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18/01/26

Homo Argentum: Cuando el cine mira su propio ombligo y se olvida de la calle

Por Román Reynoso para Mundo Norte

Existe una distancia insalvable, casi geográfica, entre la realidad que transita el argentino de a pie —ese que espera el colectivo en el Conurbano a las seis de la mañana o hace malabares para llegar a fin de mes— y el universo que Mariano Cohn y Gastón Duprat decidieron retratar en "Homo Argentum". Si la promesa del título era ofrecernos una radiografía del ADN nacional, el resultado se parece más a una tomografía computada de un microclima exclusivo, ajeno a las urgencias y la idiosincrasia del verdadero pueblo trabajador.



Pese a la solvencia técnica y al carisma innegable de Guillermo Francella —quien hace lo que puede para dotar de humanidad a caricaturas a veces insostenibles—, la película falla en su tesis central. No estamos ante el "hombre argentino", sino ante el "hombre de la burbuja".

Problemas de "First World" en un país en crisis

La desconexión se hace patente cuando desglosamos los episodios que componen esta antología. Tomemos, por ejemplo, el segmento del director de cine. Aquí, la dupla de realizadores cae en un vicio recurrente: el cine hablando del cine. La tiranía creativa, los egos en el set y las excentricidades artísticas pueden resultar hilarantes para el círculo rojo de Palermo Hollywood o los habitués de festivales, pero ¿qué conexión real tiene esto con el oficinista que viaja apretado en la Línea B? Es un humor endogámico, que deja afuera a la gran masa de espectadores que buscaba verse reflejada y solo encuentra un espejo de vanidades ajenas.

Otro punto bajo es el episodio de la visita a los familiares en Italia. En un contexto económico donde el salario real ha sufrido embates históricos y donde para la mayoría de los argentinos Ezeiza es una utopía lejana, dedicar un segmento a las peripecias de un viaje a Europa suena, por lo bajo, desafinado. El conflicto allí planteado no es la supervivencia ni la picardía criolla ante la adversidad (rasgos verdaderamente nuestros), sino la incomodidad burguesa del "turista con culpa". Es una narrativa que ignora el pulso de la calle.

El ascensor y la falta de roce social

Quizás el ejemplo más claro de esta asepsia social sea el episodio del ascensor. La tensión construida en ese espacio confinado, si bien filmada con maestría, responde a códigos de convivencia de torres de lujo o corporaciones multinacionales. Falta el barro, falta el ruido. El "argento" promedio no se define por silencios incómodos en un elevador de acero inoxidable, sino por la solidaridad (o la furia) en el transporte público, por la charla en el mostrador del comercio barrial, por la dinámica del club de barrio.

Al omitir al laburante, al estudiante de la universidad pública, al comerciante que levanta la persiana con incertidumbre, "Homo Argentum" comete un pecado capital para una obra con pretensiones sociológicas: confunde a una élite porteña con la totalidad de la nación.

Como la ví…

La película entretiene, sí, porque está Guillermo Francella, hay oficio y hay presupuesto. Pero como documento de identidad, es apócrifo. Cohn y Duprat han filmado una sátira sobre sus propios miedos y su propio entorno, olvidándose de que el verdadero "Homo Argentum" no vive en un set de filmación ni viaja a Europa a buscar raíces; vive peleándola día a día en una realidad que esta película decide, elegantemente, ignorar.


Roman Reynoso 2026

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