Por Román Reynoso para Mundo
Norte
En la vorágine diaria que
atraviesa a la sociedad argentina, el acto de comer ha dejado de ser, para
muchos, un ritual de pausa y disfrute para convertirse en un trámite más a
tachar en la agenda. Sin embargo, este hábito, que solemos naturalizar bajo la
excusa de la "falta de tiempo", esconde mucho más que una agenda
apretada. Según advierten especialistas en psicología, la velocidad con la que
nos alimentamos funciona como un revelador espejo de nuestro estado emocional y
mental.
Comer acelerado, casi sin
masticar y desconectados de los sabores, no es un hecho aislado. Expertos en
conducta alimentaria señalan que esta dinámica suele ser un síntoma de ansiedad
latente y estrés crónico. "Cuando alguien come sin detenerse, muchas veces
replica el mismo patrón con el resto de su vida: va siempre corriendo,
postergándose", explican desde el campo de la salud mental. El plato se
convierte así en una caja de resonancia de cómo gestionamos nuestros propios
límites y necesidades.
La comida como anestesia
emocional
Uno de los puntos más
inquietantes que revela el análisis psicológico es que la ingesta veloz puede
funcionar como un mecanismo de defensa inconsciente. Al comer rápido, reducimos
el contacto con las sensaciones físicas y emocionales del momento. Es una forma
de "tragar" no solo alimentos, sino también angustias, cansancio o
aburrimiento sin procesarlos. Esta desconexión evita que nos enfrentemos al
malestar, perpetuando un ciclo de autoexigencia donde el descanso real no tiene
lugar.
No se trata de patologizar un
almuerzo apurado en un día caótico de oficina, algo común en la rutina porteña
o de cualquier gran ciudad del país. La señal de alerta se enciende cuando la
excepción se vuelve norma. Si la incapacidad para frenar es constante, estamos
ante un indicador de que la persona tiene dificultades para registrar su propio
cuerpo y validar sus necesidades básicas.
Recuperar el control
Los profesionales de la salud
coinciden: frenar es salud. Recuperar una alimentación consciente no solo
impacta positivamente en la digestión física, sino que es el primer paso para
desactivar el piloto automático emocional. Volver a conectar con el plato es,
en definitiva, volver a conectar con uno mismo.
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