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30/09/26

"El último tren" por Hugo Rossi

  



La luz se puso de cuclillas y se metió por debajo de la puerta.

El mensaje me llegó a deshora como el verano de Islandia, pero al menos llegó.    La premonición cubrió de azules mi cabeza rala y me dispuse en cuerpo y alma a recibir la bienaventuranza, la otrora inasequible, pringosa y esquiva felicidad.    La mañana proseguía escalando por los balcones de los rascacielos y las sombras apabulladas se escapaban por las alcantarillas, cubriéndose las cabezas con pulóveres de viento.

  

Caminé como diez cuadras con los ojos cerrados, salvando los cordones, los pozos, las esquinas, utilizando una especie de sistema braile, exclusivo para tacos y locos buscadores de la felicidad.

   El verde de los semáforos alentaba el intento.

   Desde una lata de “Coca” un genio en convertible me pidió que eligiera alguna cosa. Lo que más deseara.

   Le dije que era tarde para esas pequeñeces, que hoy estaba citado para empezar a jugar en las ligas mayores.

-          Como usted quiera, amo, me dijo sonriendo con una risa incrédula de enfermo de leucemia.

-          Como usted quiera.

Cerró la capota y de cabeza se zambulló en la lata.

   Curioso me asomé al agujero y entre penumbras pude leer apenas la proclama del fondo.

   La multinacional arengaba al sudaca supuestamente desilusionado a seguir participando.

   Abollé la lata con mis propias manos y de taquito la emboqué en un cesto de basura argentina con el rótulo made in Taiwan en el orillo.

   Continué mi camino.

 

  En la “Plaza de los Delfines Masacrados” me abordó un grupo de hormigas coloradas disfrazadas de “Pastores del Señor de la Santa Divisa”.

   El catálogo de ventas ofrecía los mejores productos de la espiritualidad, a los mejores precios, financiados y con doble garantía de perpetuidad.

   Yo, conocedor de algunas artimañas, quebré repentinamente la cintura y con un dribling hacia la derecha entré al área peligrosa.

   Acomodé con la mano la pelota que se me había quedado retrasada y con muchísimo coraje enfrenté al arquero.

   Él también era ducho en estas lides. Intentó confundirme.

   Primero se vistió de rojo, después se colocó a la diestra, al instante se hizo el moribundo y se inclinó a la izquierda, por fin, extendió los brazos todo lo que pudo y me miró fijo a los ojos.

   Con un toque suave la puse contra el palo.

   Fue un gol maravilloso que renovó mis fuerzas.

   Ya no hay ninguna duda, hoy es el gran día.

    Dios está de mi lado.

   

   El sol del mediodía lamía con desesperación las nalgas de los transeúntes, derretía las plumas de los pájaros y hacía hervir las gotas de sudor que se deslizaban acariciantes por los muslos calientes de las señoritas.

  

 

   

Me quedé un rato parado bajo la sombra de un árbol con cadena perpetua y me dediqué a observar con detenimiento el fino algodón a contraluz.

   Me hundí hasta las rodillas en sinuosos caminos embarrados de encaje y se me enredó en los genitales una planta carnívora de mirada húmeda y labios de miel.

   La niña me miró, me regaló sus ojos.

   Me vendió la ilusión extrema de piernas y corazón abiertos.

   De inmediato, apareció un anuncio de futuro virtual en la página web de mi pasión, pero sobreviví.

   No me quise internar en las redes de la comunicación.

   No cedí a las presiones de la informática.

   La tentación se escabulló montada a caballo de la tecla “scape” y aparecí en la city del nuevo milenio.

  

   Las vidrieras de las casas de cambio parecen putas de la zona roja, se exponen ansiosas a las briosas miradas de los gordos babosos de relojes Rolex y cabezas cuadradas como tarjetas de crédito

   La codicia resbala en los vidrios, la avaricia navega en un yate por las cañerías contaminadas por las aguas podridas del capitalismo.

   Un yuppie de cabellos claros me salió al encuentro.

   Abrió el portafolios de cuero natural marrón africano y extrajo un contrato. -     Si querés salvarte estampa la firma.

    Me tembló la mano en el intento.

    Acaso el subterráneo que rascaba mis plantas fuera el mensajero.

 Fui tras él.

 En un Mercedes último modelo pasó el genio de la lata rumbo a la histórica Plaza de Mayo.

   Un reaparecido presidente de la República Argentina iba con él.

   Estaba rodeado de tres señoritas multicolores que no paraban ni un segundo de  reír.

 Se lo veía exultante, un poco más rubio y rejuvenecido.

    El genio casi me atropella, me rozó el codo con el espejito y después hizo una                                      mueca de desprecio.

  Sacó el brazo por la ventanilla y extendiendo el dedo mayor gritó un fack you  en sonido estereofónico seguido de una carcajada escalofriante.

  

   Caminé apurado las cuadras que quedaban hasta la terminal.

Las sombras se habían reagrupado en las alcantarillas y venían por venganza.

La premonición cubrió de grises la cabeza hueca.

El tren se había marchado.

  

A grandes borbotones el andén terminal comenzó a llenarse de infelices portadores de caras cansadas y decepcionadas.

El silencio, la soledad, la angustia, y la impotencia exhibían las pancartas. “El último tren acaba de partir”.

         

            Hugo Rossi

Imagen digital by @mundonorte

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