Extenuado de corretear por
esta vida perfectamente perversa, inevitablemente estrafalaria, tácitamente
indispensable, tome la decisión extrema de recluirme para siempre en mis
aposentos interiores y recostarme sobre un cálido y mullido alpedismo, hasta que
llegue el incómodo momento en que tenga que ascender al gran transbordador.
- Ahora sí, qué paz!, qué
tranquilidad!.
Por lo menos, así lo creí.
Aquella primera noche
comenzaron a llegar los visitantes.
Yo con los brazos cruzados los
veía penetrar, recorrer la habitación con la mirada, acomodarse en algún
sillón, sobre la alfombra, junto al hogar o directamente zambullirse de cabeza
en algún cajón de la alacena que aún estuviera vacío.
A veces intentaba algún saludo
balbuceado, con ese balbuceo de licuadora con que nos provee el paso de la
vida.
Con esa escasez de palabras,
con ese temblequeo en las manos, que es como el aplauso final con que nos
premia el tiempo por nuestro estoicismo y valentía.
Ellos seguían llegando, en
tren, en auto, algunos en barco y otros caminando.
Si el aparato en que viajaban
era muy grande, desalojaban de un caderazo al visitante más cercano y ocupaban
el hueco resultante, sin miramientos ni remordimientos.
Una sola vez intenté
contraatacar.
No sin esfuerzo me levanté,
con un gran temblor en las rodillas y algún mareo momentáneo.
La medida aún extrema no pudo
contenerlos, ninguno se dio por aludido y la escoba, con el transcurrir del
tiempo, envejeció detrás de la puerta. Eso sí, lo hizo de pie, gracias a
algunas telarañas multicolores que le sirvieron de sostén y que seguramente
fueron tejidas por mi araña de la suerte.
Los visitantes se alternaban
sin orden alguno, a los parientes le seguían los perros, los gatos, ignotas
blondas de pechos esponjosos de tamaño desmesurado, morenas velludas con sexo
aspirador, amigos drogadictos de mirada endurecida, algunos fantoches bíblicos,
algunos libros con sus personajes envejecidos; antiguas flores inmaculadas,
flores nuevas ya marchitas, muebles transitoriamente restaurados y algunas
tardes por las noches.
Una vez me pareció ver un
ángel, pero no puedo asegurarlo por que el muy pillo llevaba las alas
recogidas, escondidas debajo de su impermeable azul.
Una mañana aparecieron de la
mano de la señorita de cuarto casi todos mis compañeros de la primaria con sus
apellidos olvidados, me recorrieron por todos los rincones como en una visita
guiada y después se escabulleron sin decir ni mú.
Yo los miraba a través del
alambrado que las horas me tejieron sobre los ojos y extrañamente no lloraba.
La verdad es que en ese
momento sentí un poco de nostalgia.
Me hubiese gustado que se
quedaran por un rato más, por lo menos hasta la hora de arriar la bandera.
¡ Y yo que quería estar
tranquilo!
En este poco tiempo conseguí
todo lo que no pude a lo largo de mi vida, como por arte de magia tuve todos
los amores habidos y por haber.
Fui millonario en placeres, en
dinero, en ideas; viajé por las estrellas montado en un molino de viento y por
sobre todas las cosas besé, besé y besé.
Hoy me desperté mas temprano
que de costumbre, me duché, me afeité y me lavé los dientes.
Me empilché con un vaquero que
guardaba sin estrenar, con mi camisa preferida (la de arabescos blancos y
negros) y me puse un chaleco de bremer negro que me queda como pintado.
Solo me falta el toquecito de
Fahrenheit 41 para estar totalmente disponible.
Por lo menos este es educado,
en vez de mandarse directamente, golpeó suavemente con los nudillos en la
puerta.
Tres pequeños golpecitos.
Lo hice pasar emocionado, sin
poder controlar del todo el nerviosismo y la ansiedad; comiéndome las uñas.
Y allí en medio del living
donde tantas maravillas, sobre la raída alfombra donde tantas lágrimas y semen,
debajo de la repisa donde todas mis fotos, nos miramos a los ojos y nos
confundimos en un sereno y afectuoso abrazo.
Hugo Rossi
