Ciclo
de La Tierra.
Fernando
Baiguera miró cómo Sebastián ponía el anillo en el dedo de Emilze Bracca.
De
esa manera, Emilze Bracca era la flamante esposa de otro.
Había
algo de cruel en que ella lo hubiera invitado a su casamiento, pero, a la vez,
le había parecido un gesto muy tierno.
Por
los viejos tiempos.
¿Por
los viejos tiempos?
Los
hasta ahora novios, se dieron el beso definitivo que sellaba que eran marido y
mujer para todo el resto de su vida.
Fernando
vio ese beso como una larga y agónica tortura. Por unos segundos, sintió como
si el tiempo se estirara eternamente para perpetuar su fracaso.
Fernado
Baiguera amaba a Emilze Bracca, y él sabía que ella también lo amaba a él, pero
ambos habían sido tan cobardes como para no aceptarse mutuamente.
Fernando
la conoció en la facultad, cuando era un joven con ilusiones de una buena
profesión que le diera estabilidad económica, un proyecto de familia
tradicional, una vida de viajes y tranquilidad. Nada de eso sucedió.
Ni
siquiera Emilze.
Fernando
disfrutó esos años de enamoramiento con Emilze, pero ella no sentía lo mismo y
siempre se lo hizo saber. Ella tenía muchos problemas familiares que la
acomplejaban, además de padecer osteoporosis, una enfermedad crónica que
constantemente le impedía disfrutar de un día en paz, con cambios de humores
constantes que Fernando había aprendido a entender y justificar. El amor por
Emilze era tan puro que no dudaba en dar todo de sí para cuidarla como fuera.
Fernando le daba a Emilze las atenciones que su familia desatendía. Y, a cambio, Fernando recibía insultos y humillaciones.
No pasó mucho tiempo hasta que los golpes se hicieron presentes. En ese punto,
Fernando decidió dar por terminada la relación. Se fue con el corazón roto. No
vio que ella llorara. Sólo le gritaba nombres degradantes.
Pasaron
otras mujeres por la vida de Fernando, pero la vara de belleza y admiración que
tenía con Emilze, era muy alta y ninguna de las que vinieron después nunca pudieron
alcanzar ese estándar.
Habían
pasado algunos años. Un día le llegó la invitación a la ceremonia de casamiento
en la Parroquia Nuestra Señora de Malenfucurá. Fernando podía elegir no ir, era
lo más sensato, pero había una chispa que necesitaba apagarse.
Y
ahora estaba ahí.
La
chispa no quería apagarse.
Todos
estaban aplaudiendo mientras los novios saludaban a los invitados.
Fernando
vio que Emilze estaba justo en la misma línea en la que la imagen de la Virgen
de Malenfucurá reposaba rezando y con la mirada alzada al cielo. La pureza de
ambas efigies lo obnubilaba.
Fernando
veía las lágrimas de felicidad de Emilze. Por su parte, el tenía los ojos a
puntos de derramar las suyas, pero por el sentimiento totalmente opuesto.
La
mirada de ambos se cruzó.
Emilze
sonrió, con un gesto triunfante.
Fernando
comprendió que esa era la última humillación que iba a permitirle a Emilze. Se
levantó del último banco de la fila y salió de la Iglesia.
Caminó
por las calles sin un rumbo hasta que dio con una plazoleta.
Fernando
se sentó en un banco de madera pintado de verde de la plazoleta.
Ahí
sí derramó las lágrimas que tenía contenidas.
Un
trueno resonó por el cielo oscuro.
Las
primeras gotas no tardaron en caer.
Sintiéndose
miserable, Fernando se llevó las manos a la cara.
Otro
trueno fue el preludio a la lluvia torrencial.
A
Fernando ya no le importaba nada más.
¿Podría
superar a Emilze? Podría. Pero no quería.
La
vida sin ella ya no tenía ningún sentido.
Miró
entonces la avenida que estaba cerca, poco concurrida por la intensa lluvia.
–¿Fernando
Baiguera? –dijo de pronto una voz femenina.
Fernando
se dio vuelta buscando la voz que lo había llamado por su nombre.
Era
una niña. Una niña de piel azulada, con los ojos completamente negros, orejas
puntiagudas y vestida con una especia de traje victoriano típico de las novelas
románticas.
–¿Quién
sos, nena? ¿Cómo sabés mi nombre? –preguntó Fernando sin fijarse en los rasgos
más extraños de la niña.
–Mi
mamá le manda saludos, Fernando Baiguera –dijo la niña azul, al tiempo que
sacaba de un bolsillo de su vestido lo que parecía ser un revólver.
Fernando
gritó.
El
cielo tronó.
La
niña disparó.
Todo
al mismo tiempo, en una sincronía universalmente perfecta.
Incluso
cuando el mundo se apagó, Fernando Baiguera no vio a la niña apuntándole con el
revólver humeante sino a Emilze Bracca con su sonrisa triunfante.
–¿Qué
te pasa, mi amor? –le preguntó su reciente marido a Emilze cuando vio que un
escalofrió le recorría el cuerpo.
–Nada, querido, nada –respondió ella
con una sonrisa falsa.
Justo el coche de los recién casados
que los llevaba al salón de fiestas pasaba por una plazoleta, muy despacio
debido a la fuerte lluvia torrencial.
Emilze Bracca no quiso confesarle a su
marido que acababa de ver a una niña de piel azul con un vestido victoriano
saludándole con una mano de dedos anormalmente largos mientras le mostraba una
sonrisa llena de dientes amarillentos y puntiagudos como los de los gatos, que
contrastaba con la oscuridad que rodeaba sus ojos abismales.
Lo peor de todo, que creyó ver que a
los pies de la niña había un cuerpo que estaba vestido como Fernando Baiguera.
Fernando Baiguera, el único y gran amor
de su vida…
VARTAN
GÓMEZ
Miércoles
16 de Septiembre de 2026
