¡Tened
cuidado con el Vâwgar!
El
Vâwgar susurra.
El
Vâwgar devora.
El
Vâwgar se va.
¡No
pienses en el Vâwgar!
O
lo invocarás.
¡No
pienses en el Vâwgar!
O
triste final tendrás.
Del
“Liber Atrum Mortuorum”
Las
cuatro chicas llegaron, al fin, a la biblioteca.
Zahira
Lencina giró la llave, pero la puerta de la biblioteca no se abrió.
–¡Dejame
a mí! Pensé que sabías que esta puerta tiene sus secretitos –dijo Paloma Espíndola
apartando de un empujón a Zahira, que la miró con bronca, pero no le dijo nada.
–¿Y
por qué no agarraste vos la llave, Paloma? –le preguntó Maia Román con su
típico y agresivo mal humor.
Paloma
la señaló con la mirada a Zahira y dijo:
–Porque
esta se me adelantó.
–Esta
tiene nombre, mamita –dijo Zahira ofendida.
Mientras,
Milagros Horwath se miraba el decorado de las uñas que se había hecho el día
anterior con una amiga. Le fascinaba ver sus uñas con relieves de ositos
brillantes, corazones de rojo intenso y estrellas doradas.
Paloma
giró la llave, empujó la puerta hacia afuera y después empujó para adentro y la
puerta se abrió.
–¿Ya
viste el truquito, “mamita”? –le dijo a Zahira de manera burlona.
Zahira
le respondió con una mueca despectiva.
Maia
se rio a su manera tan particular, con ronquiditos como de cerdo.
Milagros
seguía admirando su inversión, ajena a todo, como siempre.
Zahira
empujó a Paloma y entró primero. Era la manera de vengarse de su compañera.
–¡Ay! ¡No seas bruta, pelotuda! –la
insultó Paloma enojada.
Maia volvió con su ronquido de cerdo.
Las situaciones de violencia ajena siempre le causaban gracia. Salvo que la
cosa fuera contra ella.
Paloma entró. Maia también, pero miró a
Milagros.
–Che, Mili, ¿querés pescarte un
resfriado, boluda? –la invitó Maia.
Milagros dejó de verse sus uñas y
entró.
La biblioteca era grande. Estaba a
oscuras.
–Mili, prendé la luz. Está ahí detrás
tuyo –le señaló Paloma.
Mili se dio vuelta y levantó el
interruptor. Tras unos segundos de silencio, las luces se encendieron, primero
titilantes, hasta que alcanzaron toda su potencia.
–¡Chau! ¡Sí que era grande el coso este!
–exclamó Milagros al ver la inmensidad de la biblioteca en todo su esplendor.
–¿Nunca habías venido, Mili? –preguntó
intrigada Zahira.
Milagros, sin mirarla, fijándose en los
pasillos más lejanos, que seguían bastante a oscuras por las sombras de las
estanterías, le dijo:
–¿Para qué mierda voy a venir a una
biblioteca?
–Por eso esta pelotuda se lleva hasta
el recreo –observó Maia, riendo como cerdito.
–¡Calláte, culo de hipopótamo!
–arremetió Milagros.
Zahira y Paloma comenzaron a reírse a
carcajadas.
Maia esta vez no hizo sus ronquiditos.
–¡Bueno, bueno, bueno, eh! –se quejó Maia.
–¿Por qué mejor no buscamos los libros
de una vez y así volvemos al aula? –propuso Paloma con mal humor.
–¿Quién quiere volver al aula? –dijo Mili
sentándose en una de las sillas que tenía cerca, alrededor de una gran mesa con
pequeños atriles de madera para apoyar libros –. Yo me quedo acá a re dormir.
–En esta la apoyo a Mili –dijo Maia
ocupando otra de las sillas.
–¡Dale, loco! ¡Muévanse! –las retó Paloma
–. ¡No me pienso llevar Literatura por culpa de ustedes, vagas de mierda!
–En esta la apoyo a Paloma –dijo Zahira,
sintiéndose repugnada.
–¡Dejen ser felices a la gente, hijas
de puta! –se quejó Maia levantándose con el ceño fruncido.
–Che, ¿y Mirlenka? –preguntó Zahira
sacando algunos libros de los estantes más cercanos.
–¿Y esa quién mierda es? –preguntó Milagros,
sin levantarse de la silla.
–La bibliotecaria, pelotuda –le
respondió Zahira.
–Creo que está enferma. Hace como un
mes que no la veo –comentó Paloma, que era quien más frecuentaba, por diversos
motivos, la biblioteca.
Las chicas, menos Milagros, empezaron a
buscar por las distintas estanterías los libros que la profesora les había
pedido para hacer el trabajo práctico final.
Milagros había apoyado la cabeza entre
los brazos y estaba intentando dormir. Entonces, escuchó un susurro cerca de
ella. Primero, enarcó una ceja sin abrir los ojos, pero, al escuchar el susurro
una vez más, se enderezó y empezó a buscar de dónde había venido ese sonido. Lo
volvió a escuchar. Se paró y fue a una de las estanterías que estaba a oscuras,
en el fondo de un pasillo. El susurro, una vez más. Miró para todos lados. Iba
a preguntarle a las chicas si eran ellas, pero las veía muy concentradas
intentando encontrar el material necesario.
Escuchó el susurro de nuevo. Se acercó
al final del pasillo, casi contra la pared del fondo, y vio un enorme libro
negro, separado del resto por un espacio importante. Estaba en el estante más
alto. Tuvo que ponerse en puntas de pie para sacarlo. Lo miró. Era
completamente negro, salvo por un título en letras doradas brillantes:
LIBER ATRUM MORTUORUM.
–¿Liber Atrum Mortuorum? ¿Y eso
qué quiere decir?
Lo abrió. Empezó a pasar las hojas.
Estaban todas en blanco. Siguió pasando las páginas y todas estaban en blanco.
Lo cerró. Estaba a punto de dejarlo en su lugar cuando volvió a escuchar el
susurro. Miró para todos lados. Susurro. El libro. Entonces volvió a abrir el
libro en una página al azar.
Esta vez había un texto. Era como un
poema. Pero estaba en una letra muy pálida, apenas legible. Milagros entrecerró
los ojos.
–¿Y eso que es, Mili? –preguntó Zahira
intrigada.
Milagros se sobresaltó.
–¡Me asustaste, conchuda de mierda! –le
gritó.
Maia y Paloma llegaron hasta ella.
Traian unos cuatro libros cada una.
–¿Ese es uno de los libros que pidió el
profe, Mili? –preguntó Paloma.
–Ni la más puta idea. Ni siquiera sé
qué libros hay que buscar.
–Liber Atrum Mortuorum –leyó Maia.
–¿Qué querrá decir? – preguntó Zahira.
–Se me hace parecido a “Libro nosequé
de la muerte” o algo así –sugirió Paloma.
–¡Qué cagazo, che! –dijo Maia mientras
un escalofrío le recorría la espalda.
Milagros les mostró la página que
estaba viendo.
–Hasta recién, estaban todas las
páginas en blanco, pero ahora vi que estaba este cuentito.
–Es un poema, Mili –la corrigió Zahira.
–El profe siempre se queja de que para
nosotros son todos siempre “cuentitos”
–les
recordó Paloma.
–Che, no se lee nada –dijo Maia
tratando de concentrar la mirada.
–Yo lo leo bien –dijo Zahira.
Las otras tres la miraron.
–¿Y qué dice? –preguntó Maia.
Zahira leyó:
–¡Tened cuidado con el Vâwgar!
Justo en ese momento, las luces de la
biblioteca titilaron.
–¿Qué
es un “Vagugar”? ¿Un vago? –preguntó Maia con la piel de gallina.
Zahira
siguió leyendo.
–El
Vâwgar susurra.
–Che,
¿hace un rato no escucharon un susurro? –preguntó Milagros, acordándose un poco
tarde del motivo por el que encontrara ese extraño libro.
Maia
y Paloma dijeron que no. Las luces volvieron a titilar.
–Mejor no sigas leyendo, Zahira –la
detuvo Paloma –. Vámonos a la mierda. Dejá ese libro en su lugar, Mili.
–Che, ¡no puedo cerrar el libro! –dijo Milagros,
haciendo fuerza para cerrarlo.
–El Vâwgar devora. –siguió Zahira,
ahora con una voz un tanto diferente –. El Vâwgar se va.
Maia intentó ayudar a Milagros a cerrar
el libro, pero, ni con todas sus fuerzas unidas, podían hacerlo.
–¡Te dije que dejaras de leer, Zahira!
–le gritó Paloma. En ese momento, Paloma notó que los ojos de Zahira estaban
completamente en blanco. Lanzó un grito de terror al escuchar el ruido de docenas
de libros cayéndose de las estanterías al mismo tiempo.
–¡Cierren ese libro! ¡Ya! –gritó
aterrada Paloma, ayudando a las otras dos a intentar cerrarlo. El intento de
seis manos era inútil.
Zahira ya ni siquiera estaba leyendo el
libro, su mirada se perdía en un oscuro horizonte, su voz era cavernosa, casi
masculina.
–¡No pienses en el Vâwgar!
Las chicas gritaron. Milagros intentó
soltar el libro, pero no podía. Sus dedos estaban pegados al Liber Atrum
Mortuorum.
–¡Cerra el orto, Zahira! –gritó
desesperada Maia, que intentó golpear a la chica en la cara. Su puñetazo chocó
contra una barrera invisible antes de llegar a su objetivo. Todos sus huesos se
quebraron. Maia aulló de dolor.
–¡O lo invocarás!
Milagros comenzó a sentir que sus manos
le ardían como si se quemaran. Maia se tomaba su mano quebrada con la otra en
medio de alaridos de agonía.
–¡Pará, Zahira! ¡No sigas! ¡PARÁ!
–gritó Paloma llorando mientras caía de rodillas al suelo, impotente.
Zahira empezó a levitar a centímetros
del suelo, mientras sus ojos comenzaban a sangrar con un sangriento líquido
verdoso. Su voz parecía ahora como una legión de demonios rugiendo furiosos listos
para la batalla.
–¡NO
PIENSES EN EL VÂWGAR! –gorgoteaba mientras salía el mismo líquido verdoso
de su garganta.
Milagros
aullaba de dolor mientras sus uñas, tan trabajadas, se quebraban y caían al
suelo. El libro comenzó a arder, literalmente, y las manos de la chica se
envolvieron en llamas negras.
Maia
lloraba de dolor, un insoportable dolor, mientras los huesos de todo su cuerpo
se iban quebrando poco a poco.
Paloma
se había tapado la cara con las manos. Gritaba desaforadamente. Sentía una
sensación tan horrible como si miles de hormigas le picaran todo el cuerpo al
mismo tiempo.
Zahira
extendió los brazos hacia los costados, formando una cruz con todo su cuerpo.
–¡O
TRISTE FINAL TENDRÁS! –levantó la cabeza hacia arriba. Su cuello emitió el
sonido de huesos crujiendo.
Zahira
lanzó un chillido inhumano, ominoso, atávico.
Cuatro
cosas sucedieron a la vez.
Paloma
Castillo se derritió lentamente como si fuera una vela de cera gastada, no tuvo
tiempo ni siquiera de gritar, ya que, en menos de un minuto, su cuerpo era un
charco de piel, músculos y vísceras. Su ropa se había fusionado con ella.
Maia
Román estalló en una explosión sangrienta que manchó todo alrededor con sangre
en abundancia. Demasiada sangre.
Milagros
Horwath, en medio de agónicos chillidos, fue consumida por las llamas negras en
segundos hasta caer en un montículo de cenizas sobre la cual quedó, intacto, el
Liber Atrum Mortuorum.
Zahira
Lencina cayó al suelo. Su cuello estaba quebrado.
El
silencio inundó la oscura biblioteca.
Las
luces volvieron a titilar.
El
Liber Atrum Mortuorum emitió un brillo azulado.
Zahira
Lencina abrió los ojos.
Y
emitió un susurro…
VARTAN
GÓMEZ
Domingo
9 de Agosto de 2026
Nota: El Universo
18 tiene como base a los Libros, por eso los relatos que suceden en este mundo
se llaman “Literarias”.
Imagen: Meta IA,
con algunas modificaciones de color de Vartan Gómez.
