Por Román Reynoso para Mundo
Norte.
Si alguna vez sentiste que la
rutina te está apagando, que la chispa de la juventud se volvió una bruma
lejana o simplemente necesitás que una historia te agarre de las solapas y te
sacuda, tenés que ir al Teatro Metropolitan. No es una sugerencia: es
una orden para cualquier amante del teatro que quiera ver por qué Buenos Aires
sigue siendo la capital mundial del drama y la pasión.
Druk (Otra Ronda), bajo
la dirección del magistral Javier Daulte, no es solo la Ganadora del
Martín Fierro a la Mejor Obra; es una experiencia visceral.
La premisa, ya conocida pero
aquí revitalizada, nos presenta a cuatro docentes que deciden poner a prueba la
teoría del psiquiatra Finn Skårderud, la cual sostiene que el ser humano nace
con un déficit de alcohol en sangre del $0.5%. Lo que comienza como un
experimento pedagógico para recuperar la chispa vital, deriva en una
exploración cruda sobre el vacío existencial y la crisis de la mediana edad.
Un elenco de titanes en su
mejor momento
Ver a estos cuatro actores
juntos es, sencillamente, un privilegio histórico para nuestra cartelera. La
química entre ellos es tan real que por momentos olvidás que estás en una
butaca y sentís que sos el quinto amigo en esa mesa:
- Carlos Portaluppi:
Lo que hace este hombre en escena roza lo milagroso. Tiene la capacidad de
crear climas dramáticos excepcionales con un solo gesto. Su
silencio habla más que mil gritos; te pone la piel de gallina y te estruja
el corazón.
- Osqui Guzmán:
Es la ductilidad hecha carne. Su despliegue físico y actoral es una
clase magistral de ritmo. Pasa de la comedia más desopilante a la
vulnerabilidad más absoluta sin escalas, manejando al público a su antojo.
- Pablo Echarri y Juan Gil Navarro:
Ambos entregan interpretaciones de una madurez arrolladora. Echarri maneja
una tensión contenida brillante, mientras que Gil Navarro aporta la
sensibilidad necesaria para que este cuarteto sea una maquinaria perfecta.
Rompiendo las reglas: vos sos
parte de la obra
Olvidate de la distancia fría
del escenario. Aquí se rompe la cuarta pared de manera constante. Los
actores te miran, te hablan, te desafían. La obra te seduce con pasos de
comedia brillantes y te nutre con datos culturales asombrosos, para
luego llevarte a un final emocionante que es, sin exagerar, uno de los
momentos más bellos y reflexivos que se han visto en la calle Corrientes en
años.
Es una obra sobre el amor, la
amistad y esa urgencia de sentirnos vivos antes de que sea tarde. Salís del
teatro con ganas de abrazar a tus amigos, de brindar por la vida y, sobre todo,
con la sensación de haber sido testigo de algo grande.
La recomiendo efusivamente. No esperes a que te la cuenten, porque las entradas vuelan y esta experiencia se vive con los cinco sentidos.
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