–Señor, se le cayó esta pluma.
El Profesor Pedro Vega se paró en seco,
se giró y vio a un nene de unos ocho años, de piel aceitunada, que, con cara de
inocencia, le tendía la pluma con la mano derecha.
–Eso
no es mío, nene –dijo Vega mirando la pluma que le ofrecían, una pluma bastante
grande, casi del tamaño de su mano, bastante ancha y de dos colores, blanco
grisáceo y negro azulado.
–Pero
se le cayó a usted – dijo el nene mientras se sorbía los mocos de manera sonora
y bastante tosca.
–Habrá
sido una pluma que estaba en el piso. Yo no tengo nada que ver, pibe. Nos
vemos.
En la iglesia, se escuchaba el sermón
del Padre Lobos, que hablaba sobre “amar al enemigo”. Curioso sermón, viniendo
de alguien que no actuaba como predicaba. Para Pedro Vega, amar al enemigo era
zanjar una ofensa a la luz de la Justicia Divina. Que la Verdad saliera a la
luz, doliera a quien le doliese. Las Máscaras de unos cuantos iban a caer
apenas entrara a la Iglesia. La Comunidad del Colegio Maira Línas debía saber
la Verdad detrás de tanta hipocresía. Vega había pagado el precio del silencio
y la opresión con un despido sin justificación y sin una mísera indemnización
después de tantos años de trabajo y vocación. Y faltándole tan poco para la
jubilación, la afrenta era mucho peor.
–¿Entonces
no se va a llevar su pluma, señor? – preguntó el nene tras un grito de
llamada.
El Profesor Vega volvió a interrumpir
su marcha. A cincuenta metros de la entrada de la iglesia. Se dio vuelta y
volvió a mirar al nene, que seguí sosteniendo la pluma como para dársela.
–Ya
te dije que voy a la iglesia.
El
nene franqueó la distancia que los separaba y quedó frente al Profesor.
–Su
pluma.
–Es
tuya. Yo no la quiero, pibe. Tengo una cosa muy importante que hacer – dijo
señalando la iglesia.
–¿Va
a ir a rezar? El Padre Lobos es la mejor persona que conocí. Es muy bueno con
todos nosotros. Nadie es bueno con nosotros. Con él podemos jugar a la pelota y
nos da muchos regalos y nos invita a comer. Los curas anteriores no eran tan
copados como él.
El
Profesor Vega gruñó.
–El
Padre Lobos no es lo que parece.
–Ah,
¿no? ¿Y por qué?
El
Profesor Vega se quedó en silencio.
–No
es algo que te incumba, pibe. Nos vemos.
–¿No
se va a llevar su pluma?
–¿Y
para qué quiero yo una pluma?
–No
sé. Una pluma sirve para volar, ¿no?
–No
somos pájaros, nene.
El
Profesor Vega vio que el nene bajó la cabeza y empezó a sollozar. Su respuesta
había sido muy brusca. Se sintió mal por hacer llorar al nene.
En
la misa, el Padre Lobos estaba bendiciendo el pan y el vino.
–Bueno,
me llevo la pluma así no sigo perdiendo más tiempo.
El
Profesor Lobos tomó la pluma de manos del nene.
–Nos
vemos, nene. Gracias por la pluma.
–Señor
–volvió a interrumpir el nene.
Vega
se paró a cuarenta metros.
–¿Qué
pasa ahora, nene?
–¿Qué
le hizo el Padre Lobos para que usted esté tan enojado con él?
El
Profesor Vega gruñó.
–Si
el Padre Lobos es tan bueno, ¿usted no será un señor malo?
Pedro
achinó los ojos con bronca. Volvió a gruñir.
–El
Padre Lobos no fue bueno conmigo, por eso estoy enojado con él.
–¿Y
usted qué hizo de malo?
–Nada.
–No
creo que por no hacer nada el Padre Lobos se haya enojado con usted.
–Las
cosas no son tan fáciles, nene. Vos no sabés nada.
–Yo
sé que el Padre Lobos es bueno, y que las plumas sirven para volar. Y que usted
está enojado, pero no me quiere decir por qué. ¿Es usted malo, señor?
El
Profesor Vega miró la pluma. Miró la cara de inocencia del niño.
El
Profesor Vega gruño nuevamente, pero no contestó nada. El nene tenía razón. El
Padre Lobos hacía mucho por el barrio. Aunque él hubiera visto su Verdadero Rostro,
no podía no reconocer todas las cosas buenas que había logrado y cómo la Comunidad
de Maira Línas lo apreciaba con justa razón.
–Capaz
que tengas razón, nene, y yo sí sea el malo de esta historia. Si hago lo
que quiero hacer, entonces sí sería El Villano.
Pedro
miró la pluma. La hacía rodar entre los dedos, mientras recordaba todo lo malo
que sabía y que había vivido. Era una injusticia. Era víctima de una
Conspiración. Pero la Honestidad, el principio fundamental que regía la vida
del Profesor Pedro Vega, le impedía ahora pensar en darle tanta relevancia a su
propio Orgullo, ya que lo mejor que podría hacer era dejar de lado su soberbia
intelectual, vapuleada por el Verdadero Padre Lobos, y apelar a un bien mayor,
que era el Bien de la Comunidad. Paseó las plumas desde los dedos de la mano
izquierda, a la derecha, sin dejar de mirarla.
–¿Sabés
que tenés razón, pibe? –exclamó el Profesor Vega sin dejar de mirar la pluma
rondando por sus dedos diestros. – Como vos dijiste, una pluma sirve para
volar… pero también sirve para escribir.
Pedro
bajó la mirada para ver a su pequeño interlocutor, que hacía rato que estaba
muy callado.
El
nene estaba con una sonrisa iluminada.
–¡Gracias,
Profe! –y le extendió la mano–. Usted no es ningún Villano. Es alguien que hace
lo que está bien.
Pedro
Vega no pudo más que devolverle el gesto: estrechar su manito y sonreír con
toda la luz que pudiera tener.
Después,
el nene mocoso se fue corriendo para el lado de la plaza. Pedro Vega lo vio
irse hasta que se perdió en una esquina.
Pedro
sonrió y se guardó la pluma en el bolsillo de la camisa.
Miró
la plaza vacía. Miró la entrada de la iglesia, a sólo cuarenta metros de él. Pedro
sabía que ya no formaba parte de esa Comunidad.
Un
Ciclo había terminado.
Toda
una vida dedicada a la docencia en el Colegio Maira Línas, tantos recuerdos, tantas
anécdotas, tantas vivencias, tantas experiencias, tanto aprendizaje. Todo ello
se los iba a guardar en su corazón. Nada ni nadie iba a poder arrebatárselo
jamás.
Podrían
haberle quitado su trabajo, pero nunca su Historia.
Era
hora de volar.
Sonrió,
mirando por última vez su Segundo Hogar, con una sonrisa triste y melancólica,
una sonrisa de despedida, y se giró para volver a su casa.
Pedro
Vega siguió su Camino hacia un incierto futuro, pero, esta vez, con una sonrisa
de confianza y con la frente en alto.
Con
la frente siempre en alto…
VARTAN
GÓMEZ
Lunes 27 de Julio de 2026
