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26/06/26

135 años después, todavía hay radicales que no se doblan

Hace 135 años, el 26 de junio de 1891, un grupo de dirigentes encabezado por Leandro Alem rompió con el acuerdismo de Bartolomé Mitre y fundó la Unión Cívica Radical. La frase que Alem dejó como legado —"soy radical en contra del acuerdo, soy radical intransigente"— no fue un eslogan de campaña. Fue una ruptura con costos reales: dos revoluciones fracasadas, un partido casi disuelto para 1897, y la propia muerte de Alem en 1896, incapaz de tolerar que sus correligionarios negociaran lo que él consideraba innegociable.



De esa intransigencia salió todo lo demás. Las insurrecciones radicales de 1893 y 1905 no ganaron elecciones, pero corroyeron la legitimidad del régimen oligárquico hasta forzar la Ley Sáenz Peña de 1912: voto secreto, universal y obligatorio. Cuatro años después, en 1916, Hipólito Yrigoyen se convirtió en el primer presidente elegido bajo ese sistema. No fue un regalo. Fue la consecuencia de 25 años de no doblarse.

En 1918, bajo su gobierno, la Reforma Universitaria de Córdoba estableció la autonomía universitaria y el cogobierno tripartito, un modelo que después se replicó en buena parte de América Latina. Esa reforma, junto con la apertura de la universidad a sectores medios que antes no tenían acceso real a ella, es la base de lo que hoy defendemos cuando hablamos de educación pública, gratuita y de calidad: no es una bandera abstracta, nació con nombre y apellido en el radicalismo.

Illia, más adelante, dejó una marca distinta: la de un presidente que gobernó con una austeridad casi incómoda para sus propios funcionarios, en un país que ya empezaba a acostumbrarse a otra cosa. Y después de la dictadura más sangrienta de nuestra historia, llegó Alfonsín, que restituyó la libertad de prensa y de expresión que el terrorismo de Estado había arrasado.

No hace falta inflar su figura: alcanza con los hechos. En 1985 llevó a juicio a las cúpulas militares responsables de la desaparición de 30.000 personas, algo que ningún otro país de la región hizo en ese momento con esa rapidez. En 1989, en medio de una hiperinflación que devoraba el salario de cualquier trabajador, entregó el gobierno seis meses antes de lo que la Constitución le exigía, para garantizar que la transición democrática no se rompiera. Esa decisión, tomada bajo presión y sin garantías, es la prueba más concreta de lo que significa "democracia para siempre": no es una frase de cierre de acto, es priorizar la continuidad institucional por encima del propio mandato.

Dicho esto, vuelvo al problema de hoy. Tenemos en el Congreso a dirigentes que llegaron con la boleta radical, que juraron defender ese centenario sello, y que hoy se pliegan al color violeta o amarillo, a cambio de un cargo, una comisión o una promesa de gobernabilidad. No hablo de matices ideológicos legítimos: el radicalismo siempre tuvo internas, desde personalistas y antipersonalistas hasta intransigentes y "radicales del pueblo". Hablo de algo más simple y grave: gente que ocupa una banca que no le pertenece a ella, sino a las ideas por las que fue votada, y que la vacía de contenido apenas el poder de turno les ofrece algo a cambio.

Alem decía que el radicalismo era "la causa de los desposeídos". Eso no es una frase de archivo: es un estándar de medición. Cada vez que un legislador radical vota en contra de la educación pública, del comerciante chico, del profesional que no tiene lobby, del trabajador que no tiene quién lo defienda, está incumpliendo ese estándar. No hay forma elegante de decirlo.

Pero el radicalismo no se agota en los que se acomodan. A 135 años de aquella ruptura, todavía hay hombres y mujeres en los comités, en las convenciones provinciales, en los municipios, en sus hogares, que no cambiaron de color por una banca o beneficio personal. Esa es la reserva moral del partido más antiguo —y en su momento, el más moderno— de América Latina.

Alfonsín repetía el axioma que Alem dejó como legado, y que hoy hay que volver a gritar sin vergüenza: que se rompa, y no se doble.


Román Reynoso, Convencional Provincial UCR Buenos Aires 

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