“Tras la Noche viene el Alba,
y una cosa se mantiene:
la Esperanza no nos salva
pero al menos nos sostiene.”
Oliverio Motroni, en: Los Olvidados
7 – La Magia del Amor
Ulises y Khêntal se lanzaron conjuros destructores que hicieron temblar todo el Monte Pïlis. Invocaron las fuerzas de los elementos: hubo rayos y truenos, lluvias y vientos. Combatieron agua con fuego y fuego con agua. Llamaron a las criaturas de la naturaleza y a seres de otras dimensiones: salamandras y silfos, gnomos y ondinas, hadas y duendes. Khêntal hizo que el Bosque cobrara vida con una vieja magia olvidada del principio de los tiempos. Los árboles atacaron a Ulises, pero el joven mago apeló a la ayuda de todos los animales de la zona. Vinieron ejércitos de ardillas y ciervos, halcones y lechuzas, zorros y linces, murciélagos y lobos, osos y cuervos. Se desató entonces una guerra entre la Flora y la Fauna de Hiperbörea. Y los dos contrincantes continuaron su lucha entre gritos, chillidos, graznidos, truenos, relámpagos, crujidos y aullidos. Después de casi una hora y media de ardua batalla, el Bosque Viviente estaba destrozado y quemado, en medio de colinas de cadáveres de animales que se contaban por cientos. No hubo ni un minuto de descanso para los dos hechiceros rivales, quienes no sólo coordinaban a sus respectivos aliados convocados para atacar a los enemigos, sino que no dudaban en lanzarse conjuros letales entre ellos. Ambos sabían que las habilidades de los magos no se basaban sólo en el poder interior sino en la capacidad para ser estrategas e idear planes de contingencia para cada situación posible.
Y mientras tanto, las tres esferas seguían fijas en lo alto del cielo, con sus prisioneros gritando y llorando por el destino de Ulises, sin comprender qué era lo que estaba sucediendo ni por qué estaban allí, donde quiera que fuese ese lugar.
Entonces llegó el crepúsculo.
*
Ulises Oliva cayó pesadamente al suelo.
–Debo reconocer –dijo Khêntal agitado–, que me has dado mucha más batalla que el Viejo Infame y el porquero ese de su discípulo.
Ulises ya no sabía qué más hacer. Había dado todo de sí mismo en el duelo mágico para que Khêntal no se enfocara en hacerle daño a Carlos, La Julia y Marissa. Pero ya había agotado todas sus energías.
–¡Por favor, Khêntal! –dijo Ulises arrodillándose y mirando las tres esferas que frotaban en el aire–. ¡Soltálos!
Khêntal lanzó de nuevo su malévola carcajada de victoria.
–¿Por qué debería hacerlo, Ulises Oliva “El Pardo”? –dijo con tono burlón mientras hacía los gestos de “comillas” con los dedos–. Si hubieras aceptado mi desafío inicial, esto hubiese quedado entre tú y yo. ¡Pero no! Te creíste superior a mi… ¡A MÍ!
Ulises veía cómo su padre, su madre y Marissa golpeaban desesperados las esferas de cristal desde el interior, en un intento vano por romperlas.
–Todo acto tiene sus consecuencias, Ulises Oliva. Si hubieras seguido las reglas del Mundo Mágico, la historia sería otra.
–Tenés razón, Khêntal –dijo Ulises casi en un murmullo de resignación–. Quise evitar este conflicto y ahora pago las consecuencias.
Ulises miró las esferas una vez más, miró a los ojos a su padre, después a su madre y, finalmente, a su amada Marissa.
“Todo el poder del mundo y no poder decirte que te quiero”, pensó el muchacho.
–¡KHÊNTAL AL KHÂRMOR! –bramó Ulises– ¿Qué es un hechicero sin la mano que hace los gestos mágicos?
Khêntal enarco una ceja, extrañado.
–¿Qué clase de truco pretendes manifestar ahora, hijo de puercos?
–No es ningún truco –dijo Ulises mientras se marcaba la Runa Issa con su índice izquierdo sobre el dorso de la mano derecha– es el precio que pago por mis errores.
La mano derecha de Ulises se congeló al instante. La apuntó contra el hechicero oscuro.
–Y por mi soberbia –y Ulises con su otra mano golpeó la congelada, que estalló en docenas de fragmentos que se esparcieron por la nieve–. Sacrifico mi mano por la vida de mi papá.
–¡Eres un idiota! –se rio Khêntal.
Ulises, aguantando el dolor de su mano perdida, con la restante, puso los dedos en pinza sobre su ojo izquierdo. Ante la mirada atónita de todos, Ulises se metió los dedos en el ojo y se arrancó el globo ocular, en medio de gritos de agonía.
–¡Sacrifico mi ojo por la vida de mi mamá! –Ulises tiró el globo ocular a los pies de su enemigo, mientras se llevaba la única mano al hueco que había quedado.
El dolor era insoportable, pero todavía quedaba un nuevo dolor más.
–¿Qué somos los Hechiceros sin el Poder de las Palabras, eh, Khêntal?
Ulises miró con su único ojo a Marissa Andino, quien, llorando desconsoladamente, lo miraba con pena y resignación, agotada ya de golpear el cristal de la esfera mágica.
–Sin el Poder de las palabras, sólo somos simples humanos, Ulises Oliva.
–¡Sacrifico mi lengua por la vida de Marissa! –y entonces Ulises pronunció– ¡Mähia! (15) –juntó los dedos medio e índice que brillaron con un resplandor rojizo y formaron una especie de filo de energía, abrió grande la boca, sacó la lengua lo más afuera que pudo, cerró la boca con fuerza y apretó su lengua con los dientes, hasta que empezó a sangrar, ahí, de una pasada, usó el filo de energía para cortarse la lengua.
Ulises estuvo a punto de perder la conciencia, pero resistió. Todavía no era el momento. Miró con su único ojo su lengua entre la nieve y la tomó con su única mano.
Khêntal lanzó una carcajada de burla y victoria.
Ulises, todavía de rodillas, extendió su brazo izquierdo y le ofreció su lengua al hechicero oscuro, mientras bajaba la cabeza.
Khêntal Al Khârmor se acercó al muchacho, riendo victorioso. Le arrebató la lengua al muchacho de su mano y le dijo:
–¿Qué te hace pensar que tu mano, tu ojo o tu lengua servirán como pago por la vida de tus seres queridos, Ulises Oliva El Pardo?
Ulises levantó la cabeza y miró al hechicero oscuro con su ojo izquierdo. Los ojos rojos de Khêntal brillaron con intensidad al ver el reflejo que vio en él.
Ulises entonces gritó:
–¡Mähia Lïppa! (16) –pero la voz no era la suya sino otra voz, mucho más antigua.
–¿Cómo puede ser? –gritó Khêntal aterrado–. ¿Por qué Khârmy está en tu ojo?
El brazo izquierdo de Ulises fue envuelto por el resplandor rojizo y extendió los dedos de la mano formando una espada de luz, se paró de golpe y lo clavó en el pecho del hechicero oscuro.
–¡Soy Inmortal, gusano imbécil! –vociferó Khêntal indignado–. ¡Una simple espada de luz no va a matarme! ¡Nada en este mundo puede matarme!
Ulises, con la voz de Khârmy, dijo:
–¡Pero yo también soy Inmortal, Mi Querido Khêntal!
Al Khârmor levantó el brazo para golpear en la cabeza al muchacho y matarlo, pero éste gritó:
–¡Almä! (17)
El hechicero oscuro quedó inmóvil.
–¿Naaní? (18) –exclamó Khêntal aterrado.
–Esto es algo muy simple, Mi Querido Khêntal –habló Ulises con la voz de Khârmy–. Ulises hizo tres sacrificios, así que estás obligado por las Reglas Mágicas a cumplir con tu Palabra.
–¡Yo NUNCA di mi Palabra, Viejo Cobarde!
–¡Ah, pero te ata el Pacto de Al Zagrâbb! Debes cumplir obligatoriamente.
–A este gusano estercolero ya no le queda mucho más de vida, cuando haya muerto, habré ganado.
“¡Ah! ¡En eso te equivocás, viejo puto de mierda!”.
–¿Naaní? –Khêntal escuchó la voz de Ulises… ¡en su mente!
“Todavía estoy vivo.”
–¿Y qué piensas hacer, eh, muchacho? Tus padres y tu amada morirán apenas pueda moverme y chasquee mis dedos.
“Eso nunca va a pasar.”
–¿Por qué?
–La Magia del Amor, Mi Querido Khêntal – dijo Khârmy hablando por la boca de muchacho.
Entonces Ulises rodeó al hechicero oscuro con el brazo derecho, mientras empujaba más y más profundo su brazo izquierdo.
“Todavía puedo sacrificar una cosa más.”
Khêntal Al Khârmor gritó aterrado.
–¿Tanto los amas? –vociferó el hechicero oscuro con horror.
Ulises clavó su ojo izquierdo en los ojos sangrientos del rival.
“Los amo con Mi Vida”, pensó Ulises.
–¡Como yo a ti, Mi Querido Khêntal! –dijo Khârmy.
Entonces, al unísono, Ulises pensó y Khârmy exclamó:
“–¡RÖZAN SHÍRYU HÄ!” (19)
–¡NO! –grito humillado Khêntal.
Primero, hubo un trueno que hizo retumbar toda la tierra de Monte Pïlis. Luego, las nubes que cubrían el cielo se apartaron de golpe y al fin pudo verse los rayos del sol. Ulises emitió un resplandor dorado desde su cuerpo que se extendió y envolvió tanto a él como a su contrincante. El resplandor formó una cúpula que los rodeó, mientras iban surgiendo docenas de símbolos y runas en las paredes de la esfera.
–¿Qué es lo que pretenden hacer? – gritó Khêntal con lágrimas en los ojos.
“Dijiste que nada en este mundo puede matarte, ¿no, trolazo?”, explicó Ulises, “Entonces nos vamos de este mundo.”
Se levantó un viento alrededor de ellos, que hizo girar la nieve para todos lados. Las runas y símbolos comenzaron a brillar con diferentes colores intermitentes.
–Somos los últimos inmortales que quedamos, Mi Querido Khêntal –dijo el anciano–, pero nuestro destino no está en esta Tierra. No merecemos este mundo.
–Estamos destinados a dominarlo, Khârmy, tú lo sabes muy bien. Es nuestro Derecho.
–Nunca lo fue, Khêntal. Teníamos que hacer de este un mundo mejor y sólo perdimos el tiempo en duelos inútiles entre nosotros. Los Hechiceros ya no existen. Somos los últimos.
La esfera de energía comenzó a girar y a elevarse del suelo, flotando poco a poco hacia arriba. Ulises aprovechó y miró las esferas que estaban suspendidas en el aire. Miró a Carlos.
“Chau, papá.”
Miró a Julia.
“Chau, mamá.”
Miró a Marissa Andino a los ojos y sonrió.
No pudo decir ni pensar nada. Sólo la contempló por última vez. Y le guiñó su ojo sano. Marissa le sonrió, con lágrimas en los ojos.
Khêntal susurró algunas palabras. Ulises vio cómo Carlos, Julia y Marissa desaparecían del interior de las esferas.
Ulises miró a Khêntal.
“Gracias.”
–Muérete, gusano infecto –respondió Khêntal con una sonrisa bizarra.
Con una explosión cuya onda expansiva llegó hasta los límites de la mítica y oculta Hiperbörea, la esfera salió disparada hacia el cielo a una velocidad increíble.
Mientras se iban perdiendo en las estrellas, Ulises vio la Tierra, tan vasta y hermosa.
“Khârmy, por favor, si te queda algo de poder todavía, no dejes que mis viejos sufran. Hacé que se olviden de mí. Sería muy cruel que recuerden todo esto.”
–Me temo, Ulises Oliva, que no tengo tal poder.
“Que lástima. No quiero que sufran mi ausencia.”
–Yo puedo hacerlo –dijo Khêntal–. Si me ayudan.
“¿Por qué lo harías, Khêntal? Si me odiás.”
Khêntal Al Khârmor le sonrió al muchacho y dijo:
–PORQUE PUEDO.
Ulises miró por última vez la Tierra, cada vez más lejana. Brillaba como si fuera una luna.
Pensó en Carlos, pensó en Julia, pensó en Marissa.
Ulises sonrió.
Y respiró por última vez.
*
El despertador sonó.
Carlos lo apagó y se levantó. Julia comenzó a desperezarse.
–¡No sabés el sueño más raro que tuve, Carlos!
–¿Sí, Amor? ¿De qué se trataba?
–No me acuerdo. Pero sé que era raro.
–¿Sabés que yo también tuve un sueño raro? Pero tampoco me acuerdo.
–Tenemos que comer más liviano de noche, Carlos.
–Pero es que esas milanesas que hacés están riquísimas, Julia.
–Andá a despertar a tu hijo, que se le va a hacer tarde para ir al colegio.
Carlos se puso los pantalones, la camisa y se fue hasta el fondo.
–¡Ini! ¡Levantáte! ¡Dice La Julia que se te va a hacer tarde para ir al colegio, macho!
Ignacio Oliva se despertó.
ÄNU (20)
VARTAN GÓMEZ
Sábado 29 de Agosto de 2026
Nota: La historia de Ulises Oliva llegó a su fin. Como epitafio al pequeño mago, su maestro y su rival, quiero dejar estas palabras, que son parte de la inspiración para este final. Cito el tomo 9 de la edición Kanzenban de Saint Seiya, (Ivrea, noviembre de 2023), y son las palabras de despedida del maestro Dohko de Libra al ver a su discípulo, Shiryu de Dragón, perderse en el cielo como una estrella fugaz, para derrotar al caballero dorado Shura de Capricornio: “Shiryu, vos siempre viviste por lo que creíste justo y por los demás, nunca pensaste en vos mismo… por eso fuiste capaz de sacrificar tu propia vida… es admirable… pero a la vez tan triste… cómo llevaste tus ideales hasta el final…Shiryu…”
Otra nota: falta el vocabulario de las frases y palabras extrañas, ¿no? Todavía hay un epílogo para esta historia. Espérenla pronto.
Imagen: Meta AI.
