Por Román Reynoso para Mundo
Norte
La serie "Moria",
disponible desde esta semana en Netflix, no reconstruye una vida: la desmonta y
la vuelve a armar como si fuera un juguete de feria. Dirigida por Javier Van de
Couter, producida por About Entertainment y escrita junto a Vatenberg y
Sanguinetti, la ficción de ocho episodios convierte a Moria Casán en algo que
ninguna biopic convencional se anima a hacer: guionista, directora y
espectadora simultánea de su propia leyenda.
El dispositivo central es una
"bola de nieve", un espacio onírico desde donde la Moria real opera
como una suerte de DJ cósmico que manipula los decorados de su pasado. No hay
línea cronológica estricta, no hay voz en off explicativa, no hay pretensión de
verdad documental. Hay una mujer de casi ochenta años que decide cómo quiere
ser contada y desde dónde. La tesis es clara: Casán nunca fue un personaje que
otros narraron; fue la arquitecta consciente de su propia mitología durante
seis décadas.
Tres cuerpos para un mismo
mito
La decisión más comentada —y más
arriesgada— es repartir a Moria entre tres intérpretes. Sofía Gala Castiglione,
hija real de la diva, encarna a la Moria joven, aquella que irrumpió en el
teatro de revista de la mano de Carlos Petit con una energía que no pedía
permiso. Que sea la propia hija quien interprete a su madre no es un detalle de
casting: agrega una tensión actoral que trasciende el maquillaje y la
caracterización, una incomodidad productiva que la serie explota sin pudor.
Griselda Siciliani asume la etapa
de mayor exposición mediática, la Moria de la farándula televisiva, la
voluptuosidad y el escándalo como moneda corriente. Es, según la crítica
especializada, el trabajo más sólido del trío. Cecilia Roth cierra el arco como
la diva consolidada, memeable, la que conecta con generaciones que la
conocieron por un clip de tres segundos en redes sociales y no por una
temporada en el Maipo.
Van de Couter no les exige
imitación. Les pide transmutación. Y eso se nota.
El corazón emocional no es la
carrera: es la madre
Donde la serie se juega de verdad
es en el vínculo entre Moria y Sofía Gala. Lo instala como eje dramático sin
golpes bajos, pero sin condescendencia: dos espíritus indomables que chocan
durante décadas buscando un reconocimiento mutuo que siempre parece a punto de
disolverse. La maternidad aparece como territorio de conflicto, no como
refugio. El guion se permite ser incómodo, mostrar la cara menos amable de una
figura pública que construyó su omnipresencia mediática, en parte, para no
mostrar las grietas.
A eso se suma un tratamiento
explícito de la sexualidad como herramienta de poder en una industria dominada
por hombres, y un capítulo dedicado al vínculo histórico de Casán con la
comunidad LGBT+, presentado no como gesto de corrección política sino como
parte constitutiva de su identidad pública. Un linaje espiritual con los
marginados que explica su longevidad mejor que cualquier estrategia de
marketing.
Camp, kitsch y una dictadura
que queda en apunte
El diseño de producción de Walter
Cornás y Juan Cavia apuesta por el vestuario, los interiores y el artificio
escénico por sobre el anclaje sociológico. La serie cruza el kitsch nacional,
el camp y la fantasía pop con una coherencia visual que sostiene la premisa:
esto es una fantasía autoconstruida, no un documental de época. El problema es
que ese enfoque deja flancos abiertos. El paso por la última dictadura queda
reducido a un apunte aislado que la serie no termina de integrar, y quien
busque contexto histórico va a encontrar poco. Es una decisión coherente con la
tesis, sí, pero es una decisión.
El veredicto: fiel al mito,
esquiva con la mujer
La serie triunfa en ser fiel a la
leyenda. Tropieza cuando intenta ir más allá de ella. El cierre, con las tres
Morias reunidas en la fiesta de los ochenta años y la verdadera Casán
compartiendo escena con su hija y sus nietos, resulta previsible pero efectivo.
Conmueve. Funciona. Pero deja la sensación de que el personaje es demasiado
grande para la pantalla que lo contiene, y de que el relato, por más disruptivo
que se proponga, termina siendo un tributo a la imagen que Moria construyó de
sí misma. El espectador vislumbra el mito completo; la mujer detrás de la
máscara, apenas.
Aun así, en un catálogo de streaming saturado de biopics testimoniales calcadas unas de otras, "Moria" se planta como un objeto raro: una producción de plataforma masiva con pulso autoral, ironía y una convicción estética que no pide disculpas. Que Netflix la distribuya a nivel global dice algo sobre el apetito por figuras que exceden lo local. Moria Casán siempre supo que era más grande que cualquier escenario. Ahora quedó registrado en ocho episodios.
Instagram: @mundonorte



