Lunes 7 de Septiembre de 2026
(P): FIAMMA
(DECIMOSÉPTIMA LETRA DEL UNIVERSO 16)
–Es la primera vez que te veo por acá, bonito –dijo la chica sentándose en la banqueta junto a él.
(P)aulo levantó su vaso con agua mineral sin gas, lo movió en círculos y se tomó el contenido que quedaba de un solo trago.
–¿Te comieron la lengua los ratones, bonito? –preguntó ella.
(P)aulo bajó el vaso vacío y lo apoyó sobre la barra. La miró de arriba a abajo y observó que estaba vestida toda con ropa de jean, pantalón, camisa y campera, todos de tonalidad celeste. Era muy voluptuosa, pero de figura muy estilizada. Calzaba unas botas de cuero negro y metalizado. Era una chica muy hermosa. Tenía la piel muy pálida, sus mejillas rosadas contrastaban con la blancura de su rostro, un rostro de facciones simétricas y angelicales, con unos ojos de color verde claro, muy brillantes y hermosos, sus párpados pintados de verde pálido, los labios de color rojo carmesí y un cabello largo hasta la mitad de la espalda, sedoso y castaño con mechones rojizos.
–¿Sos tímido, bonito? ¿Cómo te llamás? ¿O no me querés hablar porque te dan miedo las chicas lindas como yo? –arremetió nuevamente ella con descaro.
–(P)aulo. Y no. No me dan miedo las chicas hermosas como vos. En el grupo de la iglesia tengo muchas amigas que son muy lindas. Y me hablan. Lo que pasa es que sí me parece raro que una chica tan bonita como vos se me acerque a hablar, así, de la nada, sin siquiera conocerme. Me vas a cobrar, ¿no?
La chica se rio con una carcajada encantadora.
–¡Me hiciste reír, bonito! Las chicas se pierden de un gran comediante.
–¿Me estás llamando “payaso”?
–¡Ay! ¡Nada que ver! ¡No te lo tomés tan en serio, Paulito!
(P)aulo esbozó una sonrisa tímida.
–Ya ves por qué las chicas hermosas como vos no se me acercan a hablarme. A menos que me quieran cobrar, claro está –(P)aulo la miró de reojo.
Ella, apenas lo escuchó, lanzó una estridente carcajada.
–¡Sos lo más, Paulito! ¡Me muero! –y siguió riendo con su encanto tan particular.
La chica aprovechó y rodeó con su brazo izquierdo los hombros de (P)aulo, mientras se tocaba el pecho con la mano derecha y lo miraba fijamente.
–Me llegaste al corazón, Paulito.
(P)aulo la miró a los ojos quedó encantado. Ese brillo verde vidrioso tenía algo mágico e hipnótico.
–¿Me creés si te digo que sos la mujer más hermosa que vi en mi vida?
–Creer, no te voy a creer, pero el cumplido te lo acepto con ganas, bonito.
–Al final, no me dijiste tu nombre.
–Tenés razón. Soy Fiamma. ¿Te gusta mi nombre? –se acercó más a la cara de (P)aulo.
El muchacho tragó saliva, nervioso.
–Es un hermoso nombre. Hace honor a la que lo lleva.
(P)aulo se ruborizó y comenzó a transpirar. Quizás ese cumplido hubiera sido demasiado exagerado. Quizás Fiamma no lo tomaría en serio ahora.
Otra vez alguien que no lo tomaría en serio…
–¡Apa, Paulito! Me saliste todo un poeta.
(P)aulo se rio de forma tonta.
–Eso me dicen todas las chicas del grupo de la Iglesia, pero usan “poeta” en otro sentido. No sé, no entiendo. Siempre me dicen “sos muy poeta, (P)aulo” y se ríen a carcajadas, y a mí me da mucha bronca, porque no sé de qué se ríen.
Fiamma volvió a reírse.
(P)aulo volvió a sentirse molesto.
Capaz sí era un payaso.
No quería ser un payaso. Sólo quería ser (P)aulo.
–¿Tomamos algo, Paulito?
–¿Como qué?
–¿Cerveza? ¿Licor? ¿Algún trago especial?
–No tomo alcohol. En la iglesia nos dicen que el alcohol es malo para la salud y al Señor no les gusta.
Fiamma enarcó una ceja. Y esbozó una débil sonrisa.
–¿Alguna gaseosa, entonces?
–Me caen mal.
–¿Jugo natural de frutas?
–No me gustan.
–Sos complicadito, (P)aulo, ¿eh?
(P)aulo rio de manera tonta.
–Sí, ¿viste?
Antes de que (P)aulo se diera cuenta, Fiamma se acercó y le dio un potente beso en la boca. Después se rio al ver la cara de estupefacción de (P)aulo.
–Me caíste bien, bonito. ¿Querés conocerme mejor?
(P)aulo asintió sin decir una sola palabra.
Fiamma sonrió victoriosa.
–Vení conmigo, entonces. No te vas a arrepentir.
Fiamma tomó a (P)aulo de la mano y lo arrastró con ella a lo largo del bar, cruzaron la puerta y se fueron al estacionamiento. Lo llevó hasta su auto. (P)aulo no decía nada. No sabía qué decir. Era la primera vez que le pasaba una situación como esa.
Tomaron por la ruta.
La noche estaba nublada y fresca. De cuando en cuando se asomaba la débil luz de la luna menguante.
–¿A dónde vamos?
–A mi lugar secreto.
–¿Y dónde es?
–Es secreto por algo. Dejáte llevar, (P)aulo. Disfrutá el viaje.
(P)aulo quería hablar, pero no podía decir nada. Había algo que le daba tranquilidad en la compañía de Fiamma, que manejaba en silencio.
La ruta, a esa hora, estaba bastante vacía. Cada tanto se cruzaban con las luces de algún coche en el carril contrario. El silencio no era incómodo. Era placentero. Ahora notó un perfume agradable que Fiamma desprendía. Era un aroma dulce y encantador. Casi hipnótico.
(P)aulo se dejó llevar por la aventura. No podía ver bien a Fiamma, las luces dentro del coche estaban apagadas, pero se conformaba con sentirla cerca, con vislumbrar su hermosa figura entre las penumbras, con oler ese perfume tan sutil y halagador.
En un m momento, Fiamma dejó la ruta y se metió en un camino de tierra, en dirección a quién sabe dónde.
(P)aulo no se preocupó ni le dio miedo. Confiaba en Fiamma.
Estacionaron a orillas de una laguna enorme, que, a pesar de la noche nublada, estaba iluminada por miles de luciérnagas que revoloteaban en los alrededores.
El azul verdoso del lago era maravilloso.
Fiamma apagó el motor y las luces del coche.
Bajaron. Se sentaron en el capó.
Hicieron silencio unos segundos, mientras miraban la laguna, apenas iluminada por las luciérnagas.
–Este es mi lugar secreto –dijo Fiamma –. ¿Te gusta?
–Es hermoso. Y mágico –le contestó (P)aulo –. Como vos.
–Como yo –Fiamma rio por lo bajo y miró al muchacho con sus ojos verdes brillantes.
(P)aulo notó que los ojos eran mucho más brillantes que antes.
Fiamma se paró frente a (P)aulo, lo abrazó y lo beso con tanta fuerza que terminaron acostados en el capó del coche.
(P)aulo se dejó llevar por los encantos sensuales de la chica.
Por entre las nubes, se asomó la luna menguante.
Fue en ese momento que (P)aulo sintió, de repente, un intenso dolor en todo su cuerpo. Fiamma seguía besándolo con intensidad.
Demasiada intensidad.
(P)aulo intentó sacarse encima a Fiamma, pero todo su cuerpo ahora le ardía como si un fuego intenso lo quemara con voracidad. Gritaba de dolor, pero ese grito era ahogado por el beso de la chica, que cada vez lo apretaba más y más fuerte con sus brazos, estrangulándolo como si fueran poderosas serpientes constrictoras.
En un último esfuerzo desesperado, (P)aulo le clavó sus uñas en el cuello a Fiamma.
(P)aulo notó que ese cuello ahora era húmedo y lleno de estrías sinuosas.
Fiamma sintió el dolor de las múltiples punzadas y dejó de besarlo.
Entonces, (P)aulo vio el rostro de la chica. Toda la belleza que le había encantado cuando la vio por primera vez ya no estaba. El rostro de Fiamma se había deformado. Sus ojos estaban más separados, eran más redondeados y el color verde seguía brillando, mucho más vidrioso y aterrador. La piel blanca había dado paso a una piel escamosa, de colores vibrantes y de tonalidades entre verdes y anaranjadas. La hermosa nariz respingada era ahora ancha y aplastada, con fosas nasales grandes y profundas. Las orejas casi habían desaparecido entre una maraña de cabellos serpentinos que se movían cada uno con voluntad propia, como si de un nido de víboras se tratara. ¡Y la boca! Aquellos labios hermosos y la perfecta dentadura blanca eran ahora una especie de círculo sin labios, lleno de dientes puntiagudos en filas concéntricas que se iban perdiendo en una garganta oscura y babosa, como la boca de una asquerosa lamprea.
(P)aulo quiso gritar, pero sus fuerzas se habían agotado al atacar a la chica.
Fiamma, o el engendro que aparentaba ser Fiamma, hizo una mueca que parecía ser una sonrisa, una sonrisa digna de la más ominosa pesadilla salida de lo más profundo del Averno.
Fiamma emitió un asqueroso chillido que ensordeció a (P)aulo.
Fiamma miró a (P)aulo una vez más con sus ojos verdes brillantes.
(P)aulo sólo logró derramar una lágrima de resignación.
La mandíbula inferior del engendro que decía llamarse Fiamma comenzó a abrirse de una manera inmunda, como si se tratara de las mandíbulas de una serpiente a punto de devorar a su presa, al tiempo que una baba líquida y gomosa caía sobre la cara del muchacho.
Fiamma le dio un último y largo beso…
Un beso en la garganta.
(P)aulo lanzó un grito, no con su boca, sino con su mente, que nadie escuchó.
(P)aulo fue consumido por el último beso de su vida.
(P)aulo perdió toda su sangre.
(P)aulo perdió toda su carne.
(P)aulo perdió su Alma.
Fiamma quedó satisfecha.
Las nubes volvieron a tapar la luna menguante.
En la oscuridad de la noche, sólo iluminada por tenues luciérnagas, nadie pudo observar cómo un enorme gusano viscoso y horrible se arrastraba lentamente, por el pasto primero, por el suelo embarrado después y desaparecía, finalmente, en las orillas hasta perderse en lo más profundo de una laguna perdida en el medio del campo.
Hasta la próxima comida…
VARTAN GÓMEZ
Domingo 6 de Septiembre de 2026
