Por Román Reynoso para Mundo
Norte
Hay una estadística en el último
Monitor de Barrios Populares del CIAS que debería incomodar más que cualquier
índice de inflación: el 40% de los jóvenes de barrios populares no tiene
esperanzas de dejar de ser pobre en algún momento de su vida. Otro 20%
considera que sus posibilidades de ascenso son mínimas, y el 40% restante duda
seriamente de poder lograrlo. Sumados, casi todos. El pesimismo dejó de ser un
estado de ánimo para volverse un diagnóstico.
El estudio, dirigido por el
sacerdote jesuita y politólogo Rodrigo Zarazaga junto al centro Fundar, se
llama Hacerse grandes y encuestó a 600 jóvenes de entre 16 y 24 años en
el conurbano sur, oeste y norte y en la Ciudad. Su conclusión central es más
filosa que cualquier debate sobre empleo o salarios: la escalera de ascenso
social para los jóvenes de barrios populares del AMBA está rota.
No está dañada. Está rota. Y la
diferencia importa, porque una escalera dañada se repara y una rota se
reemplaza.
El mecanismo que describe el
informe es un círculo que se muerde la cola. La restricción de ingresos obliga
a muchos jóvenes a abandonar la escuela para empezar a trabajar y contribuir a
la economía del hogar. Menos escuela, menos herramientas; menos herramientas,
menos oportunidades; menos oportunidades, expectativas que se achican hasta
desaparecer. Y ahí está el corazón del problema, porque el propio estudio
define a las expectativas como el motor que conecta las acciones presentes con
los proyectos a largo plazo. Cuando ese motor se apaga, el esfuerzo pierde
sentido: nadie se sacrifica hoy por un futuro que ya descartó.
El barrio, además, volvió a pesar
como condena. El informe habla de áreas de vulnerabilidad segregada: población
pobre concentrada en territorios apartados, con servicios públicos deficientes,
sobre todo por la falta de caminos en buen estado y de transporte eficiente. El
código postal define el horizonte antes de que el chico pueda elegir. Y donde
no hay alternativas, el estudio es brutal: sin espacios que ofrezcan
alternativas reales, muchos seguirán viendo en la esquina su única opción, y es
una tragedia social que la única narrativa disponible para "ser
alguien" sea la participación en redes delictivas.
Hay un dato que abre una grieta
de esperanza, y conviene no perderlo. Los jóvenes que tienen amigos con
"mejor nivel de vida" muestran mayores expectativas en su proyección
académica. Traducido: la segregación no es solo geográfica, es de vínculos.
Romper el aislamiento —mezclar, conectar, sacar a estos chicos del circuito
cerrado del barrio— mueve la aguja. Es una pista de política pública más
concreta que cualquier plan.
La advertencia excede a este gobierno y a cualquiera. Cuando una sociedad deja de ofrecer horizontes y millones de jóvenes dejan de creer que vale la pena esforzarse, el problema abandona el terreno económico. Se vuelve cultural, institucional y de largo plazo. Un país puede recuperarse de una recesión en un par de años. De una generación que dejó de imaginar futuro, no.
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