Por Román Reynoso para Mundo
Norte
La promesa de resolver tareas
complejas en cuestión de segundos transformó la rutina laboral y académica,
pero abrió un frente crítico: el impacto directo sobre el funcionamiento
cerebral y la retención del conocimiento. La delegación sistemática de procesos
mentales en modelos de inteligencia artificial no solo reduce el esfuerzo
inmediato, sino que comienza a consolidar un fenómeno que los especialistas
definen como sedentarismo cognitivo.
El investigador Diego Fernández
Slezak, integrante del Laboratorio de Inteligencia Artificial Aplicada de la
Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y del CONICET, advirtió en
diálogo con Infobae sobre las consecuencias de esta dinámica. Según
explicó el científico, la creencia de que ceder tareas a la tecnología solo
incrementa la productividad omite un principio biológico básico: las
habilidades que no se ejercitan tienden a atrofiarse. Mediciones de actividad
cerebral revelan que, ante el uso continuo de estas herramientas, los patrones
de ondas cerebrales disminuyen su intensidad, lo que evidencia una menor
exigencia cognitiva.
La problemática adquiere un cariz
más complejo en las etapas formativas. Mientras que un adulto recurre a la
asistencia técnica sobre competencias previamente consolidadas, un estudiante
en etapa escolar o universitaria corre el riesgo de tercerizar la instancia
misma en la que debería estructurar su razonamiento. Pruebas pedagógicas
citadas por el investigador demuestran que, si bien el rendimiento en
evaluaciones inmediatas puede ser parejo entre quienes utilizan inteligencia
artificial y quienes no, la brecha de retención se amplía de forma negativa con
el paso de las semanas en aquellos que delegaron el proceso. Se genera así una
"deuda cognitiva": la tarea se entrega resuelta, pero la capacidad
analítica no se incorpora.
A este escenario se suma la
naturaleza probabilística de herramientas como ChatGPT, Gemini o Claude. Al
estructurarse sobre patrones de lenguaje y no sobre verificación documental
directa —a diferencia de los motores de búsqueda tradicionales—, estos sistemas
pueden presentar respuestas verosímiles pero conceptualmente erróneas o con
fuentes inventadas.
Frente a esto, el debate pedagógico no apunta a la prohibición, sino a redefinir el rol de la tecnología en el aula. La recomendación de los especialistas establece una clara diferenciación por etapas: consolidar destrezas básicas y memorización en la escuela primaria sin mediación digital, e introducir en el nivel secundario instancias críticas de validación, donde el estudiante esté obligado a contrastar fuentes, detectar inconsistencias y reconstruir activamente el razonamiento detrás de cada respuesta automatizada.
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