Por
Román Reynoso para Mundo Norte
Existe
una distancia insalvable, casi geográfica, entre la realidad que transita el
argentino de a pie —ese que espera el colectivo en el Conurbano a las seis de
la mañana o hace malabares para llegar a fin de mes— y el universo que Mariano
Cohn y Gastón Duprat decidieron retratar en "Homo Argentum".
Si la promesa del título era ofrecernos una radiografía del ADN nacional, el
resultado se parece más a una tomografía computada de un microclima exclusivo,
ajeno a las urgencias y la idiosincrasia del verdadero pueblo trabajador.
Pese a
la solvencia técnica y al carisma innegable de Guillermo Francella
—quien hace lo que puede para dotar de humanidad a caricaturas a veces
insostenibles—, la película falla en su tesis central. No estamos ante el
"hombre argentino", sino ante el "hombre de la burbuja".
Problemas
de "First World" en un país en crisis
La
desconexión se hace patente cuando desglosamos los episodios que componen esta
antología. Tomemos, por ejemplo, el segmento del director de cine. Aquí,
la dupla de realizadores cae en un vicio recurrente: el cine hablando del cine.
La tiranía creativa, los egos en el set y las excentricidades artísticas pueden
resultar hilarantes para el círculo rojo de Palermo Hollywood o los habitués de
festivales, pero ¿qué conexión real tiene esto con el oficinista que viaja
apretado en la Línea B? Es un humor endogámico, que deja afuera a la gran masa
de espectadores que buscaba verse reflejada y solo encuentra un espejo de
vanidades ajenas.
Otro
punto bajo es el episodio de la visita a los familiares en Italia. En un
contexto económico donde el salario real ha sufrido embates históricos y donde
para la mayoría de los argentinos Ezeiza es una utopía lejana, dedicar un
segmento a las peripecias de un viaje a Europa suena, por lo bajo, desafinado.
El conflicto allí planteado no es la supervivencia ni la picardía criolla ante
la adversidad (rasgos verdaderamente nuestros), sino la incomodidad burguesa
del "turista con culpa". Es una narrativa que ignora el pulso de la
calle.
El
ascensor y la falta de roce social
Quizás
el ejemplo más claro de esta asepsia social sea el episodio del ascensor.
La tensión construida en ese espacio confinado, si bien filmada con maestría,
responde a códigos de convivencia de torres de lujo o corporaciones
multinacionales. Falta el barro, falta el ruido. El "argento"
promedio no se define por silencios incómodos en un elevador de acero
inoxidable, sino por la solidaridad (o la furia) en el transporte público, por
la charla en el mostrador del comercio barrial, por la dinámica del club de
barrio.
Al
omitir al laburante, al estudiante de la universidad pública, al comerciante
que levanta la persiana con incertidumbre, "Homo Argentum"
comete un pecado capital para una obra con pretensiones sociológicas: confunde
a una élite porteña con la totalidad de la nación.
Como
la ví…
La película entretiene, sí, porque está Guillermo Francella, hay oficio y hay presupuesto. Pero como documento de identidad, es apócrifo. Cohn y Duprat han filmado una sátira sobre sus propios miedos y su propio entorno, olvidándose de que el verdadero "Homo Argentum" no vive en un set de filmación ni viaja a Europa a buscar raíces; vive peleándola día a día en una realidad que esta película decide, elegantemente, ignorar.
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