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28/07/26

La desigualdad más peligrosa de la Argentina no se mide en pesos: se mide en esperanza

Por Román Reynoso para Mundo Norte

Hay una estadística en el último Monitor de Barrios Populares del CIAS que debería incomodar más que cualquier índice de inflación: el 40% de los jóvenes de barrios populares no tiene esperanzas de dejar de ser pobre en algún momento de su vida. Otro 20% considera que sus posibilidades de ascenso son mínimas, y el 40% restante duda seriamente de poder lograrlo. Sumados, casi todos. El pesimismo dejó de ser un estado de ánimo para volverse un diagnóstico.

 


El estudio, dirigido por el sacerdote jesuita y politólogo Rodrigo Zarazaga junto al centro Fundar, se llama Hacerse grandes y encuestó a 600 jóvenes de entre 16 y 24 años en el conurbano sur, oeste y norte y en la Ciudad. Su conclusión central es más filosa que cualquier debate sobre empleo o salarios: la escalera de ascenso social para los jóvenes de barrios populares del AMBA está rota.

No está dañada. Está rota. Y la diferencia importa, porque una escalera dañada se repara y una rota se reemplaza.

El mecanismo que describe el informe es un círculo que se muerde la cola. La restricción de ingresos obliga a muchos jóvenes a abandonar la escuela para empezar a trabajar y contribuir a la economía del hogar. Menos escuela, menos herramientas; menos herramientas, menos oportunidades; menos oportunidades, expectativas que se achican hasta desaparecer. Y ahí está el corazón del problema, porque el propio estudio define a las expectativas como el motor que conecta las acciones presentes con los proyectos a largo plazo. Cuando ese motor se apaga, el esfuerzo pierde sentido: nadie se sacrifica hoy por un futuro que ya descartó.

El barrio, además, volvió a pesar como condena. El informe habla de áreas de vulnerabilidad segregada: población pobre concentrada en territorios apartados, con servicios públicos deficientes, sobre todo por la falta de caminos en buen estado y de transporte eficiente. El código postal define el horizonte antes de que el chico pueda elegir. Y donde no hay alternativas, el estudio es brutal: sin espacios que ofrezcan alternativas reales, muchos seguirán viendo en la esquina su única opción, y es una tragedia social que la única narrativa disponible para "ser alguien" sea la participación en redes delictivas.

Hay un dato que abre una grieta de esperanza, y conviene no perderlo. Los jóvenes que tienen amigos con "mejor nivel de vida" muestran mayores expectativas en su proyección académica. Traducido: la segregación no es solo geográfica, es de vínculos. Romper el aislamiento —mezclar, conectar, sacar a estos chicos del circuito cerrado del barrio— mueve la aguja. Es una pista de política pública más concreta que cualquier plan.

La advertencia excede a este gobierno y a cualquiera. Cuando una sociedad deja de ofrecer horizontes y millones de jóvenes dejan de creer que vale la pena esforzarse, el problema abandona el terreno económico. Se vuelve cultural, institucional y de largo plazo. Un país puede recuperarse de una recesión en un par de años. De una generación que dejó de imaginar futuro, no. 


Roman Reynoso 2026

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