Los nombres
de las disputas
Los conflictos políticos que atravesaron la historia argentina
por
Claudia H. Mammolite
“Cada
generación hereda conflictos, construye respuestas y
deja nuevas preguntas para el porvenir.”
Hay palabras que ayudan a comprender una época y
otras que terminan simplificándola. La historia argentina ofrece un ejemplo
particularmente interesante: desde sus orígenes, nuestra sociedad estuvo
atravesada por conflictos políticos que, en distintos momentos, organizaron el
debate alrededor de grandes campos enfrentados. Pero esos campos no fueron
siempre los mismos. Cambió el tiempo y cambiaron sus nombres.
En los años de la Revolución de Mayo, realistas y
patriotas expresaron posiciones diferentes acerca de la legitimidad del poder y
la soberanía. Más tarde, unitarios y federales protagonizaron un largo
conflicto en torno a la organización política del nuevo Estado y a la relación
entre Buenos Aires y las provincias.
José Carlos Chiaramonte (1997) mostró la complejidad
de aquel proceso: la Nación argentina no apareció constituida desde el
comienzo, sino que fue resultado de una construcción histórica en la que
ciudades y provincias tuvieron un papel fundamental.
Hacia fines del siglo XIX, el conflicto adquirió otra
forma. El régimen conservador, analizado por Natalio Botana (1977), había
consolidado un sistema político basado en una participación electoral
restringida. Frente a él surgió el radicalismo, que reclamó elecciones libres y
una representación política más amplia.
La Ley Sáenz Peña de 1912 y la llegada de Hipólito
Yrigoyen a la presidencia modificaron las reglas del sistema. El conflicto ya
no se planteaba solamente en términos de quién gobernaba, sino de quiénes
tenían derecho efectivo a participar en la construcción del poder.
Después llegó otra gran transformación. El
surgimiento del peronismo incorporó al escenario político nuevas demandas y
nuevos actores. El trabajo, los derechos laborales, la organización sindical y
la justicia social adquirieron una centralidad que transformó la política
argentina.
Juan Carlos Torre (1990) estudió el papel que
desempeñó el movimiento obrero en ese proceso. La confrontación entre peronismo
y antiperonismo atravesó generaciones, excedió ampliamente la competencia
electoral e involucró distintas concepciones acerca del Estado, la democracia,
los derechos sociales y el modelo de sociedad.
Una vez más, la Argentina quedó organizada alrededor
de dos grandes campos de identificación política.
La segunda mitad del siglo XX introdujo nuevas
transformaciones. Las dictaduras, la recuperación democrática, las crisis
económicas, los cambios en el mundo del trabajo y las profundas modificaciones
sociales fueron alterando las antiguas identidades.
La política dejó de poder explicarse únicamente por
los partidos. También fue necesario observar las desigualdades y las
condiciones materiales de vida.
Bernardo Kliksberg ha dedicado buena parte de su obra
a mostrar cómo la pobreza y la desigualdad afectan las oportunidades, la
integración social y la calidad democrática.
En la Argentina contemporánea, los trabajos de
Gabriel Kessler (2016) permiten observar una sociedad mucho más compleja que
cualquier división binaria. El autor reúne investigaciones que muestran
transformaciones profundas en las clases sociales, los territorios, los
sectores populares y las expectativas de vida. Gabriel Vommaro, Sergio Morresi
y Alejandro Bellotti (2015) advierten que las identidades políticas también se
construyen históricamente. No son eternas ni inmutables: cambian los actores,
las alianzas y las preguntas y con ellas, cambian los nombres.
Bobbio plantea que la democracia debe ser un sistema
capaz de procesar institucionalmente las diferencias, mientras que Mouffe
sostiene, desde otra perspectiva, que el conflicto es constitutivo de la
política y que el desafío consiste en transformarlo en una confrontación
democrática entre adversarios y no entre enemigos.
La cuestión, entonces, no es eliminar las
diferencias, sino aprender a convivir con ellas.
Nuestra historia estuvo atravesada por realistas y patriotas; unitarios y
federales; conservadores y radicales; peronistas y antiperonistas y por nuevas
configuraciones políticas que fueron apareciendo posteriormente.
Cada una respondió a circunstancias históricas
concretas y ninguna puede explicar por sí sola, toda la historia argentina.
Por eso, resulta necesario mirar nuestro pasado, sin
trasladar mecánicamente las categorías de una época a otra. Lo que en un
momento fue una disputa por la soberanía, en otro fue una lucha por la
organización del Estado; más tarde, por la ampliación de la ciudadanía
política; después, por los derechos sociales y el modelo de sociedad. Los
conflictos cambian porque cambian las sociedades. Tal vez deberíamos
preguntarnos menos quién está de un lado y quién del otro, para recuperar
preguntas más profundas como: ¿Quiénes tienen acceso al poder? ¿Cómo se
distribuyen las oportunidades? ¿Qué lugar ocupa el trabajo? ¿Qué derechos
estamos dispuestos a garantizar? ¿Qué modelo de desarrollo queremos?
La historia no ofrece respuestas sencillas, pero sí
nos permite comprender que las divisiones políticas de la Argentina no
comenzaron ayer, que nunca fueron idénticas y que cada época encontró sus
propios nombres para expresar sus disputas; quizá ahí esté la verdadera
enseñanza de nuestra historia.
No hubo una sola forma de dividirnos porque tampoco
hubo una sola Argentina. Cada tiempo construyó sus adversarios, sus identidades
y sus preguntas. Pero también construyó sus posibilidades de encuentro.
Por eso, comprender nuestro país no consiste en
elegir rápidamente de qué lado estamos, sino que consiste en escuchar qué se
estaba disputando en cada época, quiénes tenían poder para decidir, quiénes
quedaron afuera y qué país intentaba construir cada generación.
Porque las palabras cambian, los nombres cambian y los bandos cambian. Lo que permanece es la disputa por el poder y detrás de ella, la pregunta que todavía no hemos terminado de responder: ¿qué Argentina queremos construir?
