Por Román Reynoso para Mundo
Norte
La homilía del arzobispo de
Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, por el aniversario de la
Independencia en la Catedral Metropolitana, se posicionó en el centro del
tablero político. Con un mensaje directo y despojado de eufemismos, la máxima
autoridad de la Iglesia porteña llamó a un examen de conciencia colectivo,
desvinculando la severa crisis social de cualquier justificación macroeconómica
o interna partidaria.
A partir de la parábola del buen
samaritano, García Cuerva apuntó contra la insensibilidad hacia los sectores
más vulnerables: jubilados, desocupados, personas con discapacidad y jóvenes
expuestos al negocio del narcotráfico. El reclamo central interpeló la
tendencia a tratar la pobreza como una estadística de laboratorio; exigió mirar
rostros e historias concretas sin pedirles "antecedentes de pobre",
marcando que la degradación del tejido social no es una novedad, sino una deuda
estructural que arrastra el país desde hace años.
El discurso trascendió lo
pastoral para golpear la dinámica de la dirigencia tradicional. El arzobispo
reclamó una independencia del individualismo, de la competencia feroz por el
protagonismo y del internismo político. Advirtió sobre la intolerancia, la
descalificación constante del adversario y aquellos que capitalizan la
fragmentación desde cuevas de corrupción, enriqueciéndose a costa del
empobrecimiento general. Al definir la honestidad y la transparencia como un
imperativo moral que cruza a todos los gobiernos por igual, el mensaje
sintonizó de forma directa con las alarmas encendidas en la provincia de Buenos
Aires respecto a la necesidad de declarar la emergencia alimentaria y
sanitaria.
El cierre utilizó el capital simbólico de la selección nacional y una cita de Lionel Messi para convocar a un proyecto colectivo que priorice el conjunto sobre las individualidades. En una coyuntura de extrema fragilidad económica, la Iglesia fijó una postura clara: la reconstrucción de la Argentina exige tender puentes urgentes y abandonar la especulación de la rosca política, advirtiendo que el hambre y el desamparo no pueden ser variables de ajuste negociables.
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