Una
vez me preguntaron qué es el Arte.
Yo les
respondí: Lo que salga de tu corazón.
Basilio
Kadinsky
–¿Finn?
¡Qué nombre más raro! –dijo la chica de sonrisa chistosa y pelo rosado.
Finn
Delcastillo se rio.
–Pasa
que mis viejos dijeron que yo era el “fin” de la fábrica de hijos –le explicó.
La
chica de pelo rosado se quedó mirándolo sin saber si lo que el muchacho le
decía era real o se estaba burlando de ella.
–¿Tenés
muchos hermanos? – preguntó la chica de perro rosado.
–El
más grande soy yo.
–¿Y
los otros?
–Yo,
yo, yo, yo, y el más chiquitos de todos… yo.
La
chica se quedó pensando hasta que vio la sonrisa pícara de Finn.
–¡Sos
un idiota! –le reprochó riéndose.
Finn
cerró los ojos de manera idiota y le dijo:
–¡Chí!
–y tras unos segundos, preguntó– ¿Y vos tenés hermanos?
–Sí. Unas cuantas hermanas, pero no me
llevo muy bien con ellas. Me llevo mucho mejor con mis primas que con mis
propias hermanas.
Finn se quedó en silencio. No sabía qué
contestarle ya que él no tenía un punto de comparación como para compartir la
experiencia.
–Pero
mejor cambiemos de tema. ¿De verdad te llamás Finn?
–Sí.
Lo que pasa es que mi papá es profesor de Literatura, y es muy fanático de la
mitología celta. Le gusta uno de sus héroes, Fionn mac Cumhaill, o Finn
McCool para los ingleses, pero él se quedó con una versión del nombre del
libro donde lo descubrió: Finn McCumhall, así que le puso ese nombre a
su único hijo: o sea, ¡yo!
–¡Qué
loco! Así que tenés el nombre de un héroe celta. Me gusta. Tiene su personalidad.
Siguieron
entonces mirando el cuadro.
–No me dijiste tu nombre todavía
–observó Finn.
–Miranda Morrison.
–Vos tampoco te quedás atrás con lo de
la personalidad, ¿eh? Tenés nombre de heroína también: Miranda Morrison, La
Amazona. ¡Digna protagonista de un cómic de superhéroes!
–¡Sos un tonto!
–¡Pero un tonto visionario y con
imaginación!
Ambos se rieron por lo bajo, para que
no los retaran los del museo.
El cuadro era interesante. Un cúmulo de
colores ocres y verdes, con trazos al azar, pero que formaban lo que parecía
ser un tronco con cara sonriente y siniestra.
–Me gusta este cuadro –dijo Miranda.
–A mí no, pero tiene algo que me llama
mucho la atención.
–¿Los colores? ¿El trazo?
–No, nada de eso. El pajarito negro ese
–dijo Finn señalándole un punto del cuadro.
–¿Qué pajarito? Si no hay ningún
pajarito en el cuadro. ¿Otra vez me estás tomando el pelo?
–¿No ves ahí un pajarito negro? Está
tan claro como el agua.
–¿Dónde? ¡Yo no veo ningún pajarito
negro! Ni siquiera hay negro en este cuadro. Ni una sola mancha.
–¿Y de quién es este cuadro, dicho sea
de paso? Yo no veo que tenga nombre.
–Es verdad –dijo Miranda achinando los
ojos–. Ni siquiera puedo ver si tiene firma en algún lado. ¿Le preguntamos a
alguien?
–Dale! Me intriga este saber quién hizo
esta cosa. Pero andá vos.
–¿Por?
–Porque a mí me da vergüenza.
–¿Cómo te va a dar vergüenza preguntar
por el nombre de un cuadro y de su autor?
–Porque me da miedo la gente. Soy
bastante antisocial.
–¿Y qué hacés acá en este museo
entonces? Está lleno de gente.
–Bueno, alguna vez tenía que intentar
salir un poco de mi “cueva”. Además, parece que me llamó el Destino.
–¿Por?
–Porque te conocí a vos, Miranda
Morrison.
Miranda
se puso colorada, resaltando sus intensos ojos de color turquesa que a Finn tanto
le habían cautivado cuando la vio por primera vez.
–¡Sos
un tarado! –le dijo ella mientras veía que Finn observaba de nuevo el cuadro
con atención y señalaba otra parte diferente.
–Che,
Miranda, vení y mirá.
–¿Qué
pasó ahora? –preguntó mientras miraba donde Finn le señalaba.
–¡El
pajarito negro cambió de posición! Ahora está del otro lado del árbol.
–Finn,
ya te dije que no hay ningún pajarito negro en este cuadro. Sólo ese árbol con
cara sonriente.
Finn
Delcastillo miró con seriedad a Miranda Morrison.
Miranda
Morrison estaba por decirle “¡Sos un loco!”, pero esa mirada de Finn estaba
cargada de convicción.
–Mejor
voy a buscar a alguien del museo de una buena vez y así nos dice si ve o no a
ese tan famoso pajarito negro tuyo.
–¡Dale!
–Finn fijó de nuevo la mirada en el cuadro –. ¡Carajo! Ahora está en la copa
del árbol… ¡y me está mirando!
Miranda
enarcó una ceja. Quizás Finn estaba realmente loco y lo mejor era alejarse de
él, pero le había caído muy simpático ese muchacho.
Se
dio vuelta para ir a buscar a un curador o alguien que supiera de ese cuadro
cuando se acordó sintió un gritito ahogado y un viento frío que le golpeó la
espalada, en un empujón que casi le hizo perder el equilibrio.
–¿Qué
fue eso, Finn? –preguntó intrigada Miranda dándose vuelta hacia en muchacho.
Finn
Delcastillo no estaba.
Miranda
Morrison se llevó las manos a la boca para tapar el grito de horror.
El
cuadro había desaparecido.
Una
pluma negra reposaba en el suelo.
VARTAN
GÓMEZ
Domingo
20 de Septiembre de 2026
Nota: Con “Finn” se
termina lo que denomino “La Hexalogía de la F”, integrada por los cuentos “Fiamma”,
“Fiorella”, “Fabiola”, “Fabián” y “Fernando”. Espero que les hayan gustado
estas historias. Próximamente se viene la “Trilogía de los Paladines del
Universo 14”.
Imagen: Vartan Gómez.
