Por Román Reynoso para Mundo
Norte
El deterioro de la educación
argentina perforó un nuevo piso y ya no se explica únicamente por lo que los
chicos no aprenden en el aula, sino por un freno en el desarrollo mismo de sus
capacidades cognitivas. Así lo revela una rigurosa investigación elaborada de
forma conjunta por el Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad y
la Escuela de Educación de la Universidad Austral. El documento advierte que,
en el transcurso de una década, el rendimiento verbal de los estudiantes cayó
un 8,4% y el coeficiente intelectual (CI) total retrocedió 3,6 puntos.
El trabajo, liderado por las
investigadoras Victoria Bein, Rocío González, Cecilia Adrogué, Florencia Daura,
Gabriela Liliana Krumm y Vanessa Arán Filippetti, analizó y comparó cohortes de
alumnos de entre 8 y 15 años evaluadas en 2013, 2019 y 2023 a través del test
estandarizado K-BIT. Los datos exponen una merma pronunciada en el razonamiento
verbal —el promedio pasó de 99,4 puntos en 2013 a 91,03 en 2023—, mientras que
las variables no verbales mostraron mayor estabilidad. Este fenómeno sugiere
una desaceleración o reversión del histórico "efecto Flynn", la
tendencia global que registraba un aumento intergeneracional sostenido de los
índices de CI.
El análisis de la Universidad
Austral cruzó sus mediciones con los últimos resultados de las pruebas Aprender
y PISA. Los números terminan de configurar una radiografía crítica: casi ocho
de cada diez estudiantes de 15 años en el país no logran el nivel mínimo de
competencia en Matemática, mientras que seis de cada diez tampoco lo alcanzan
en Lectura y Ciencias.
La fragmentación social del
sistema educativo emerge con crudeza al comparar establecimientos públicos y
privados bonaerenses en alumnos de 10 a 12 años. La distancia registrada
alcanzó los 25,89 puntos en CI verbal y 26,79 puntos en CI total. Lejos de reducir
el problema a una simple cuestión de gestión institucional, los especialistas
señalan que la brecha desnuda las condiciones estructurales de vulnerabilidad
socioeconómica, el capital cultural de los hogares y la falta de estímulos
tempranos.
A este escenario de desigualdad
se le suma el impacto del ecosistema digital en las aulas. Más del 55% de los
alumnos locales reconoce que sus compañeros se distraen habitualmente con
pantallas durante las clases, prácticamente duplicando la media de los países
miembros de la OCDE. El déficit de atención sostenida y la delegación del
esfuerzo cognitivo en dispositivos móviles e inteligencia artificial erosionan
la fijación de la memoria y la capacidad reflexiva en etapas madurativas
decisivas.
La advertencia de la comunidad
académica es inequívoca: la crisis trasciende la estadística curricular y
compromete de forma directa la reserva cognitiva de las próximas generaciones.
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