embargo, la capital
resistió durante casi tres años. "No pasarán" se transformó en el
símbolo de aquella defensa que mantuvo en pie a la República hasta el 28 de
marzo de 1939. Tres días después concluyó oficialmente la guerra.
El costo humano fue
inmenso. Alrededor de medio millón de personas murieron durante el conflicto y
una cifra similar debió marchar al exilio. Miles de familias quedaron partidas
para siempre. Las cárceles se llenaron de presos políticos, las ejecuciones continuaron
aun después del fin de la guerra y las fosas comunes se multiplicaron por toda
la geografía española.
Las consecuencias
económicas tampoco fueron menores. El hambre, el racionamiento y la escasez
marcaron la vida cotidiana durante años. España no recuperó el producto bruto
interno que tenía en 1935 hasta 1954. Fueron necesarias casi dos décadas para
volver al punto de partida.
A la destrucción
material se sumó una dictadura que se extendería durante treinta y seis años,
hasta la muerte de Francisco Franco, en noviembre de 1975.
La Guerra Civil
española no solo explica buena parte de la historia contemporánea de España.
También ayuda a comprender cómo Europa llegó, apenas cinco meses después de
terminada aquella contienda, al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Muchas
de las prácticas que luego estremecerían al continente ya habían aparecido en
suelo español: los bombardeos masivos sobre civiles, la propaganda como arma
política, la polarización extrema y la intervención de potencias extranjeras en
conflictos internos.
Quizá por eso, noventa
años después, la Guerra Civil sigue despertando tanto interés. No pertenece
únicamente al pasado español. Es una advertencia universal sobre la facilidad
con que una sociedad puede deslizarse desde la confrontación política hacia la
violencia cuando desaparecen los consensos mínimos y el adversario deja de ser
visto como un ciudadano para convertirse en un enemigo.
Las guerras rara vez
comienzan el día en que se dispara el primer tiro. Para entonces, el deterioro
suele llevar años gestándose. España lo aprendió hace noventa años. El resto
del mundo haría bien en no olvidarlo.
