Su mirada se pierde en el horizonte, donde el cielo y el mar unen sus
colores azulados, donde Zeus y Poseidón se saludan fraternalmente.
Está pensativo, sentado sobre
una enorme roca, perfecto lugar para meditar su situación.
Es un vago.
Es un inútil.
No sirve para nada.
Y él lo sabe perfectamente.
No tiene grandes habilidades
intelectuales. Tampoco se destaca en las artes de ningún tipo y no posee un
cuerpo estilizado o fornido que lo vuelva un atleta.
Probablemente, si hubiera
nacido en Esparta, lo hubiesen arrojado desde lo alto de un acantilado al
primer llanto.
Inútil y feo. Por algo sus
padres lo abandonaron a su suerte.
Una ola rompe contra la roca
y lo salpica. La roca es alta. Esto no
impide que varíe en lo más mínimo su posición reflexiva: las piernas colgadas inmóviles en el aire, el
brazo derecho apoyado sobre la rodilla izquierda, el brazo izquierdo apoyado
sobre el dorso de la mano derecha, la zurda acariciando constantemente la barba
que sale de su mentón, la cara inexpresiva y con ojos taciturnos.
No habla.
El mar agitado, el ulular del
viento y las gaviotas que vuelan en enjambre rompen el silencio por él.
Dos caminantes se acercan a
la roca. Mantienen una prudente
distancia. Dialogan.
–¡Pobre! No tiene futuro –dice Apóstrofos –. ¡Es un
inútil! Lo conozco desde que éramos chicos, y nunca se destacó en nada. Tampoco
sabe hacer nada. No tiene talento y carece de imaginación. Sus padres lo
abandonaron, por lo que me contaron. Nunca se quisieron hacer cargo de él.
–Su vida será corta y pasará desapercibido, como
todos los que son como él –dice Anagnórisis –. Nuestra sociedad no necesita
mantener a tales vagos.
Ambos lo llaman
por su nombre.
Él sale de esa
especie de trance metafísico y voltea su mirada hacia sus
interlocutores.
Una ola rompe
contra la roca, lo toma desprevenido y lo hace caer.
Se golpea la
cabeza contra una piedra.
Su mundo se
vuelve negro.
El Blanco.
Él no sabe dónde está. Es un
lugar extraño. No hay mar ni cielo. No hay roca ni olas. No hay polis. Solo
flota en un espacio en blanco. Se siente en paz. Está libre de todo prejuicio y
de toda crítica.
Entonces escucha una melodiosa
voz detrás de él.
–Es extraño ver a alguien en
este lugar. Creí que era la única aquí.
Él se gira en el vacío y ve a
una joven muy hermosa. Posee una vestimenta que nunca había visto en su vida.
Su cabello es rojo como el fuego. Tiene ojos de color verde intenso, y su
mejilla derecha está adornada con un lunar. Es hermosa. Pluscuamperfectamente
hermosa.
–¿Eres una olímpica? –le
pregunta –. Tu belleza es digna de la mismísima Afrodita.
–No creo ser una diosa,
aunque, pero puede que sea como ellos, he ido cambiando muchas veces de forma. Conozco
a los dioses y sus historias. Conozco muchas historias. De todas partes de El
Mundo. ¿Conoces tú alguna historia interesante para contar?
–Yo ni siquiera sé qué
significan los símbolos que escriben los sabios. De hecho, soy un inútil. No
sirvo para nada.
–Pero todos tienen una
función en la Gran Historia de El Mundo.
–¿Y cuál ha de ser la mía?
¿Qué puede aportar un inútil a El Mundo?
–Eso lo debes descubrir tú
mismo. Yo apenas estoy descubriendo quién soy. Siempre estoy descubriendo quién
soy.
–Eres hermosa. Eso debes
saberlo. Muy hermosa. La mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Ella sonríe.
¿Acaso hizo sonrojar a una
diosa?
Ella se le acerca y le da un
beso en su frente y entonces…
Apóstrofos y
Anagnórisis corren y lo socorren inmediatamente.
Anagnórisis lo
zamarrea.
Apóstrofos lo
cachetea.
Él reacciona.
Él grita.
–¡No puedo ver!
–vocifera aterrado –. ¡Estoy ciego!
Él grita y
maldice, se retuerce en agónicos gemidos de dolor y desesperación.
Los caminantes
lo ayudan a levantarse.
Él llora
sintiéndose impotente.
Ellos intentan
consolarlo, infructuosamente.
De repente, él
deja de llorar.
–¿Por qué
lloro? –dice mientras mira a sus interlocutores con sus ojos
blancos por la ceguera.
–Es que te caíste, muchacho
idiota –le dice Apóstrofos.
–¿Qué vas a hacer ahora que
no puedes ver? –pregunta triste Anagnórisis.
Y entonces, como si, súbitamente, él fuera poseído
por un espíritu divino, cambia su postura y su temple, y parece resplandecer
con un brillo sobrenatural.
–¡Ya lo recuerdo! ¡La he visto!
–¿A quién has visto? –pregunta extrañado
Anagnórisis.
–¡He visto a la Musa! ¡He visto a la Memoria del
Mundo!
–¿Cómo la has visto, si no puedes ver? –acota
Apóstrofos –. ¿Acaso te has vuelto loco?
Él dirige su mirada a Apóstrofos. Éste se siente
intimidado. Esos ojos blancos reflejan algo extraño.
–¿Loco? ¡Sí! ¡Estoy loco!
¡Estoy loco de Poesía! ¡Estoy ciego y sin embargo puedo VER! ¡Veo a la Musa!
¡Es hermosa!
Ambos amigos lo miran con
tristeza.
Saben que La Locura lo ha
abrazado.
–¡Y la escucho! ¡Me susurra épicas palabras que se
entretejen en la más maravillosa de las historias!
Y así, con una voz potente y decida, épica, el
antes Inútil declama:
“Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo;
la cólera
funesta que causó infinitos males a los aqueos
y precipitó hacia
el Hades a tantas almas de valerosos héroes,
a quienes hizo
presa de perros y pasto de aves
–cumpliéndose
así la voluntad del Padre Zeus–
desde que se
separaron en disputa el Atrida,
rey de los hombres,
y el divino Aquiles”.
Y así cantó Homero, El Inmortal Rapsoda.
VARTAN GÓMEZ
Lunes 17 de Agosto de 2026
