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05/08/26

EL PERDEDOR (UNA FABULARIA DEL UNIVERSO 14)

 



A Ulises

 

Roberto Tiburcio Temperley era un nerd de dieciséis años, de estatura mediana, pelo castaño, cabezón, flaquito, y tan miope que usaba anteojos “culo de botella” desde los ocho añitos.  Su madre, que lo amaba con todo su corazón, lo llamaba Tito.

Tito iba al Instituto Paulette Papillion, una de las más famosas instituciones educativas de Ciudad Estévez, donde sufría el acoso de uno de sus compañeros: Munro Montenegro.  

Munro era un muchacho fornido, rubio, de ojos celestes, blanca dentadura y un as de las artes marciales y en cualquier tipo de deporte. Además, para ir en contra de ciertos estereotipos cinematográficos, era un excelente alumno y sus notas no bajaban del 9, por lo que estaba lejos de ser un bruto descerebrado.  Tenía diecisiete años y era el único hijo de una acaudalada y respetada familia de Ciudad Estévez.  Sus padres siempre estuvieron orgullosos de su muchacho ya que éste había sido el mejor de su clase y el mejor atleta del colegio durante toda la época primaria y secundaria.

Así también estaba la típica chica linda, PAMELA BLANCO, una morocha, ojos de color café, pelo lacio, rasgos perfectos al igual que su cuerpo de modelo de pasarela.    

Tito sufría constantemente de los abusos y burlas de Munro y siempre los había soportado estoicamente, hasta que un día Tito vio a Munro y Pamela charlando muy animadamente y esto lo enfureció mucho, ya que hacía tiempo que él estaba enamorado de la chica, pero nunca se lo había dicho y ella ni siquiera lo registraba.  Entonces, al verlos tan juntos, Tito se dirigió hacia donde estaban ambos charlando, le dio un fuerte empujón a Munro y lo retó a pelear.  Munro –cinturón rojo punta negra en taekwondo y tres veces campeón en los torneos de Ciudad Estévez y alrededores– sonrió socarronamente y echó a Tito, pero este no se fue e insistió en desafiarlo.

–Che, lacra –le dijo Munro despectivamente–, ¿sabés cuánta sopa te falta para hacerte el Bruce Lee conmigo?

        –¡Dale, tarado! –le gritó furioso Tito–.  Dentro de un mes, te espero en El Coliseo del Parque de los Peces, a las seis de la tarde. No te va a reconocer ni tu vieja de lo desfigurada que te va a quedar la cara.

        –Vos no me llegás ni a la planta de los pies, bobito, así que dejá de molestar y seguí leyendo tus revistitas de tontitos, ¿querés? –le dijo el galán con sorna.

        Todos los que estaban alrededor de ellos comenzaron a reírse a carcajadas.

–¡Las historietas son SAGRADAS, tarado! –vociferó Tito al escuchar el insulto hacia una de las cosas que más placer le daban en la vida.

Entonces, sucedió lo IMPENSABLE.

Tito, en un inesperado arranque de furia salvaje, le propinó un fuerte golpe en la nariz a un desprevenido Munro.

Todos alrededor hicieron silencio. Pareció como si el tiempo se hubiese detenido.

Montenegro se llevó las manos al rostro y, cuando vio que la sangre chorreaba por su ropa, se enfureció y en dos pasos salvó la distancia que había entre él y su inesperado agresor.  Munro le propinó un fuerte puñetazo en el estómago y cuando Tito se arqueó hacia delante tras llevarse ambas manos a la panza, el muchachote lo desmayó con una patada giratoria en la mejilla derecha.

Cuando Tito despertó, había un mensaje escrito en la tierra, con su propia sangre: “Acepto”.

Tito, dolorido, se preocupó: no sabía absolutamente nada de artes marciales y la pelea sería dentro de un mes.  La bronca lo había cegado en sus actos temerarios.  

Al otro día, Tito buscó por toda la ciudad una buena academia de artes marciales. Pero ninguna le parecía la apropiada.

Entonces, se enteró de que el mejor maestro de artes marciales estaba en la ciudad de Villa Piedrita, un pueblito a no muchos kilómetros de Ciudad Estévez.  

 Tito se dirigió hasta Villa Piedrita y buscó el dojo del Sensei Mitsumoto Takaro.

 El Sensei Mitsumoto Takaro cobraba una cuota bastante elevada por sus enseñanzas, pero no recibía a cualquiera.  El dinero no era problema para Tito, ya que ganaba bastante cortando el césped de los vecinos del barrio y además cobraba por hacer trabajos prácticos para todos aquellos que se lo pidieran en la escuela.  Por otro lado, su madre le daba los gustos a su único y amado hijo, ya que su padre había muerto hacía muchos años atrás, cuando Tito tenía sólo tres años, y Tito le recordaba mucho a ella ese gran amor de su vida. Conmovido por su osadía, el Sensei Mitsumoto Takaro aceptó darle una instrucción intensiva en el estilo de su escuela de artes marciales: el Vartan Do.  Tito gastó así todos los ahorros que tenía.

El Sensei Mitsumoto Takaro entrenó físicamente a Tito en la primera semana.  Utilizó toda la segunda para motivarlo mentalmente a reconocer su contacto con el chî, la Fuerza del Universo.  Le habló del Ojo de la Mente y del Sexto Sentido del Guerrero.  Ayudó a despertar estas fuerzas internas en Tito.  Luego le enseñó las técnicas orientales que el Sensei Mitsumoto Takaro había aprendido de los Grandes Maestro de China, Corea, Tailandia y Japón: el Estilo del Tigre, el Estilo de la Grulla, el Estilo del Leopardo, el Estilo de la Pantera, el Estilo de la Serpiente, el Estilo del Mono y la demoledora y secreta Palma de la Mariposa.  También le enseñó a ser ligero como el viento, ardiente como el fuego, cambiante como el agua, veloz como el rayo, duro como la piedra, firme como la tierra e infinito como la arena.  Esto último se refería a la apertura mental que debía tener un buen Guerrero para improvisar técnicas de combate adecuadas para cada situación que se gestara durante una lucha.

Finalmente, el día de la pelea llegó. 

Tito y el Sensei Mitsumoto Takaro se dirigieron al Coliseo, un amplio teatro circular de gradas de piedra que había en el centro del Parque Central.  Era viernes.  Todo el mundo había concurrido: tanto del Instituto Paulette Papillion como de otras, y los amigos de los amigos de los amigos de los alumnos del instituto.  Este duelo se había vuelto un acontecimiento público.  El Coliseo estaba repleto.

El Sensei Mitsumoto Takaro vio que Tito temblaba nervioso.

–Un Guerrero no muestra su miedo –le dijo severamente–. Hace del miedo su fuerza–. Entonces sacó una bandana con caracteres japoneses y el dibujo de un Tigre Blanco aplastando la cabeza de un dragón serpiente.

–¿Qué es eso, Maestro? –preguntó Tito intrigado.

–Este es el símbolo de mi familia, el Clan Takaro.  Sólo los Dignos pueden usarlo.  Ahora te lo entrego a ti, mi Verdadero Alumno, para que seas el Nuevo Tigre Blanco del Vartan Do.

Tito aceptó ceremoniosamente la bandana con ambas manos y lágrimas en los ojos.  Le hubiera gustado abrazar a su maestro y darle las gracias, pero sabía que esas sensiblerías no eran del agrado del Sensei Mitsumoto Takaro.  Sólo se limitó a atarse la bandana en la cabeza e inclinarse ente su Maestro con las manos juntas.

Tito ya no tenía más miedo.

El momento llegó y Tito se dirigió hacia la plataforma del combate, que era el escenario del Coliseo.  La gente lo abucheaba y había banderas y pancartas de apoyo a Munro.

“Ya van a cambiar todos de opinión”, pensaba Tito seguro de sí mismo. “Sólo denme unos minutos y voy a cerrar muchas bocas.”

Vio a su madre en la primera grada, la única que lo apoyaba y le daba su aliento.  Ni siquiera los idiotas a los que les hacía sus tareas lo apoyaban.

Vio a Munro y a... ¡PAME!  Ella estaba hermosa como siempre y él ni siquiera se había dignado a ponerse su dobok(1).

Tito pensó que por fin podría demostrarle lo que valía a PAME: vencería al energúmeno de Munro, le demostraría lo pelele que era su actual novio y luego le diría que la amaba, ella se tiraría a sus brazos y respondería que también lo amaba, se besarían apasionadamente frente a todos y así, sellarían su amor sería eterno.    

Subió a la plataforma.

Munro lo esperaba de brazos cruzados, ostentando su nuevo cinturón negro.

Tito no le tenía miedo porque sabía que lo vencería.

Se miraron a los ojos.

Tito hizo una reverencia. Hasta a los enemigos se le debía respeto.

Munro le sonrió.

Munro no le devolvió el gesto.    

Sonó el gong. 

Sólo le tomó 17 segundos y tres golpes para vencerlo. 

Un cachetazo, un golpe al estómago y una patada giratoria directo a la cabeza.

Le había hecho morder el polvo: lo había vencido de la manera más humillante posible, lo había aplastado sin derramar ni una sola gota de sudor siquiera. Toda la gente lo ovacionó.  Bailó alrededor del cuerpo tumbado de su rival mientras reía y se burlaba, mientras lo pateaba y lo escupía.

Todos vitorearon el triunfo de Munro.   

Mientras Tito, dolorido y maltrecho, seguía en el suelo, el Sensei Mitsumoto Takaro se acercó.

–No importa, Tigre Blanco.  Tu derrota no es el fin del mundo.  Hasta el guerrero más experto ha caído derrotado alguna vez. Has peleado con honor y valentía.  Te acepto como mi discípulo para que aprendas las técnicas supremas del Vartan Do.  Algún día, tendrás tu revancha y vencerás.  Eres mi orgullo y la esperanza de Mi Escuela...

Tito imaginó esas palabras de aliento de parte de su Maestro.

El Sensei Mitsumoto Takaro, con una cara de decepción y furia que Tito no había visto en todo el tiempo que habían entrenado juntos, le arrancó la bandana de la cabeza.  Lo escupió en la cara.

–¡Bakka!(2) –le gritó.  Se dio vuelta y se alejó rápidamente, sin siquiera ayudarlo a levantarse.

Tito miró a la tribuna y vio que su madre se retiraba avergonzada bajo la burla de todos los presentes. Incluso creyó que estaba llorando.  

Miró a la tribuna buscando a PAMELA.  Pensó que PAMELA aparecería, que PAMELA valoraría su esfuerzo, que PAMELA lo amaría a pesar de todo, que PAMELA... PAMELA... PAMELA estaba besando apasionadamente a Munro.    

Tito se incorporó con dificultad, se calzó sus anteojos, y se fue caminando lentamente, rengueando, mientras por fin se daba cuenta de que era un PERDEDOR y que eso no lo podría cambiar por nada de este mundo.   

 

(1) El dobok es el uniforme tradicional utilizado para las prácticas de artes marciales coreanas como el Taekwondo. Igual el Sensei Mitsumoto Takaro es japonés, debería haberle dado un “karategi” o “keikogi”, que es el uniforme no oficial del Vartan Do. Seguro Tito se compró un uniforme inadecuado. Tito es medio pavote.

(2) “Tonto”, “Idiota”, “Estúpido”, en japonés.

 

VARTAN GÓMEZ

Martes 4 de Agosto de 2026

 

Nota del autor: La idea original de esta historia es de mi amigo Ulises Olivera. Eran nuestras épocas de juventud noventera. Las películas y series hollywoodenses de adolescentes marcaban los estereotipos que usábamos en nuestras historias. Y éramos bastante como Tito, dicho sea de paso. Tito Temperley volverá… ¡próximamente!

Imagen: Vartan Gómez. 

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