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13/09/26

LA SIRENITA (UNA ANÉCDOTA DEL UNIVERSO 1) por Vartan Gómez

Domingo 13 de Septiembre de 2026

 


LA SIRENITA

(UNA ANÉCDOTA DEL UNIVERSO 1)

 

Baila, baila, mi linda Gitana

Baila, baila, hasta que salga el sol

Baila, baila, mi eterna Gitana

Solo es tuyo mi triste corazón.

Walter Guzmán, Versos al Infinito

 

*

 

Se llama Fabiola.

A pesar de todo el tiempo transcurrido, se llama Fabiola.

Eternamente Fabiola.

Ahora es un nombre muy común, pero, en esa época, nunca lo había escuchado, por lo que me pareció único y diferente.

Como ella.

Era mediados de enero de 1997 y nos habíamos ido con mi familia a la costa, a la ciudad de Las Cotorras, camino a Mar del Plata.

La rutina era la típica del verano: desayunar ir a la playa, tomar sol, meterse al mar, ir a almorzar, volver a la playa, ir a cenar, salir a recorrer la peatonal y el centro, ir a algún espectáculo o al cine a la noche, irse a dormir muy tarde y arrancar la misma rutina al otro día.

El cuarto día de estadía llovió. Estaba fresco y nublado. Como no había planes concretos de salida para esa jornada, yo opté por abrigarme e ir a caminar por la playa, ya que me gusta la tranquilidad de la costa cuando no está repleto de gente.

Ser largó a lloviznar, y yo, encantado. Me gusta caminar bajo la lluvia. La playa estaba completamente vacía. Mucho frío y mucho viento: perfecto para alejar a la gente. Ni siquiera los jubilados habían salido.

Caminaba tranquilo por la playa, yendo hacia el sur, reflexionando un poco cómo había sido el último año, las cosas buenas y las cosas malas que me habían pasado. En un balance general, lo positivo fue más que lo negativo.

De pronto, a lo lejos, la vi.

Fue fácil: la playa, como ya dije, estaba completamente desierta. Salvo por las dos únicas excepciones: ella y yo.

¿El Destino? Seguramente.

Parecía un sueño: el cielo gris y lluvioso, el mar agitado y oscuro, el viento llevando granos de arena de un lado al otro, el silencio de la ciudad, como si la misma ni siquiera existiera. Y, en el centro, siendo un foco sublime de un cuadro naturalista, ella. Estaba sentada en la arena mojada, con la frente apuntando al cielo, los ojos cerrados, como concentrando su mente en el universo, las gotas de lluvia la acariciaban, los brazos extendidos hacia atrás, y las piernas bañadas de tanto en tanto por las espumas de las olas… Tenía un cabello de color rojo intenso.

Cada que me iba acercando, ella pasaba de lo etéreo a lo real.

Finalmente, llegué hasta donde ella estaba.

No sé cómo, pero antes siquiera de decir algo, sin siquiera abrir los ojos, ella, con una voz angelical, suave, armoniosa, me dijo:

–Así que no soy la única a la que le gusta estar en la playa bajo la lluvia.

Quedé sin poder decir ni una palabra. Ella tenía una mística particular. Era como un hechizo que impedía que le pudiese hablar.

Entonces abrió el ojo izquierdo y me miró de reojo, como haciendo un escaneo de mi persona.

–No sos tan feo –sentenció.

No sabía si tomar esa declaración como un insulto o un halago.

–No, ¿no? – logré articular, estúpidamente.

Ella se rio. Yo hice lo mismo.}

Ella se levantó y ahí pude verla bien.

Perfección.

Es imposible para mí describir en palabras un ápice de su verdadera belleza. Salvo por el detalle que más me encanta de ella: un lunar de color pardo bajo su mejilla derecha. Y sus ojos de color miel. Y, claro está, su cabello rojo.

–Te parecés a Ariel de La Sirenita – le dije.

Ella me sonrió y me dijo:

–Todos me dicen lo mismo. No te creas tan original.

–No serás una sirena vos, ¿no?

–Y vos no serás un pescado, ¿no?

Volvimos a reír.

Nos pasamos hablando toda la tarde, mientras caminábamos por la playa, siempre hacia el sur.  De cuando en cuando nos cruzábamos con algún amante de las caminatas bajo la lluvia como nosotros. Hablamos de todo un poco, desde tonterías hasta cosas más existenciales. Ella era alguien cuyos temas de conversación nunca se agotaban. Pasé de no poder decirle ni una sílaba a contarle todo de mi vida y de mis sueños y de mis ilusiones, y ella me escuchaba y me hacía preguntas y me cuestionaba y me alentaba. Era maravilloso estar con ella. Era maravillosa ella.

Sin darnos cuenta, el tiempo pasó como si las horas fueran minutos. Y caminamos hasta dos ciudades más abajo. Así que salimos de la playa y nos fuimos a esperar un colectivo que nos llevara de nuevo a Las Cotorras. Tuvimos como una hora más de espera hasta que llegó el colectivo, así que aprovechamos esa hora para seguir charlando de todo un poco.

Siempre pensé que eran unos exagerados los que decían que cayeron en “el amor a primera vista”, pero con ella, no los vuelvo a criticar nunca más.

Bajamos en la plaza de Las Cotorras.

–¿Vamos un ratito más a la playa? – me invitó.

No pude negarme a esos ojos de color miel encantadores.

Estuvimos una hora más en la playa. Ya era de noche.

–Mirá – le dije –, seguro mis viejos tienen que estar preocupados por mí. Me fui hoy temprano y ya es de noche. ¿Te parece si nos vemos mañana en donde nos encontramos hoy? Yo te voy a buscar.

–¡Dale! Te espero mañana entonces. Sos muy divertido, pescadito. Me encantó hablar con vos.

–¿Sabés qué? – le dije. Ella me miró, intrigada. – Nunca me dijiste tu nombre.

–Fabiola Coral. ¿Y vos cómo te llamás?

–Pedro Vega.

–Parece nombre de superhéroe –me dijo con una sonrisa pícara.

–Y el tuyo el de una princesa.

–Soy una princesa –me dijo haciendo ondear su cabello rojo como una modelo. Yo me derretí ante tal visión, ante su belleza sobrenatural.

Nos despedimos entonces con un beso en la mejilla, aunque me hubiera gustado otro beso más íntimo, pero no daba, y me di la vuelta y me salí de la playa. Antes de salir a la avenida, quise verla una vez más, pero ya no estaba. Lo raro es que miré hacia ambos lados de la playa y no la vi por ningún lado.

–¿Habrá vuelto al mar? –me pregunté a manera de chiste, pero, la verdad, estaba extrañado por el misterio.

Volví a casa, preocupado por mis padres, pero, la verdad, ellos ni se habían enterado de que yo me había ido de la casa. Me sentí un idiota. Podría haberme quedado mucho más tiempo con Fabiola.

Emocionado, le conté todo a mis hermanos. Víctor, el mayor, se me rio en la cara por haberme enamorado de una desconocida en tan sólo un día. Anita, mi hermana menor, más soñadora, me dijo que le parecía toda una novela romántica.

Esa noche casi no pude dormir esperando al día siguiente para ir a ver a Mi Sirenita. Pensé en su figura perfecta, sus cabellos rojos, sus ojitos de color miel y el lunar bajo su ojo derecho que brillaba cada vez que sonreía. Me dormí y soñé con ella, con su figura, sus cabellos rojos ondeando, sus ojitos de color miel, su lunar en la mejilla derecha, su sonrisa mágica.

En mi sueño, sí nos despedíamos con el beso que tanto me hubiese gustado.

Cuando me desperté, entusiasmado, me di cuenta de que nunca dijimos a qué hora vernos, así que me fui corriendo bien temprano al lugar convenido. No fui a almorzar siquiera. Estuve esperando todo el día.

Nunca apareció.

Fui al día siguiente. No apareció

Y fui al otro, y al otro y al otro y así, hasta que se terminaron las vacaciones y nos volvimos a Buenos Aires.

Hermenegildo nunca dejó de burlarse de mi tristeza. Gladys, por su parte, siempre más empática que mi hermano mayor, se compadeció de mis penas.

Volvimos varios veranos más a Las Cotorras, porque casi les rogaba a mis padres que fuéramos allá de vacaciones.

Iba todos los días a ese lugar donde había visto por primera vez a Fabiola.

Después, terminé el colegio, empecé a estudiar y a trabajar y nunca más volví a Las Cotorras. Me daba un ataque de nostalgia y melancolía.

Tenía dinero, pero elegía ir de vacaciones a otros lugares, a las sierras, a las montañas, al litoral, al Sur, incluso a otras playas, pero nunca a Las Cotorras.

Pero hoy es diferente.

Ya pasaron casi 30 años desde ese lejano 1997.

Ya estoy viejo y tengo cáncer de próstata.

Es humillante.

Es patético.

Es doloroso. Muy, muy doloroso.

Hace poco me despidieron. Con lo último que me queda de indemnización me vine una vez más para acá.

La nueva crisis económica me impide conseguir los medicamentos para paliar el dolor. Cada día es una agonía.

No me queda mucho tiempo más. Los médicos no fueron alentadores.

No va a haber otro verano para volver a esta playa.

Esta es la última vez.

Nunca tuve novia. Ninguna mujer se puede comparar con Fabiola.

Nunca tuve hijos. ¿Para qué tenerlos si no era con Fabiola?

Mis padres fallecieron con el paso de los años. Los dos se fueron tristes de que mi Amor por Fabiola fuera tan grande. Ellos me decían que era una “obsesión”. Siempre lo negué, por necio, pero hoy les doy la razón.

Mis hermanos hicieron sus vidas y tuvieron sus hijos. Todos se alejaron de mí. Hace años que no hablo con ninguno de ellos. Ninguno me entiende. Ninguno me soporta. Hermenegildo se cansó rápido de mí. Gladys siempre fue más comprensiva y paciente. Pero al final también se cansó de escuchar mis quejas. No los culpo. De hecho, los entiendo y los perdono.

Me gusta venir todas las tardes, cuando baja el sol, porque es cuando la gente se va de la playa y puedo caminar tranquilo por la costa, siempre hacia el sur. Camino lo que puedo mientras el cuerpo todavía me aguante.

Siempre que paso por el lugar donde la vi por primera vez, me gusta mirar al horizonte, donde las aguas se juntan con el cielo, esperando a ver si Fabiola, Mi Sirenita, sale del mar para charlar por una última vez.

No pierdo las esperanzas.

No pierdo las

No pierdo

No

 

*

 

         Germán Gordillo vio cómo el señor que le estaba hablando se había quedado dormido.

         –Señor, señor –lo zamarreó un poco por el hombro para despertarlo, sin éxito.

         El señor, Pedro Vega, se había quedado dormido en lo alto de la duna.

         A Germán le dio un poco de lástima la historia que le había contado.

¿Era posible enamorarse así de una persona a la que sólo había visto una vez?

Germán pensó en su soñada Laura Vanegas y entendió que sí era posible.

Germán miró una vez más al señor Pedro, que descansaba en paz.

Después miró hacia el horizonte, que ya se oscurecía, y fijó su punto en la línea donde el cielo y el mar se unen.

¿Fabiola habría sido una sirena de verdad? ¿O era sólo esa ilusión que había creado don Pedro en su imaginación de enamorado?

Germán no lo sabía.

Germán sólo pensó, que apenas tuviera una oportunidad, le diría a Laura, “su propia sirenita”, lo que se había guardado por mucho tiempo.

Sopló entonces una agradable y fresca brisa marina.

Miró a Don Pedro una vez más, mientras descansaba en paz, tranquilo, sin sentir dolores, no como cuando le hablaba, se que notaba que le dolía vivir.

A Germán se le hizo un nudo en la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Don Pedro Vega se pasó toda una vida esperando volver a ver a la mujer de sus sueños. Germán Gordillo no quería seguir ese destino.

La última luz del día se fue. Ya no quedaba nadie en la playa.

Germán pensó en despertar a Don Pedro, pero lo vio tan tranquilo durmiendo que lo dejó descansar en paz.

El muchacho se secó una lágrima, se paró, miró por última vez al hombre y le dijo:

–Espero que pueda encontrar a su sirenita, Don Pedro.

Entonces bajó del médano y se fue corriendo por la playa.

Pedro Vega nunca se despertó.

 

 

 

 

VARTAN GÓMEZ

Domingo 13 de Septiembre de 2026

  

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