De Shopping
Mágicamente, las puertas se
arrodillan ante una horda de dioses en paseo.
El cielo se vuelve laberinto y
los pesebres de la modernidad, ávidos de dioses, se prostituyen por unos pocos
pesos.
Un maniquí se ahorca en la
vidriera, mientras el frío artificial, le erecta los pezones, a una mocosa
escapada del Saint Michael British Institute.
La promotora de los celulares te
aborda con su inmoral anemia y unas nalgas fluctuantes entre la religiosidad y
la pornografía.
En un patio que no es patio ni
nada, un maremoto de olores y fragancias, se te enrosca de una en la pelambre,
te susurra indecencias al oído y te perfora los dientes y el bolsillo, con
grasientos embates resistidos.
Las escaleras parecen perros
rabiosos desbocados, los changos, te morfan los talones y las disculpas son
solo una utopía.
Hay una guardería para tirar
molestias y una sala de espera para desesperados.
Los sonidos, se desbandan como
avispas celosas, arremeten furiosos contra los pobres tímpanos mal
acostumbrados. –“Por favor, al Dios fulano, presentarse urgentemente en el
sector obnubilidades” “repito”….
Las calamidades se olvidan en el
living del cielo, los electrodomésticos son los nuevos patronos, apóstoles de
mica y de pantalla plana; cuarenta pulgadas de tilinguería, cincuenta programas
inescrupulosos y crueles destinos con doble garantía de imbecibilidad.
Mingitorios de luxe para el orín
de siempre, grifería de cromo para la misma mugre.
Los dioses, se olvidan por un
rato de absolver pecados, le sobornan los ojos con tetas y delicias, levitan
escombros, como globos rellenos de música ambiental.
A las veintidós, el mandadios
comulga; es hora de cerrar el cielo. Los dioses paseanderos entran en rebeldía,
apresuran los pasos descastados y laxos, hacia la periferia.
Las sonrisas, se guardan en las
cajas vacías, las bocas, se despintan de luminosidades.
Las puertas se desplazan y el
infierno adyacente, nos respira en la cara el sopor y la angustia, la realidad,
se asoma con su color a nada.
Dejamos de ser dioses, somos
seres de espanto que escuchan la proclama; con letras indelebles, contundentes
y escasas, nos clavan la consigna. “Bienvenidos a casa”
HUGO ROSSI
