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05/08/26

Volver a Ítaca: por qué la Odisea de Nolan nos invita a leer a Homero otra vez.

Leí La Odisea durante mi cursado de la carrera de Letras. Recuerdo aquellas clases en las que Homero era mucho más que un autor antiguo: era el comienzo de una conversación que todavía no termina.



En ese momento la leí porque formaba parte del programa. Con los años entendí que los grandes clásicos nunca se terminan de leer. Permanecen en silencio hasta que la vida nos coloca frente a ellos una vez más.

Hace unos días sentí el impulso de volver a La Odisea. El primer paso fue sencillo y, al mismo tiempo, profundamente simbólico: busqué el ejemplar que conservo desde mis años de estudiante, resguardado entre los libros de mi biblioteca. Al abrirlo encontré, además de los versos de Homero, las marcas de otra lectora: subrayados, anotaciones al margen y preguntas escritas por aquella joven que transitaba la carrera de Letras.

Durante unos días regresé a ese libro físico, con la certeza de que releer también es una forma de conversar con quienes fuimos.

El fin de semana la experiencia continuó en una sala de cine. Fui a ver la adaptación de Christopher Nolan con la curiosidad de quien desea descubrir cómo un relato que ha atravesado casi tres milenios encuentra un nuevo lenguaje en la pantalla. 

No sentí que estuviera abandonando el libro para entregarme a la película; más bien percibí que ambas obras dialogaban entre sí. Primero la voz de Homero, silenciosa entre las páginas. 

Después, la mirada de Nolan, proponiendo otra forma de recorrer el mismo viaje.

Desde hace tiempo el cine dejó de ser un simple ilustrador de la literatura. Las grandes adaptaciones no existen para reproducir un texto palabra por palabra, sino para interpretarlo. Nolan comprende esa diferencia y asume el riesgo de leer a Homero desde el siglo XXI. 

En lugar de buscar una fidelidad arqueológica, apuesta por una fidelidad más compleja: la de las preguntas esenciales que atraviesan la obra.

Leí también algunas entrevistas sobre las decisiones creativas que dieron forma a esta adaptación y me resultó especialmente interesante el tratamiento de personajes que se apartan de las representaciones cinematográficas tradicionales. Esa mirada renovada, lejos de ser una provocación gratuita, demuestra que un clásico permanece vivo precisamente porque admite nuevas interpretaciones.

Nolan no intenta reemplazar las lecturas anteriores; las pone en diálogo con nuestra época y les devuelve espesor humano. 

Allí radica, quizá, una de las mayores virtudes de la película: comprender que la tradición no consiste en repetir imágenes conocidas, sino en atreverse a formular nuevas preguntas sobre ellas.

Mientras avanzaba en la lectura volví a descubrir que Odiseo nunca fue solamente un héroe enfrentando monstruos, dioses o tempestades. Siempre fue un hombre intentando regresar a sí mismo. 

Tal vez por eso seguimos acompañándolo. 

Todos conocemos la experiencia de emprender un viaje convencidos de que buscamos un lugar y descubrir, al final, que aquello que realmente estaba cambiando era nuestra propia mirada.

También celebré algo que durante años pareció motivo de discusión: la convivencia entre el libro impreso y el formato digital. Después de reencontrarme con mi viejo ejemplar, continué explorando distintas ediciones digitales.

La experiencia confirmó que el soporte nunca reemplaza a la literatura. Al contrario, amplía sus posibilidades de encuentro con nuevos lectores. Si un clásico logra atravesar el papiro, el pergamino, el papel, la pantalla y ahora el cine, es porque su verdadera materia no depende del formato, sino de la fuerza de su relato.

En tiempos donde abundan las novedades efímeras, resulta reconfortante comprobar que una historia escrita hace casi tres mil años continúa despertando conversaciones. 

Más valioso aún es que una película consiga algo que parece sencillo, pero que no ocurre con frecuencia: provocar el deseo de volver al libro. Salí del cine con la sensación de que Nolan no había clausurado el viaje de Odiseo, sino que lo había prolongado.

Quizá ese sea el mayor mérito de esta adaptación. No competir con Homero, sino tender un puente hacia él. Porque cada lector que abre nuevamente La Odisea después de ver la película descubre que Ítaca nunca fue un lugar fijo en el mapa.

Es esa región íntima a la que regresamos cada vez que una gran historia nos recuerda quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes todavía podemos llegar a ser.

 

 

Por Sandra Lambertucci 

Escritora y Docente 

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