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09/01/26

Estados Unidos rehabilita la carne y las grasas: por qué la nueva pirámide nutricional es un guiño inesperado a la mesa argentina

Por Román Reynoso para Mundo Norte

En un giro copernicano que desafía cuarenta años de ortodoxia dietética, el gobierno de los Estados Unidos presentó este miércoles sus nuevas Guías Alimentarias para el período 2025-2030, desterrando el icónico gráfico de "MyPlate" para reinstaurar una pirámide nutricional. Pero no es la pirámide que recordamos de los 90: esta nueva versión invierte las prioridades y, sorpresivamente, valida históricamente la dieta tradicional argentina, poniendo al asado y a los lácteos enteros en el centro de la escena, mientras declara la guerra a los ultraprocesados y las harinas refinadas.



La decisión del Departamento de Agricultura (USDA) y el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) marca el fin de la era "baja en grasas". Bajo el lema "Eat Real Food" (Comer Comida Real), la nueva normativa sugiere un aumento drástico en la ingesta de proteínas —recomendando entre 1.2 y 1.6 gramos por kilo de peso corporal— y elimina las restricciones históricas sobre las grasas saturadas naturales.

El fin de la demonización de la carne

Para el paladar argentino, históricamente moldeado por la ganadería, esta noticia resuena como una vindicación cultural. Durante décadas, las guías internacionales instaron a reducir el consumo de carnes rojas en favor de carbohidratos complejos. La nueva pirámide estadounidense hace lo contrario: coloca a las proteínas animales (carnes rojas, huevos, aves) en la cima de la jerarquía nutricional, al mismo nivel que las frutas y verduras.

Esto significa que el bife de chorizo, el ojo de bife y el asado de tira, cortes que habían sido señalados por la medicina preventiva anglosajona, recuperan su estatus de "alimentos densamente nutritivos". Se trata de un respaldo científico implícito a la matriz productiva y cultural de nuestro país, sugiriendo que el problema nunca fue la vaca, sino lo que la industria puso alrededor del plato.

Manteca sí, aceites industriales no

Otro punto que impacta de lleno en las costumbres locales es el tratamiento de los lácteos y las grasas. Las nuevas guías recomiendan explícitamente el consumo de leche entera y manteca, alejándose de los productos descremados o "light" que dominaron las góndolas argentinas desde los años 90.

Sin embargo, el cambio trae una advertencia severa para otro sector: los aceites vegetales de semillas (soja, maíz, girasol), omnipresentes en la cocina argentina por cuestiones de costos, han sido desplazados de la categoría de "saludables" en favor de grasas animales o aceites de fruta (como el de oliva).

El desafío para el bolsillo argentino: harinas y azúcar

Si la reivindicación de la carne es la buena noticia, la restricción de granos es el desafío. La nueva pirámide sitúa a los granos (trigo, maíz, arroz) en la base estrecha del gráfico, instando a minimizar su consumo. Para una Argentina donde la pizza, las facturas y los fideos son parte del ADN culinario —y muchas veces, el refugio económico ante la inflación—, esta recomendación choca con la realidad del consumo masivo.

La normativa es tajante: cero azúcar añadida para menores de 4 años y un límite de 10 gramos por comida para adultos. Esto pone en jaque a la industria de galletitas y bebidas azucaradas, un debate que en nuestro país ya se inició con la Ley de Etiquetado Frontal, pero que ahora recibe un espaldarazo internacional mucho más agresivo.

Volver a la cocina de la abuela

Por lo que se puede analizar, Estados Unidos acaba de admitir que la dieta moderna ha fallado. La nueva directriz es, paradójicamente, un regreso al pasado: comer como lo hacían nuestros abuelos antes de la irrupción de la comida industrial. Para los argentinos, esto es una invitación a revalorizar nuestra carne y nuestros productos frescos, aunque el desafío, como siempre en estas pampas, será lograr que esa "comida real" sea accesible para el bolsillo de todos.

 

Roman Reynoso 2026

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