El 30 de octubre de 1983 votó el
85% del padrón y el 51,75% eligió a Raúl Alfonsín. Argentina salía de siete
años de dictadura, de secuestros, de centros clandestinos y de una sociedad
entrenada para no preguntar. En cada acto, Alfonsín recitaba el Preámbulo de la
Constitución y repetía una consigna que quedó en la memoria colectiva: “con la
democracia se come, se cura y se educa”. Le pedía al país algo más difícil que
un voto: creer que la ley podía más que las armas. Y cumplió.
En sus primeros días de gobierno
ordenó juzgar a las tres primeras Juntas y creó la CONADEP. Ernesto Sábato le
entregó el Nunca Más el 20 de septiembre de 1984, con 8.961 desaparecidos
documentados. El juicio empezó el 22 de abril de 1985; declararon 839 testigos
y el 9 de diciembre la Cámara Federal condenó a Videla y Massera a reclusión
perpetua. Fue la primera vez que un tribunal civil argentino juzgó a quienes
habían gobernado por la fuerza. Alfonsín lo hizo con las Fuerzas Armadas
todavía en pie, sin garantías y sin antecedentes propios en los que apoyarse.
Su vara no fue solo penal.
Sometió a consulta popular el tratado de paz con Chile, en lugar de decidir
solo, y el 25 de noviembre de 1984 ganó el Sí con más del 82%. Restableció la
patria potestad compartida en 1985 y el divorcio vincular en 1987. Normalizó
las universidades: autonomía, cogobierno, concursos docentes, fin de los cupos
y de los aranceles. En 1993 negoció con Menem el Núcleo de Coincidencias
Básicas que dio forma a la reforma constitucional de 1994: la Jefatura de
Gabinete para atenuar el hiperpresidencialismo, el tercer senador por la
minoría y el Consejo de la Magistratura. Cuando la hiperinflación de 1989 lo
desbordó, no se atrincheró: entregó el mando a Menem el 8 de julio, cinco meses
antes de lo previsto. Perdió la batalla económica y puso las instituciones por
encima de su propia permanencia.
A 43 años, a la democracia no le
faltan elecciones; le faltan dirigentes de esa talla. Dirigentes que prefieran
perder una votación antes que su palabra y que no confundan poder con botín. El
radicalismo fue, y tiene que seguir siendo, sinónimo de honestidad, de
gobiernos bien administrados y de una universidad pública, gratuita y de
calidad como escalera de ascenso social.
Por eso el homenaje no alcanza con el recuerdo. La UCR no puede seguir mirando desde la tribuna cómo el país oscila entre el presente que encarna Milei y el pasado kirchnerista. Tiene ideario, identidad y cuadros para proponer una alternativa: república, federalismo, orden fiscal con justicia social, instituciones que funcionen y educación como política de Estado. Alfonsín no esperó a que lo convocaran, construyó la convocatoria. Ese es el homenaje que le debemos.
Román Reynoso,
Convencional Provincial de la UCR Buenos Aires
