–Aun no soy digno de ti, Oh, ¡Gran Reina Dorada! –sentenció,
compungido, el Peregrino Pálido.
–Vete entonces, Peregrino Pálido, y
vuelve cuando creas estar listo –le dijo ella con una sonrisa
aprobatoria.
Y emprendió entonces un viaje por el
mundo para adquirir la dignidad necesaria y de esa manera obtener los favores
de la fría, hermosa y pluscuamperfecta Reina Dorada.
El Peregrino Pálido fatigó todas las
ciudades y villas, aldeas y pueblos del mundo de Läuria. Buscó a sabios y
maestros, filósofos y eruditos para pedir sus consejos y aprender de su
sabiduría. El Peregrino Pálido escuchó y aprendió, reflexionó y meditó, y supo
reconocer su falta de sabiduría.
Los años pasaban raudamente y el
Peregrino Pálido no cejaba en su viaje, infatigable, aprendiendo y aprendiendo,
combatiendo contra la Ignorancia que lo acosaba, en busca perpetua de una
Dignidad a la altura de Su Reina Dorada
Y así, finalmente, el Peregrino Pálido regresó a su país y llegó ante
el trono de su adorada Reina Dorada, para quien parecía no haber pasado el
tiempo, porque seguía joven y radiante como la última vez que la había visto
tantos años atrás.
–¡Oh, Mi Amada Reina Dorada! ¡Después
de tantos años al fin creo que soy digno de tu Amor! –sentenció el cansado
Peregrino Pálido.
–¡Ay, Mi Pequeño Peregrino Pálido!
¿Crees ser digno de mi Amor ahora?
–Hoy me siento digno de ti, Amada Reina
Dorada.
–Siempre tuviste mi Amor, Peregrino
Pálido.
–¿Y por qué no me lo dijiste antes,
Reina Dorada?
–Porque nunca me lo preguntaste.
–¿Entonces al fin podremos estar
juntos?
–No.
–¿Por qué?
–Porque ya no me atraen los hombres. He
tenido tantos a lo largo de mi vida que ya me he cansado de estar con ellos.
El Peregrino Pálido entrecerró los
ojos.
La Reina Dorada le sonrió con sorna.
–Tu viaje ha sido en vano, Peregrino
Pálido. Márchate de una vez. Estoy cansada. El tedio del trono agota mis
fuerzas. Me voy a dormir con mis esclavas amantes.
Y habiendo dicho esto, la Reina Dorada
se marchó a sus aposentos.
El Peregrino Pálido se quedó en
silencio mientras veía marcharse a la reina de sus sueños y obsesiones.
–¡Rayos! –exclamó el Peregrino Pálido
riendo a carcajadas.
Los guardias reales pusieron las manos
en sus lanzas, por las dudas.
Entonces, el Peregrino Pálido salió del
palacio, salió de la ciudad mientras cantaba, alegremente:
“Peregrino no hay Camino,
Se hace camino al andar.
Si tú buscas tu Destino,
Solo así lo has de encontrar.
Caminando, caminando…”
Y así, el Peregrino Pálido se perdió en
el horizonte, donde el Sol se ocultaba entre las tinieblas de la noche…
VARTAN GÓMEZ
Miércoles 12 de Agosto de 2026
