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03/09/26

LA MUSA (UNA FABULARIA DEL UNIVERSO 14) por Vartan Gómez



Su mirada se pierde en el horizonte, donde el cielo y el mar unen sus colores azulados, donde Zeus y Poseidón se saludan fraternalmente.

         Está pensativo, sentado sobre una enorme roca, perfecto lugar para meditar su situación.

         Es un vago.

         Es un inútil.

         No sirve para nada.

         Y él lo sabe perfectamente.

         No tiene grandes habilidades intelectuales. Tampoco se destaca en las artes de ningún tipo y no posee un cuerpo estilizado o fornido que lo vuelva un atleta.

         Probablemente, si hubiera nacido en Esparta, lo hubiesen arrojado desde lo alto de un acantilado al primer llanto.

         Inútil y feo. Por algo sus padres lo abandonaron a su suerte.

         Una ola rompe contra la roca y lo salpica.  La roca es alta. Esto no impide que varíe en lo más mínimo su posición reflexiva:  las piernas colgadas inmóviles en el aire, el brazo derecho apoyado sobre la rodilla izquierda, el brazo izquierdo apoyado sobre el dorso de la mano derecha, la zurda acariciando constantemente la barba que sale de su mentón, la cara inexpresiva y con ojos taciturnos.

         No habla.

         El mar agitado, el ulular del viento y las gaviotas que vuelan en enjambre rompen el silencio por él.

         Dos caminantes se acercan a la roca.  Mantienen una prudente distancia.  Dialogan.

–¡Pobre! No tiene futuro –dice Apóstrofos –. ¡Es un inútil! Lo conozco desde que éramos chicos, y nunca se destacó en nada. Tampoco sabe hacer nada. No tiene talento y carece de imaginación. Sus padres lo abandonaron, por lo que me contaron. Nunca se quisieron hacer cargo de él.

–Su vida será corta y pasará desapercibido, como todos los que son como él –dice Anagnórisis –. Nuestra sociedad no necesita mantener a tales vagos.

Ambos lo llaman por su nombre.

Él sale de esa especie de trance metafísico y voltea su mirada hacia sus

interlocutores.

Una ola rompe contra la roca, lo toma desprevenido y lo hace caer.

Se golpea la cabeza contra una piedra.

Su mundo se vuelve negro.

 

El Blanco.

Él no sabe dónde está. Es un lugar extraño. No hay mar ni cielo. No hay roca ni olas. No hay polis. Solo flota en un espacio en blanco. Se siente en paz. Está libre de todo prejuicio y de toda crítica.

Entonces escucha una melodiosa voz detrás de él.

         –Es extraño ver a alguien en este lugar. Creí que era la única aquí.

         Él se gira en el vacío y ve a una joven muy hermosa. Posee una vestimenta que nunca había visto en su vida. Su cabello es rojo como el fuego. Tiene ojos de color verde intenso, y su mejilla derecha está adornada con un lunar. Es hermosa. Pluscuamperfectamente hermosa.

         –¿Eres una olímpica? –le pregunta –. Tu belleza es digna de la mismísima Afrodita.

         –No creo ser una diosa, aunque, pero puede que sea como ellos, he ido cambiando muchas veces de forma. Conozco a los dioses y sus historias. Conozco muchas historias. De todas partes de El Mundo. ¿Conoces tú alguna historia interesante para contar?

         –Yo ni siquiera sé qué significan los símbolos que escriben los sabios. De hecho, soy un inútil. No sirvo para nada.

         –Pero todos tienen una función en la Gran Historia de El Mundo.

         –¿Y cuál ha de ser la mía? ¿Qué puede aportar un inútil a El Mundo?

         –Eso lo debes descubrir tú mismo. Yo apenas estoy descubriendo quién soy. Siempre estoy descubriendo quién soy.

         –Eres hermosa. Eso debes saberlo. Muy hermosa. La mujer más hermosa que he visto en mi vida.

         Ella sonríe.

         ¿Acaso hizo sonrojar a una diosa?

         Ella se le acerca y le da un beso en su frente y entonces…

 

Apóstrofos y Anagnórisis corren y lo socorren inmediatamente.

Anagnórisis lo zamarrea.

Apóstrofos lo cachetea.

Él reacciona.

Él grita.

–¡No puedo ver! –vocifera aterrado –. ¡Estoy ciego!

Él grita y maldice, se retuerce en agónicos gemidos de dolor y desesperación.

Los caminantes lo ayudan a levantarse.

Él llora sintiéndose impotente.

Ellos intentan consolarlo, infructuosamente.

De repente, él deja de llorar.

–¿Por qué lloro? –dice mientras mira a sus interlocutores con sus ojos

blancos por la ceguera.

         –Es que te caíste, muchacho idiota –le dice Apóstrofos.

         –¿Qué vas a hacer ahora que no puedes ver? –pregunta triste Anagnórisis.

Y entonces, como si, súbitamente, él fuera poseído por un espíritu divino, cambia su postura y su temple, y parece resplandecer con un brillo sobrenatural.

–¡Ya lo recuerdo! ¡La he visto!

–¿A quién has visto? –pregunta extrañado Anagnórisis.

–¡He visto a la Musa! ¡He visto a la Memoria del Mundo!

–¿Cómo la has visto, si no puedes ver? –acota Apóstrofos –. ¿Acaso te has vuelto loco?

Él dirige su mirada a Apóstrofos. Éste se siente intimidado. Esos ojos blancos reflejan algo extraño.

         –¿Loco? ¡Sí! ¡Estoy loco! ¡Estoy loco de Poesía! ¡Estoy ciego y sin embargo puedo VER! ¡Veo a la Musa! ¡Es hermosa!

         Ambos amigos lo miran con tristeza.

         Saben que La Locura lo ha abrazado.

–¡Y la escucho! ¡Me susurra épicas palabras que se entretejen en la más maravillosa de las historias!

Y así, con una voz potente y decida, épica, el antes Inútil declama:

 

“Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo;

la cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos

y precipitó hacia el Hades a tantas almas de valerosos héroes,

a quienes hizo presa de perros y pasto de aves

–cumpliéndose así la voluntad del Padre Zeus–

desde que se separaron en disputa el Atrida,

rey de los hombres, y el divino Aquiles”.

 

Y así cantó Homero, El Inmortal Rapsoda.

 

 

 

VARTAN GÓMEZ

Lunes 17 de Agosto de 2026

  

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