A Argelia
A los
Pibes
–¡Tarta
sos un pelotudo! –le gritó Tincho cuando vieron caer la pelota en la casa
frente a la plazoleta.
–Siempre
lo mismo, vos, Tarta, ¿eh? –exclamó Tino mirándolo con bronca.
–¡Vavavayansese
aaaaa cagar! –les gritó el Tarta extendiéndoles a cada uno una mano levantada
con el dedo mayor extendido.
–Andá a
buscar la pelota, Tarta –le dijo Tincho devolviéndole el gesto.
–Sí,
loco, hacete cargo –acotó Tino.
El Tarta
refunfuñó y dijo:
–¡Vavavamos
totodos, loco! Aaacompáñenmeme! ¡No sean puputos! –les gritó el Tarta, también
enojado.
–Eh,
loco, ¿vos te mandás la cagada y para colmo te hacés el ofendido? –le dijo
Tincho.
El Tarta
lo miró con los ojos entrecerrados, con el ceño fruncido, y les hizo el gesto
para que lo acompañaran.
–Decí que
somos buenos amigos –dijo Tino –, asi que dale, vamos todos –y miró a Tincho
con resignación.
Los tres
cruzaron la calle.
Eran las
tres y pico de la tarde, así que los únicos que estaban al calor del sol de la
siesta eran ellos tres.
La
plazoleta la habían encontrado un par de semanas atrás, y, como en su barrio ya
los habían echado de todos lados por ponerse a jugar a la pelota a la hora de
la siesta, decidieron ir a esa plazoleta solitaria y tranquila.
–Llamá
vos, Tarta –dijo Tino.
–No, dejá
–interrumpió Tincho –. Mejor llamo yo sino vamos a estar toda la tarde hasta
que este articule.
–¡Foforro!
–lo insultó el Tarta.
Tincho
golpeó las manos.
Nada.
Volvió a
golpear más fuerte.
Nada.
Tino se
sumó.
–¡Señora!
–llamó.
Nada.
–Si no
sale nadie me vas a comprar una pelota nueva, Tarta – lo miró Tincho con
bronca.
El Tarta
miró para otro lado.
Esta vez,
volvieron a intentar golpeando las manos los tres juntos mientras Tino gritaba
con todas sus fuerzas: “¡Señora!”.
Esta vez,
comenzó a escucharse unos ladridos.
Los
chicos vieron que corrieron fugazmente la cortina de una de las ventanas. No
pudieron ver quién los veía.
Salió
entonces una señora de unos setenta años, y detrás de ella se escabulló un
perrito parecido a un caniche pero no de pura raza, de color gris oscuro. El
perrito comenzó a ladrarles con fuerza, por lo que los chicos se alejaron de la
reja.
–Si,
chicos. ¿Qué necesitan? –preguntó la señora.
–Disculpe
la molestia, señora –dijo cortésmente Tino –. ¿Podría alcanzarnos la pelota que
se nos cayó en su jardín?
La señora
salió al patio y miró hacia ambos lados. Luego los miró.
–Yo no
veo ninguna pelota, chicos. ¿No quieren pasar a buscarla?
–Si no es
mucha molestia, señora –dijo Tincho.
–¿No es
mamamalo el peperrito? –preguntó el Tarta.
–¿Zahira?
No, para nada. Ladra mucho, sí, pero es muy cariñosa –dijo la señora –. No
tienen por qué tenerle miedo. No los va a morder.
– No
parece –murmuró Tincho.
–Callate,
boludo, a ver si la cagás –le dijo Tino por lo bajo.
La señora
se acercó y abrió la puerta del muro de entrada.
La señora
levantó a Zahira entre sus brazos.
Los
chicos entraron. La perra les gruñía, desconfiada.
Los
chicos pidieron permiso y se repartieron por el jardín del frente, buscando la
pelota con asiduidad.
No
tuvieron éxito.
–Capaz
cayo en el patio del fondo –dijo la señora –. ¿Quieren pasar a ver?
Los tres
se miraron y después miraron a la señora y asintieron.
La señora
abrió la puerta de la casa y los hizo pasar.
El
interior de la casa era confortable y con un decorado muy delicado y con tonos
pastel.
–Qué
linda casa que tiene, señora – dijo Tino.
–Gracias,
nene – dijo la señora sonriente –. Pueden llamarme Argelia.
–¿Aaargegelia?
–¿Ese no
es el nombre de un país? –preguntó Tino.
–Creo que
sí –dijo Argelia –, pero no sé dónde queda.
–Es un
país de África –informó Tincho.
–Ay,
seguro vos sos el inteligente del grupo, ¿no? –dijo Argelia.
–La vara
no está muy alta, señora – respondió Tincho.
Argelia
rio.
–Me
parecía. Sos el único que usa anteojos –dijo Argelia afablemente.
–Uso
anteojos porque soy medio ciego, señora –acotó Tincho.
Argelia
volvió a reír.
Zahira
volvió a gruñir.
–Puede
uno de ustedes ir al fondo a buscar la pelota, chicos – dijo Argelia señalando
una puerta que daba al fondo.
–Voy yo,
Argelia –dijo Tino.
–Dale,
nene.
Tino
cruzó la puerta y la cerró tras de sí.
Argelia
acarició a Zahira en la cabeza, que dejó de gruñir apenas se cerró la puerta
tras de Tino.
–¿De
quién es la pelota que tiraron, chicos? – preguntó Argelia con una voz
susurrante.
–¿Qué pepepelota?
–La que
fue a buscar Tino.
–¿Quién
es Tino? –preguntó extrañado Tincho.
Argelia
sonrió.
Al Tarta
le pareció que la perrita de la señora hacía una mueca extraña, como si fuera
una sonrisa.
–¿Saben
sus padres que vinieron a jugar por acá? – preguntó Argelia maliciosa, en unos
susurros medio siniestros.
–No.
Nununca lesles dididijimos a nananadie.
–Perrfekto
–susurró Argelia.
Zahira
giró la cabeza hacia su dueña.
Tincho se
horrorizó al ver que la perra giraba la cabeza ciento ochenta grados. Quiso
gritar, pero no pudo. Miró al Tarta, que tampoco se movía de su lugar.
Argelia
bajó a Zahira y la puso en el piso. La perrita se acercó al Tarta. Argelia se
acercó a Tincho.
Tincho
quería correr, pero estaba inmóvil.
Argelia,
con una sonrisa amplia, que le deformaba toda la cara en una mueca antinatural
y que mostraba unos dientes viejos y amarillentos, tomó con sus manos las
mejillas de Tincho, lo que hizo que no pudiera ver más a su amigo, que estaba
más atrás que él.
Escuchó a
Zahira gruñir. Luego escuchó que emitía otro sonido, otro ruido, que nunca
había escuchado en su vida. Era una mezcla de graznido, mugido y ronquido.
–¡No!
¡No! ¡Tincho! ¡Ayudáme! ¡AYUDAM
Tincho
comenzó a llorar, aunque no pudiera gritar.
Las manos
de Argelia estaban heladas, como si no estuviera viva.
Toda la
situación le daba miedo, pero lo que a Tincho le dio verdadero horror, un
horror atávico e inevitable, fue que el Tarta no hubiese tartamudeado.
Argelia
tenía ojos verdes, unos ojos verdes oscuros que se perdían entre sus ojos
caídos y las arrugas de su cara.
–No te
preocupes, nene –dijo Argelia, mientras sus ojos verdes se tornaban negros sin
pupilas–. Nadie los va a extrañar. Nadie los va a recordar.
Las
lágrimas de horror rodaban por las mejillas de Tincho.
Poco a
poco, las uñas de Argelia se iban clavando en la garganta del inmóvil muchacho.
–Y sí,
nene, Argelia es un país de África –dijo, al tiempo que su sonrisa se volvía
más y más amplia.
Tincho
quería cerrar los ojos, pero no podía.
Detrás de
él, escuchaba el sonido de carne, carne siendo devorada.
Los ojos
abismales miraron a Tincho, su garganta sangraba. No podía respirar. Su cuerpo
se estaba congelando.
–Pero
Argelia es un nombre antiguo –dijo ella con voz susurrante mientras su
mandíbula inferior comenzaba a desencajarse, como si fuera la mandíbula de una
serpiente.
Y, de
pronto, Tincho escuchó la voz de Argelia, ¡pero en su mente!
“Un
nombre muy muy muy antiguo…”
VARTAN
GÓMEZ
Domingo
12 de Abril de 2026
Nota:
Esta es la versión original del cuento, por eso no tiene asignado un universo
en particular y por eso la fecha al final. Hay distintas versiones de esta
misma historia en universos específicos, como el 12 o el 14. VG.
Foto: Mi
perrita Zahira, o mejor dicho la perrita de mi tía Juana, cuando estaba más
obesa, hace unos años. Los ojos brillantes fue un efecto de la cámara al sacar
la foto, nada de retoque digital. El retoque lo hice para encuadrar la imagen y
darle más contraste. Aunque, dada la cantidad de veces que Zahira lastimó a mi
mamá, Argelia, razón por la cual ahora vive exiliada en otra casa, no le quito
la parte monstruosa de nuestra querida mascota. VG.
