Por
Román Reynoso para Mundo Norte
Su
grito se volvió viral, pero detrás de los millones de reproducciones hay una
realidad que duele y una voluntad inquebrantable. Desde el barrio Ricardo Rojas
en Tigre, Alan Lugones transforma la desesperación en disciplina deportiva,
mientras lucha por un trabajo fijo y el sustento para su hija.
A
principios de 2024, Alan Lugones tocó fondo. Con una familia fracturada,
hermanos perdidos en las adicciones y una heladera vacía, la desesperación lo
empujó a una decisión límite: aceptar una pelea por dinero en una plataforma de
streaming. No tenía técnica, ni escuela de boxeo, ni equipo. Solo tenía
urgencia. Aquella noche, tras destrozar a su rival, su festejo no fue una
celebración, sino un desahogo visceral que recorrió las redes sociales. "¡Tengo
hambre!", gritó ante la cámara. Ese video acumuló cinco millones de
visualizaciones y marcó el nacimiento de "Trapo", el peleador
callejero que hoy busca profesionalizarse contra todo pronóstico.
"No
me importaba perder la vida, porque me sentía acabado, sin nada más que
perder", confiesa Lugones al
recordar sus inicios. Aquel debut improvisado le abrió las puertas a un
circuito más exigente y brutal: las peleas a puño limpio, sin guantes, que se
transmiten por Canal 9. Allí, "Trapo" encontró no solo una fuente de
ingresos, sino una identidad y una reputación forjada a base de coraje. Sin
embargo, la fama en redes —donde lo siguen más de 15.000 personas— contrasta
con su realidad cotidiana en el conurbano bonaerense.
Alan
vive solo, pero su motor es su hija de 10 años. A pesar de ser reconocido en la
calle y considerado un "ejemplo de superación", la economía diaria es
un combate que todavía no ha ganado por nocaut. Actualmente entrena de lunes a
viernes en la escuela de boxeo "Pigu Garay" en Tigre, buscando pulir
con técnica profesional ese instinto de supervivencia. Pero las mañanas son
inciertas: vive de "changas", trabajos temporales de tres meses que
no le permiten proyectar una estabilidad para ayudar a su hija como él
quisiera.
Su
lucha trasciende el octágono. Lugones lleva con orgullo el nombre de su origen:
una villa en Ricardo Rojas, Tigre, donde el paco y la marginalidad amenazan el
futuro de los más jóvenes. "Trato de ser lo que no hay: luz, esperanza
de que sí se puede", afirma. Cuando el dinero de las peleas o las
changas lo permite, Alan compra alimentos y ropa para repartir entre sus
vecinos, devolviendo al barrio lo poco que tiene, intentando marcar un camino
distinto para los chicos que lo ven como un referente.
El
próximo 21 de marzo, Alan "Trapo" Lugones volverá a pelear. Se
prepara con lo que tiene, pero las carencias son materiales y urgentes.
Necesita indumentaria básica —guantes, vendas, ropa deportiva—, suplementos
como proteínas y creatina para soportar el desgaste físico de alto rendimiento,
y algo tan elemental como una bicicleta para poder ir a entrenar sin gastar en
transporte. Pero su pedido más fuerte es la dignidad del trabajo: busca un
empleo fijo por la mañana que le permita sostener a su familia y liberar sus
tardes para dedicarse al deporte que le salvó la vida.
Alan Lugones es la prueba viviente de que el hambre de gloria puede más que el hambre física, pero también es un recordatorio de que el talento y el coraje necesitan oportunidades reales para no quedar a mitad de camino.
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