A
Ulises
Roberto
Tiburcio Temperley era un nerd de dieciséis años, de estatura
mediana, pelo castaño, cabezón, flaquito, y tan miope que usaba anteojos “culo
de botella” desde los ocho añitos. Su madre,
que lo amaba con todo su corazón, lo llamaba Tito.
Tito
iba al Instituto Paulette Papillion, una de las más famosas instituciones
educativas de Ciudad Estévez, donde sufría el acoso de uno de sus compañeros: Munro
Montenegro.
Munro
era un muchacho fornido, rubio, de ojos celestes, blanca dentadura y un as de
las artes marciales y en cualquier tipo de deporte. Además, para ir en contra
de ciertos estereotipos cinematográficos, era un excelente alumno y sus notas
no bajaban del 9, por lo que estaba lejos de ser un bruto descerebrado. Tenía diecisiete años y era el único hijo de
una acaudalada y respetada familia de Ciudad Estévez. Sus padres siempre estuvieron orgullosos de
su muchacho ya que éste había sido el mejor de su clase y el mejor atleta del
colegio durante toda la época primaria y secundaria.
Así
también estaba la típica chica linda, PAMELA BLANCO, una morocha, ojos de color
café, pelo lacio, rasgos perfectos al igual que su cuerpo de modelo de pasarela.
Tito
sufría constantemente de los abusos y burlas de Munro y siempre los
había soportado estoicamente, hasta que un día Tito vio a Munro y Pamela
charlando muy animadamente y esto lo enfureció mucho, ya que hacía tiempo que él
estaba enamorado de la chica, pero nunca se lo había dicho y ella ni siquiera
lo registraba. Entonces, al verlos tan
juntos, Tito se dirigió hacia donde estaban ambos charlando, le dio un fuerte
empujón a Munro y lo retó a pelear.
Munro –cinturón rojo punta negra en taekwondo y tres veces
campeón en los torneos de Ciudad Estévez y alrededores– sonrió socarronamente y
echó a Tito, pero este no se fue e insistió en desafiarlo.
–Che, lacra
–le dijo Munro despectivamente–, ¿sabés cuánta sopa te falta para
hacerte el Bruce Lee conmigo?
–¡Dale, tarado! –le gritó furioso Tito–. Dentro de un mes, te espero en El Coliseo del
Parque de los Peces, a las seis de la tarde. No te va a reconocer ni tu
vieja de lo desfigurada que te va a quedar la cara.
–Vos no me llegás ni a la planta de los pies, bobito, así que
dejá de molestar y seguí leyendo tus revistitas de tontitos, ¿querés? –le dijo
el galán con sorna.
Todos los que estaban alrededor de ellos comenzaron a reírse
a carcajadas.
–¡Las
historietas son SAGRADAS, tarado! –vociferó Tito al escuchar el insulto hacia una
de las cosas que más placer le daban en la vida.
Entonces,
sucedió lo IMPENSABLE.
Tito,
en un inesperado arranque de furia salvaje, le propinó un fuerte golpe en la
nariz a un desprevenido Munro.
Todos
alrededor hicieron silencio. Pareció como si el tiempo se hubiese detenido.
Montenegro se
llevó las manos al rostro y, cuando vio que la sangre chorreaba por su ropa, se
enfureció y en dos pasos salvó la distancia que había entre él y su inesperado agresor. Munro le propinó un fuerte puñetazo en
el estómago y cuando Tito se arqueó hacia delante tras llevarse ambas manos a
la panza, el muchachote lo desmayó con una patada giratoria en la mejilla
derecha.
Cuando
Tito despertó, había un mensaje escrito en la tierra, con su propia sangre:
“Acepto”.
Tito,
dolorido, se preocupó: no sabía absolutamente nada de artes marciales y la
pelea sería dentro de un mes. La bronca
lo había cegado en sus actos temerarios.
Al
otro día, Tito buscó por toda la ciudad una buena academia de artes marciales.
Pero ninguna le parecía la apropiada.
Entonces,
se enteró de que el mejor maestro de artes marciales estaba en la ciudad de Villa
Piedrita, un pueblito a no muchos kilómetros de Ciudad Estévez.
Tito se dirigió hasta Villa Piedrita y buscó el
dojo del Sensei Mitsumoto Takaro.
El Sensei Mitsumoto Takaro cobraba una cuota
bastante elevada por sus enseñanzas, pero no recibía a cualquiera. El dinero no era problema para Tito, ya que
ganaba bastante cortando el césped de los vecinos del barrio y además cobraba
por hacer trabajos prácticos para todos aquellos que se lo pidieran en la
escuela. Por otro lado, su madre le daba
los gustos a su único y amado hijo, ya que su padre había muerto hacía muchos
años atrás, cuando Tito tenía sólo tres años, y Tito le recordaba mucho a ella ese
gran amor de su vida. Conmovido por su osadía, el Sensei Mitsumoto Takaro
aceptó darle una instrucción intensiva en el estilo de su escuela de artes
marciales: el Vartan Do. Tito
gastó así todos los ahorros que tenía.
El
Sensei Mitsumoto Takaro entrenó físicamente a Tito en la primera semana. Utilizó toda la segunda para motivarlo
mentalmente a reconocer su contacto con el chî, la Fuerza del
Universo. Le habló del Ojo de la
Mente y del Sexto Sentido del Guerrero. Ayudó a despertar estas fuerzas internas en
Tito. Luego le enseñó las técnicas
orientales que el Sensei Mitsumoto Takaro había aprendido de los Grandes
Maestro de China, Corea, Tailandia y Japón: el Estilo del Tigre, el Estilo
de la Grulla, el Estilo del Leopardo, el Estilo de la Pantera,
el Estilo de la Serpiente, el Estilo del Mono y la demoledora y
secreta Palma de la Mariposa.
También le enseñó a ser ligero como el viento, ardiente como el
fuego, cambiante como el agua, veloz como el rayo, duro como la piedra, firme
como la tierra e infinito como la arena.
Esto último se refería a la apertura mental que debía tener un buen
Guerrero para improvisar técnicas de combate adecuadas para cada situación que
se gestara durante una lucha.
Finalmente,
el día de la pelea llegó.
Tito
y el Sensei Mitsumoto Takaro se dirigieron al Coliseo, un amplio teatro
circular de gradas de piedra que había en el centro del Parque Central. Era viernes.
Todo el mundo había concurrido: tanto del Instituto Paulette Papillion
como de otras, y los amigos de los amigos de los amigos de los alumnos del
instituto. Este duelo se había vuelto un
acontecimiento público. El Coliseo
estaba repleto.
El
Sensei Mitsumoto Takaro vio que Tito temblaba nervioso.
–Un
Guerrero no muestra su miedo –le dijo severamente–. Hace del miedo su fuerza–. Entonces
sacó una bandana con caracteres japoneses y el dibujo de un Tigre Blanco
aplastando la cabeza de un dragón serpiente.
–¿Qué
es eso, Maestro? –preguntó Tito intrigado.
–Este
es el símbolo de mi familia, el Clan Takaro. Sólo los Dignos pueden usarlo. Ahora te lo entrego a ti, mi Verdadero Alumno,
para que seas el Nuevo Tigre Blanco del Vartan Do.
Tito
aceptó ceremoniosamente la bandana con ambas manos y lágrimas en los ojos. Le hubiera gustado abrazar a su maestro y
darle las gracias, pero sabía que esas sensiblerías no eran del agrado del
Sensei Mitsumoto Takaro. Sólo se limitó
a atarse la bandana en la cabeza e inclinarse ente su Maestro con las manos
juntas.
Tito
ya no tenía más miedo.
El
momento llegó y Tito se dirigió hacia la plataforma del combate, que era el
escenario del Coliseo. La gente lo
abucheaba y había banderas y pancartas de apoyo a Munro.
“Ya
van a cambiar todos de opinión”, pensaba Tito seguro de sí mismo. “Sólo denme
unos minutos y voy a cerrar muchas bocas.”
Vio
a su madre en la primera grada, la única que lo apoyaba y le daba su
aliento. Ni siquiera los idiotas a los
que les hacía sus tareas lo apoyaban.
Vio
a Munro y a... ¡PAME! Ella estaba
hermosa como siempre y él ni siquiera se había dignado a ponerse su dobok(1).
Tito
pensó que por fin podría demostrarle lo que valía a PAME: vencería al
energúmeno de Munro, le demostraría lo pelele que era su actual novio y
luego le diría que la amaba, ella se tiraría a sus brazos y respondería que
también lo amaba, se besarían apasionadamente frente a todos y así, sellarían su
amor sería eterno.
Subió
a la plataforma.
Munro lo
esperaba de brazos cruzados, ostentando su nuevo cinturón negro.
Tito
no le tenía miedo porque sabía que lo vencería.
Se
miraron a los ojos.
Tito hizo
una reverencia. Hasta a los enemigos se le debía respeto.
Munro le
sonrió.
Munro no
le devolvió el gesto.
Sonó
el gong.
Sólo
le tomó 17 segundos y tres golpes para vencerlo.
Un
cachetazo, un golpe al estómago y una patada giratoria directo a la cabeza.
Le había
hecho morder el polvo: lo había vencido de la manera más humillante posible, lo
había aplastado sin derramar ni una sola gota de sudor siquiera. Toda la gente
lo ovacionó. Bailó alrededor del cuerpo
tumbado de su rival mientras reía y se burlaba, mientras lo pateaba y lo escupía.
Todos
vitorearon el triunfo de Munro.
Mientras
Tito, dolorido y maltrecho, seguía en el suelo, el Sensei Mitsumoto Takaro se
acercó.
–No
importa, Tigre Blanco. Tu derrota no es
el fin del mundo. Hasta el guerrero más
experto ha caído derrotado alguna vez. Has peleado con honor y valentía. Te acepto como mi discípulo para que aprendas
las técnicas supremas del Vartan Do.
Algún día, tendrás tu revancha y vencerás. Eres mi orgullo y la esperanza de Mi
Escuela...
Tito
imaginó esas palabras de aliento de parte de su Maestro.
El Sensei Mitsumoto
Takaro, con una cara de decepción y furia que Tito no había visto en todo el
tiempo que habían entrenado juntos, le arrancó la bandana de la cabeza. Lo escupió en la cara.
–¡Bakka!(2)
–le gritó. Se dio vuelta y se alejó
rápidamente, sin siquiera ayudarlo a levantarse.
Tito miró a
la tribuna y vio que su madre se retiraba avergonzada bajo la burla de todos
los presentes. Incluso creyó que estaba llorando.
Miró a la
tribuna buscando a PAMELA. Pensó que PAMELA
aparecería, que PAMELA valoraría su esfuerzo, que PAMELA lo amaría a pesar de
todo, que PAMELA... PAMELA... PAMELA estaba besando apasionadamente a Munro.
Tito
se incorporó con dificultad, se calzó sus anteojos, y se fue caminando
lentamente, rengueando, mientras por fin se daba cuenta de que era un PERDEDOR
y que eso no lo podría cambiar por nada de este mundo.
(1) El dobok es el uniforme
tradicional utilizado para las prácticas de artes marciales coreanas como el
Taekwondo. Igual el Sensei Mitsumoto Takaro es japonés, debería haberle dado un
“karategi” o “keikogi”, que es el uniforme no oficial del Vartan Do. Seguro
Tito se compró un uniforme inadecuado. Tito es medio pavote.
(2) “Tonto”, “Idiota”, “Estúpido”, en
japonés.
VARTAN GÓMEZ
Martes 4 de Agosto de
2026
Nota del autor:
La idea original de esta historia es de mi amigo Ulises Olivera. Eran nuestras
épocas de juventud noventera. Las películas y series hollywoodenses de
adolescentes marcaban los estereotipos que usábamos en nuestras historias. Y
éramos bastante como Tito, dicho sea de paso. Tito Temperley volverá… ¡próximamente!
Imagen: Vartan Gómez.
