"Allí donde el derecho es
suspendido, el poder se ejerce sin restricciones y la vida es reducida a nuda
vida"
Giorgio Agamben, Homo
sacer: el poder soberano y la nuda vida (1998), p. 28.
En nuestra reflexión
precedente sobre este asunto, titulada "Instagram y su nefasto mecanismo
de censura", abordamos el problema de las plataformas digitales bajo la
óptica de la economía de la atención y la consecuente privatización de la jurisdicción
comunicativa, revelando las hipocresías operacionales del shadowbanning y
el sistema de apelaciones opaco, se hace ahora imperativo trascender la
descripción del fenómeno para analizar su dimensión ontológica y política.
La invisibilización
algorítmica no puede interpretarse como una simple arbitrariedad técnica, sino
que debemos abordarla como un dispositivo que, en términos de Michel Foucault,
articula saberes, técnicas y prácticas que operan directamente sobre la vida
social. Instagram se erige, así, en un ensamblaje técnico-político que produce
efectos concretos sobre la existencia y la posibilidad de aparecer.
El poder que decide sobre la
vida y la exposición pública ha transitado desde la esfera estatal hacia la
lógica de los algoritmos. Esta modulación de la aparición, ejercida por una
entidad privada (Meta), actualiza la tesis de Agamben sobre la soberanía: el
acto de censura no requiere de la fuerza explícita, sino de la sutil técnica.
En sus palabras, "lo que el poder no quiere ver, lo hace
invisible; no por la fuerza, sino por la técnica" (Agamben, 1998,
p. 158). Así, la sustracción política se ejecuta mediante una desaparición
suave que impide la presencia del disidente sin la necesidad de un acto formal.
La contingencia del antagonismo político queda, de esta forma, reducida al frío
cálculo de la visibilidad.
Ahora bien, es momento de
hablar sin tapujos sobre la hipocresía de la "libertad" corporativa y
la violencia invisible. Esta soberanía algorítmica se manifiesta con una
hipocresía flagrante en las declaraciones de Meta. Recientemente, las decisiones
de Mark Zuckerberg de anunciar profundos cambios en la moderación de
contenido e incluso la promesa del fin de la verificación de datos a principios
de 2025, motivadas por la presión política y el llamado "efecto
Trump", se presentaron bajo la retórica de la "vuelta a la libertad
de expresión".
No obstante, esta proclamada
liberalización, aparte de ser una mentira, hace la función de una peligrosa
cortina de humo. Instagram mantiene, y de hecho intensifica, una censura
estratégica y opaca sobre aquellos contenidos que desafían las narrativas o los
intereses económicos de los anunciantes, los fondos de inversión y los grupos
de poder afines a la mega compañía precitada.
En definitiva, queridos
amigos, la libertad prometida es una falacia. Se trata, en rigor, de una
libertad condicionada a la no injerencia en las agendas de sus financistas.
Mientras que supuestamente se eliminan las restricciones que incomodan a los
actores políticos y mediáticos influyentes, se sostienen con puño de hierro las
penalizaciones que silencian las críticas estructurales, las denuncias de
abusos corporativos o las visualizaciones de cuerpos y discursos que no se
ajustan a la estética y los parámetros del consumo. La supuesta búsqueda de la
verdad mediante fact-checkers es reemplazada por una política
de conveniencia estratégica, donde la verdad se define por lo que maximiza
el valor para el accionista, no por lo que edifica el debate público.
El aspecto más violento y
perverso de esta censura es su carácter invisible e irrefutable. Es una
violencia ejercida por la omisión, por el ocultamiento y el desinterés
generalizado de usuarios que no se percatan del cierre sistemático de cuentas
que no siguen la línea editorial de la agenda imperante. La moderación
algorítmica elimina contenido, restringe cuentas y penaliza la visibilidad sin
que el usuario se encuentre ante una persona o una instancia racional con la
cual dialogar. En pocas palabras, se le niega el derecho a la réplica y el
derecho a la argumentación.
Evidentemente, estamos
hablando del desmantelamiento del juicio y la indefensión dialógica, puesto que
esta ausencia de interlocutor desmantela el principio del juicio dialógico que
es fundacional para la justicia y para la política. Al respecto, Immanuel Kant
insistía en la centralidad de la deliberación y la reflexión para la facultad
de juzgar, actividad que demanda una razón que se exponga públicamente.
Concretamente, en su "Crítica del juicio" sostiene que "la
facultad de juzgar en general es la de someter algo a reglas, es decir, la de
distinguir si algo cae bajo una regla dada o no". (I. Kant, Crítica
del juicio (2015), p. 69.
Instagram, al eliminar los
mecanismos de verificación de datos- un hecho reportado por la prensa pero
inverificable en el plano real-, abandona formalmente el esfuerzo por someter
el contenido a una regla de verdad objetiva. La sanción deviene de un ejercicio
puro de poder sin mediación epistemológica seria. De este modo, el usuario se
siente arrojado a un vacío: no hay nadie que responda a una consulta o reclamo,
sino sólo un sistema todopoderoso e irresponsable que ejecuta sus sentencias.
Esta experiencia genera una profunda sensación de indefensión existencial y
tecnológica. El sujeto queda a merced de una entidad inmaterial que no es digna
de responder, que no puede ser interpelada ni persuadida, lo cual constituye
una forma radical de violencia simbólica.
A esta lógica se superpone un
imperativo estético patético. La sociedad de la transparencia, descrita por
Byung-Chul Han, obsesionada con la positividad, expulsa lo distinto y lo
negativo por ser diferente. La censura opera como un mecanismo de higiene visual:
neutraliza aquello que perturba para mantener la ilusión de un feed homogéneo
y feliz. Esta "limpieza" se alinea con la crítica de Adorno y
Horkheimer a la industria cultural, donde la plataforma moldea las
subjetividades, recompensando la performatividad adaptada y castigando
duramente la disonancia. Lo que se penaliza, en definitiva, no es sólo el daño,
sino la incomodidad que representa la crítica a la agenda de moda impuesta por
un par de corporaciones deplorables.
Seguidamente, es oportuno
reflexionar sobre la penalización de la disidencia y la internalización del
perverso dispositivo de exclusión. Es sobre el cuerpo donde este régimen de
control se ejerce con mayor violencia. Judith Butler demostró que la precariedad
de ciertos cuerpos es dependiente de su reconocimiento social. Pues bien, en el
entorno algorítmico, la visibilidad de corporalidades que se desvían de la
norma- sean éstas envejecidas, racializadas o simplemente normales- resulta
inherentemente frágil. Instagram funge como un curador moral que
decide qué cuerpos son dignos de ser vistos, penalizando la disidencia corporal
y restringiendo la imaginación de lo que puede ser la corporalidad pública.
La precitada
"curaduría" plantea un dilema epistemológico interesante: al limitar
la aparición de ciertas voces, la plataforma excluye marcos de sentido
completos, definiendo los límites de lo concebible. La pregunta de Gayatri
Chakravorty Spivak por la posibilidad del subalterno de
hablar adquiere una urgencia ineludible, pues la visibilidad condicionada
por el algoritmo reproduce y amplifica las desventajas sociales preexistentes.
El alcance de este dispositivo
es tan profundo que los intentos de regulación externa, aún siendo
bienintencionados, colapsan ante la internalización del poder. El reciente
"experimento social" en Australia, reportado por la prensa, donde se
prohibió el acceso a las redes sociales a menores de dieciséis años, es una
prueba empírica de esta dificultad.
La ley, aunque diseñada para
proteger a la población adolescente de los riesgos que acechan a su nuda
vida (Agamben), confronta una realidad donde la tecnología ya es una
segunda naturaleza. La dificultad para "reconfigurar impulsos" mediante
decretos, la inmediata adopción de VPNs, las mentiras sobre la edad y la simple
migración a nuevas aplicaciones por parte de los jóvenes confirman una verdad
más oscura: el dispositivo de control no es ya una aplicación externa, sino una
estructura que co-constituye la subjetividad.
La performatividad exigida por el algoritmo es la gramática básica de
la socialidad, y el poder de la plataforma es tan profundo que la ley llega,
como bien se ha señalado, cuando "el caballo ya se desbocó".
La resistencia ante este
escenario debe ser, en palabras de Jacques Rancière, la irrupción de lo
que no tiene lugar reclamando su espacio ("el lugar de los que no tienen
lugar"). Sin embargo, la censura algorítmica neutraliza esta posibilidad
al impedir que las voces disonantes capten la atención. El usuario, que ha
entrado en una suerte de contrato hobbesiano no negociado, acepta
esta libertad vigilada a cambio de la pertenencia. La consecuencia es
que la visibilidad, la condición fundamental de la existencia pública, queda
reducida a un privilegio mercantil.
Como habrán podido apreciar,
queridos lectores, el gobierno de la mirada que se ejerce en las plataformas
como Instagram ha creado una nueva forma de despotismo suave, más efectivo por
la sutileza de su operación y por el consentimiento de una masa estupidizada a
la que, mientras la marea no los moje, nada les importa. La desaparición de lo
público no se debe aquí a un golpe de Estado, sino a una serie de decisiones
técnicas y comerciales que redefinen la política misma.
La renuncia a la verificación
de datos y la regulación errática de las políticas de contenido, dictadas por
presiones políticas y económicas, no hacen sino certificar la fragilidad de
nuestra esfera pública. La hipocresía de la libertad de expresión corporativa,
sumada a la violencia de la moderación invisible, disuelve la posibilidad misma
de un debate racional genuino y democrático.
Ahora bien, si la tecnología
ha adquirido la potestad de invisibilizar a un sujeto sin recurrir a la fuerza
bruta, ¿qué instituciones y procedimientos democráticos podemos idear
para fiscalizar estas lógicas de control que definen hoy la frontera entre
la existencia y la relegación? ¿Cómo puede el ciudadano contemporáneo recuperar
la dignidad de la réplica y exigir transparencia a un poder que se comporta
como una entidad todopoderosa e irresponsable? ¿Es posible rescatar la política
de las manos del cálculo algorítmico, o estamos condenados a habitar una
existencia mediada donde solo lo conveniente y lo rentable tiene derecho a la
voz, dejando que el dispositivo reemplace la acción?
En conclusión, la censura en Instagram no es un fallo técnico aislado sino la manifestación de una nueva forma de gobierno de lo visible: una conjunción de técnicas algorítmicas, intereses económicos y normas estéticas que reconfiguran la política de la aparición. Si la desaparición de lo público se instala por vías suaves, la respuesta no puede ser meramente instrumental. Hace falta pensar institucionalmente la rendición de cuentas, exigir transparencia y restaurar el juicio público como condición de la política. Pero también se impone una pregunta más inquietante: si la tecnología puede hacer desaparecer a alguien sin cerrar una puerta ni disparar un arma, ¿qué significa seguir creyendo en una esfera pública intacta? ¿Podrá la imaginación política renovarse para reivindicar el derecho a aparecer en un mundo gobernado por sensores, métricas y feeds, o quedaremos condenados a una democracia de visibilidad selectiva donde solo lo deseable y lo rentable tiene voz?
LISANDRO PRIETO FEMENÍA
