Por Román Reynoso para Mundo
Norte
El escándalo en torno a Orsai
Audiovisuales, que desencadenó una serie de denuncias por presunta estafa en el
sistema de financiamiento de sus proyectos, reavivó un debate estructural en el
ecosistema de las inversiones colectivas: la urgencia de garantizar
transparencia real cuando miles de pequeños ahorristas confían su capital a un
tercero.
Más allá del avance de la
investigación judicial, el escenario obliga a trazar una línea divisoria clara.
Que una inversión fracase, que una película no recupere el dinero invertido o
que una empresa quiebre es un riesgo inherente a cualquier apuesta económica.
Sin embargo, la imposibilidad de auditar el destino de los fondos, verificar
los movimientos bancarios y controlar el cumplimiento de los desembolsos
pactados expone una falla grave de diseño. Es aquí donde la tecnología
blockchain emerge como una solución de fondo para robustecer la rendición de
cuentas.
Si el esquema de crowdfunding
impulsado por la productora hubiera estado montado desde su génesis sobre una
red descentralizada, el seguimiento del dinero habría sido de acceso público e
inalterable. La tokenización de las participaciones habría permitido registrar
a cada inversor con precisión quirúrgica. Además, mediante la ejecución de
contratos inteligentes (smart contracts), la liberación de los fondos podría
haberse automatizado y condicionado al cumplimiento estricto de etapas de
producción previamente pactadas, bloqueando cualquier retiro unilateral o
discrecional.
De acuerdo con el análisis de la
Fundación Blockchain Argentina, estos mecanismos tecnológicos no obran
milagros: no garantizan que los recursos se administren con pericia comercial,
no aseguran el éxito de taquilla ni reemplazan las auditorías contables
tradicionales. No obstante, acotan drásticamente el margen para decisiones
espurias, facilitan la detección temprana de inconsistencias contables y
construyen un rastro de evidencia criptográfica insoslayable para la Justicia
en caso de litigio.
El financiamiento colectivo sigue
siendo una herramienta potente para traccionar la industria cultural y
productiva en el país. Pero para que el modelo sea sostenible en el tiempo, la
confianza ya no puede sustentarse únicamente en el carisma o la palabra de los
administradores. Requiere un andamiaje técnico que asegure que cada peso
aportado deje una huella auditable desde el bolsillo del inversor hasta el set
de filmación.
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