La luz se puso de
cuclillas y se metió por debajo de la puerta.
El mensaje me llegó
a deshora como el verano de Islandia, pero al menos llegó. La premonición cubrió de azules mi cabeza
rala y me dispuse en cuerpo y alma a recibir la bienaventuranza, la otrora
inasequible, pringosa y esquiva felicidad.
La mañana proseguía escalando por los balcones de los rascacielos y las
sombras apabulladas se escapaban por las alcantarillas, cubriéndose las cabezas
con pulóveres de viento.
Caminé como diez
cuadras con los ojos cerrados, salvando los cordones, los pozos, las esquinas,
utilizando una especie de sistema braile, exclusivo para tacos y locos
buscadores de la felicidad.
El verde de los
semáforos alentaba el intento.
Desde
una lata de “Coca” un genio en convertible me pidió que eligiera alguna cosa.
Lo que más deseara.
Le dije que era
tarde para esas pequeñeces, que hoy estaba citado para empezar a jugar en las
ligas mayores.
-
Como usted quiera, amo, me dijo sonriendo con una
risa incrédula de enfermo de leucemia.
-
Como usted quiera.
Cerró la capota y de cabeza se zambulló en la lata.
Curioso me asomé al
agujero y entre penumbras pude leer apenas la proclama del fondo.
La multinacional
arengaba al sudaca supuestamente desilusionado a seguir participando.
Abollé la lata con
mis propias manos y de taquito la emboqué en un cesto de basura argentina con
el rótulo made in Taiwan en el orillo.
Continué mi camino.
En la
“Plaza de los Delfines Masacrados” me abordó un grupo de hormigas coloradas
disfrazadas de “Pastores del Señor de la Santa Divisa”.
El catálogo de
ventas ofrecía los mejores productos de la espiritualidad, a los mejores
precios, financiados y con doble garantía de perpetuidad.
Yo, conocedor de
algunas artimañas, quebré repentinamente la cintura y con un dribling hacia la
derecha entré al área peligrosa.
Acomodé con la mano
la pelota que se me había quedado retrasada y con muchísimo coraje enfrenté al
arquero.
Él también era ducho
en estas lides. Intentó confundirme.
Primero se vistió de
rojo, después se colocó a la diestra, al instante se hizo el moribundo y se
inclinó a la izquierda, por fin, extendió los brazos todo lo que pudo y me miró
fijo a los ojos.
Con un toque suave
la puse contra el palo.
Fue un gol
maravilloso que renovó mis fuerzas.
Ya no hay ninguna
duda, hoy es el gran día.
Dios está de mi
lado.
El sol del mediodía
lamía con desesperación las nalgas de los transeúntes, derretía las plumas de
los pájaros y hacía hervir las gotas de sudor que se deslizaban acariciantes
por los muslos calientes de las señoritas.
Me quedé un rato parado bajo la sombra de un árbol con cadena
perpetua y me dediqué a observar con detenimiento el fino algodón a contraluz.
Me hundí hasta las
rodillas en sinuosos caminos embarrados de encaje y se me enredó en los
genitales una planta carnívora de mirada húmeda y labios de miel.
La niña me miró, me
regaló sus ojos.
Me vendió la ilusión
extrema de piernas y corazón abiertos.
De inmediato,
apareció un anuncio de futuro virtual en la página web de mi pasión, pero
sobreviví.
No me quise internar
en las redes de la comunicación.
No cedí a las
presiones de la informática.
La
tentación se escabulló montada a caballo de la tecla “scape” y aparecí en la city
del nuevo milenio.
Las vidrieras de las
casas de cambio parecen putas de la zona roja, se exponen ansiosas a las
briosas miradas de los gordos babosos de relojes Rolex y cabezas cuadradas como
tarjetas de crédito
La codicia resbala
en los vidrios, la avaricia navega en un yate por las cañerías contaminadas por
las aguas podridas del capitalismo.
Un yuppie de
cabellos claros me salió al encuentro.
Abrió el portafolios de cuero natural marrón
africano y extrajo un contrato. - Si querés salvarte estampa la
firma.
Me tembló la mano
en el intento.
Acaso el
subterráneo que rascaba mis plantas fuera el mensajero.
Fui tras él.
En un Mercedes último
modelo pasó el genio de la lata rumbo a la histórica Plaza de Mayo.
Un reaparecido
presidente de la República Argentina iba con él.
Estaba rodeado de
tres señoritas multicolores que no paraban ni un segundo de reír.
Se lo veía exultante,
un poco más rubio y rejuvenecido.
El genio casi me
atropella, me rozó el codo con el espejito y después hizo una mueca de
desprecio.
Sacó el brazo por la
ventanilla y extendiendo el dedo mayor gritó un fack you en sonido estereofónico seguido de una
carcajada escalofriante.
Caminé apurado las
cuadras que quedaban hasta la terminal.
Las sombras se habían reagrupado en las alcantarillas y
venían por venganza.
La premonición cubrió de grises la cabeza hueca.
El tren se había marchado.
A grandes borbotones el andén terminal comenzó a llenarse de
infelices portadores de caras cansadas y decepcionadas.
El silencio, la soledad, la angustia, y la
impotencia exhibían las pancartas. “El último tren acaba de partir”.
Hugo Rossi
Imagen digital by @mundonorte
