REALIDAD F1
–Sos nuevo por acá, ¿no? –preguntó ella
sentándose en la banqueta junto a él.
Él levantó su porrón con cerveza negra, lo
movió en círculos y se tomó el medio vaso que quedaba de un solo trago.
–¿Acaso te comieron la lengua los ratones? –le
volvió a preguntar ella.
Él bajó rápida y pesadamente el porrón vacío
contra la barra, lo que produjo un sonoro ruido que sobresaltó a la chica. Ella era una chica muy hermosa. De piel muy pálida, sus mejillas rosadas, un
rostro muy bonito, con ojos de color verdes claro, muy brillantes y hermosos,
los párpados pintados de verde pálido, labios de color rojo carmesí y un
cabello largo hasta la mitad de la espalda, sedoso y castaño claro con varios
mechones rubios.
–¿Cómo te llamás? –intentó nuevamente
ella.
–Fabián.
Fabián Fariña. ¿Y vos, bonita?
–Me llamo Agustina –se presentó ella mostrando
una hermosa sonrisa.
–Bueno, un nombre tan lindo como la persona
que lo tiene.
–Gracias por el piropo, guapo.
–¿Guapo yo? Miráme bien, soy colorado.
–¿Y? ¿Qué problema hay? Me gustan los
colorados. Son especiales.
–Mmmm, ¡qué agradable sujeta! ¿Puedo hacerte
una pregunta?
–Si te la puedo responder, mandále nomás.
–¿Family
o Sega?
–¿Qué?
Fabián soltó una tonta carcajada.
–No, nada, no me hagás caso. Era una pavada. Veo
que no sos de jugar a los videojuegos –Fabián vio cómo ella lo miraba
extrañada–. Ahora va en serio, ¿tenés novio, Agustina?
–¡Epa, epa, epa! Qué rápidito que resultaste
ser, Fabián Fariña, ¿eh?
–Antes era más boludo, así que me perdí un
montón de oportunidades con muchas chicas que me gustaron. Por eso ahora voy directo
al grano. La vida es corta para andar perdiendo tiempo, ¿viste?
Agustina se le acercó y lo rodeó con los
brazos. Acercó su rostro al de él y lo
miró atentamente. Fabián Fariña notó
que los hermosos ojos de ella eran hipnóticos, muy hipnóticos.
–¿Y si te digo que sí, Fabián Fariña? ¿Te vas
a enojar? –preguntó Agustina susurrando sensualmente.
–La verdad no me importa, yo no soy celoso –respondió
Fabián con una sonrisa pícara.
Ya era de madrugada en ese bar.
El dueño estaba limpiando la barra con una
rejilla.
Había poca gente en ese momento: un par de
borrachos, una pareja, un viejo solitario, el dueño, un joven empleado que se
había ido a limpiar el baño en esos momentos y al que el dueño reprendía cada
dos por tres, Agustina y Fabián.
Se besaron con mucha pasión e intensidad. Fabián la había rodeado con sus brazos por la
cintura y bajó sus manos hasta palparle las nalgas redondas que tenía. Agustina no se opuso, pero apartó la cabeza,
lo miró y le dijo con una sonrisa mientras le guiñaba un ojo, cómplice:
–Al final resultaste ser todo un depravadito, Fabiancito,
¿no?
Él no respondió.
Agustina lo besó en los labios, luego en la
mejilla derecha, después bajó hasta el cuello y comenzó a besárselo y lamérselo
con intensidad, casi desesperación.
Pablo se metió su mano derecha en el bolsillo
derecho de su pantalón, sin que ella se percatara, y tomó un objeto.
–¡Me encantan los colorados! ¡Tienen la sangre
más dulce! –gritó Agustina en una especie de chillido. Sus ojos se volvieron rojos como el fuego,
sus dientes crecieron hasta volverse puntiagudos y sus uñas se fusionaron con
sus dedos y crecieron en filosas garras de casi medio metro, las cuales clavó
en la espalda del muchacho para retenerlo.
Agustina lo estaba por morder cuando Fabián,
con una velocidad formidable, sacó una estaca de roble con punta de su bolsillo
y se lo clavó por la espalda a la chica hasta atravesarle el corazón.
La apartó de un empujón, mientras las garras
desgarraban la espalda del muchacho.
Ella chilló estridentemente mientras vomitaba
sangre verdosa por la boca y salpicaba a todos los presentes con ella. Luego se convulsionó frenéticamente, en medio
de agónicos gorjeos, como si se estuviera atragantando con su sangre y bilis.
Las convulsiones se fueron incrementando ante el horror de todos los presentes.
Finalmente, Agustina estalló en pedazos y desparramó sus órganos por todas
partes, salpicando pisos, paredes y techo, además de al viejo y los borrachos.
Fabián era una ensalada de tripas y sangre verdosa.
Algunos girones de la ropa de la chica se le habían quedado pegadas en su
propio atuendo. Se agachó, recogió la estaca que había caído al suelo luego de
que estallara el engendro y se lo guardó de nuevo en el bolsillo.
Todos estaban estupefactos. La pareja había
huido despavorida tras la explosión, con la mujer gritando histéricamente y su
novio tratando de calmarla, cosa que era imposible porque él también gritaba
como histérico.
Uno de los borrachos estaba vomitando. El
anciano se había desmayado de la impresión.
El empleado había terminado de limpiar, pero
cuando salió, vio a una chica convulsionándose y entonces se metió de nuevo.
Había escuchado una explosión. Después de un minuto o poco más, volvió a salir
y vio todo el desastre.
–¡Patrón! ¿Me va a pagar horas extras por
limpiar este desastre?
–¡NO! –respondió contundente el dueño del bar –
¡Ponete a trabajar, paragua!
–¡Ejuna ekambu che vyra mba’e, Viejo
Puto! –refunfuñó el empleado.
Fabián, mientras se limpiaba la cara con un
viejo pañuelo, se volvió a sentar en la barra, tras correr un pedazo de cerebro
para que cayera al suelo.
–Dame un fernet con Coca –pidió–. 30 de fernet,
70 de Coca.
–¿Qué mierda acaba de pasar, pendejo?
–vociferó el dueño–. ¿Cómo justificás este desastre? –Mientras, preparaba la
medida de fernet con Coca para Fabián.
–La
mina era una furia. Pero debe haber sido convertida hace uno dos días
nomás. Por eso la agarré desprevenida. Sino es imposible ganarle a uno de estos
bichos. –Fabián hizo fondo blanco y apoyó el vaso sobre la barra.
–¡Jodéme! Pensé que esas cosas eran leyendas
urbanas –dijo el Dueño, que se tomó una medida de fernet puro, también de un
solo trago.
–Para nada. Son bien reales. Pero si recién
ahora te enterás, es porque saben muy bien cómo mantenerse en las sombras.
Salvo, claro está, en ocasiones especiales como esta. El mundo no está
preparado para saber la verdad –. Fabián señaló al empleado paraguayo que,
entre puteadas en guaraní, limpiaba el desastre de mala gana–. Yo que vos le
pagaría el doble al muchacho, para que limpie todo bien y rápido antes de que
te caiga la policía.
El dueño se quedó en silencio.
–También te recomiendo que estés atento. Puede
que haya más furias cerca. Cualquier cosa, avisáme –y le dejó una tarjetita.
Fabián dejó un billete de veinte pesos en la barra, se
acercó a la puerta, se dio vuelta, saludó a todos los presentes que quedaban,
abrió la puerta y se fue.
El Dueño leyó la tarjetita. Después de un número de
teléfono, decía:
“FABIÁN FARINA, CAZADOR DE SERES DE LA NOCHE”
El Dueño se tomó otra
medida, esta vez de ginebra.
El empleado paraguayo
seguía puteando en guaraní mientras juntaba las tripas en un balde…
VARTAN GÓMEZ
Lunes 14 de Septiembre de 2026
Nota: Esta versión
es la más cercana a la primera de todas las historias de este estilo, un
microcuento que no sé si llegaba a las 300 palabras que hice en mi juventud.
Una versión aparece en mi libro Fantafábulas del Universo 14 (Ser Seres
Ediciones, 2019, pp.31-36), donde el protagonista es Pablo Acosta. Geraldine
(Universo 12) o Fiamma (Universo 16) son versiones alternas de esta
misma historia. La gracia de tener un multiverso es poder contar historias
similares con caminos muy diferentes entre sí, a veces con los mismos
personajes, a veces con otros.
Imagen: Meta IA.
