"Vivimos en la época en que las promesas
caducan más rápido que los aparatos"
Bauman, Amor líquido, 2003, p. 4.
Seguramente, alguna vez, habrán escuchado el
término "obsolescencia programada", concepto forjado por el ámbito de
la ingeniería y la producción industrial para definirla como la determinación
deliberada de una vida útil limitada para un producto, forzando su reemplazo
prematuro. Este principio marca una ruptura histórica con el antiguo
"ethos" industrial, donde la excelencia residía en la durabilidad y
longevidad del objeto. Hoy, en cambio, la lógica económica impone un diseño
para la caducidad: todo se produce con una fecha de vencimiento preconcebida.
Esta idea trasciende su origen material para
ofrecer una perspectiva heurística potente. Su aplicación al análisis de las
relaciones humanas no se reduce a una analogía superficial sobre la fugacidad,
sino que permite desvelar cómo un conjunto de condiciones económicas,
simbólicas y éticas configuran activamente la expectativa de caducidad y
reemplazo en la esfera íntima, donde, de manera análoga, la solidez y el
compromiso ceden ante la provisionalidad.
Las relaciones se han transfigurado en bienes
utilitarios cuya validez se determina por su desempeño inmediato, la
gratificación instantánea o su alineamiento circunstancial con el proyecto de
vida individual, generando una espiral de deseo insatisfecho y descarte
prematuro. Este desplazamiento es inherente a formas de vida contemporáneas
donde la fluidez, la provisionalidad y la flexibilidad no son meras
características, sino que se elevan a la categoría de virtudes adaptativas,
aunque a un terrible costo emocional.
Para comprender la estructura de esta fragilidad,
resulta ineludible recurrir a la formulación de la modernidad líquida propuesta
por Zygmunt Bauman. El sociólogo polaco identifica cómo el debilitamiento de
las instituciones históricas (la familia normativa, la comunidad estable) y de
los códigos morales duraderos ha dejado a los afectos desprotegidos ante las
dinámicas del mercado. En este contexto de disolución, el lazo se erosiona,
pasando de un compromiso ético profundo a un simple contrato tácito susceptible
de cancelación si las expectativas no se satisfacen.
La liquidez que promete movilidad y adaptación
simultáneamente implica una corrosión de la forma, volviendo el afecto en un
objeto volátil, despojado de la densidad de lo duradero. La verdadera tragedia
de esta liquidez no es la ausencia de vínculos, sino la angustia constante de
su fragilidad, el saber íntimo de que todo puede terminar sin aviso previo, sin
causa profunda, sólo por la emergencia de una "mejor oferta" o una
menor fricción.
En este contexto, la obsolescencia afectiva se
consolida mediante la injerencia directa del capitalismo tardío en la psique y
el "ethos" relacional. Al respecto, Eva Illouz, con su concepto de
"Capitalismo emocional", mapea cómo la economía de mercado ha
penetrado y racionalizado la esfera íntima. La lógica empresarial y la cultura
terapéutica se han incrustado en los vínculos, obligando a los sujetos a ser
"gestores" de sus emociones y a evaluar a las parejas bajo criterios
de eficiencia, minimización de riesgos y maximización de beneficios.
Concretamente, Illouz sostiene que "el capitalismo reorganizó las
culturas emotivas e hizo que el individuo económico se volviera emocional y que
las emociones se vincularan de manera más estrecha con la acción
instrumental" (Illouz, como se cita en Molteni, 2021, p. 78).
La intimidad, antes refugio de lo incondicional, se
convierte así en un campo de inversión y riesgo, donde el "fracaso"
de una relación se percibe no como una pérdida humana, sino como un mal cálculo
de mercado. Esto que acabamos de decir puede parecerles muy teórico, pero les
aseguro que en algún momento de sus vidas han escuchado a alguien lamentarse
por la insuficiente capacidad productiva y material de su pareja, como si ello
implicara una tragedia existencial o una falla en la lógica de la elección de compañía.
Esta racionalización del sentimiento nos deja desarmados frente al dolor
genuino, al exigirnos una compostura emocional que sólo es compatible con la
frialdad utilitaria.
A esta racionalización se suma la crítica eficaz de
Byung-Chul Han a la sociedad del rendimiento. Desde su enfoque, nos explica que
la exigencia de optimización y auto-explotación instrumentaliza las relaciones,
transformándolas en recursos para la productividad psíquica y la visibilidad
social. El amor, bajo este esquema perverso, no puede ser una pausa reflexiva o
un espacio de vulnerabilidad, sino un motor de autoafirmación del yo. Bajo este
imperativo, cualquier vínculo que demande una inversión temporal o un esfuerzo
que no aporte un capital afectivo, material o simbólico inmediato es percibido
como un lastre, una disfunción que debe ser eliminada. El "otro" se
convierte en un elemento funcional dentro de la narrativa del yo emprendedor.
Pues bien, el precio de esta celeridad es la pérdida de la profundidad y el
asombro ante la alteridad, quedando atrapados en la tautología del yo y sus
proyecciones caprichosas.
Además, es necesario explicitar que la fragilidad
no es sólo una elección, sino un reflejo de las condiciones materiales
impuestas por la precariedad. Sobre este asunto en particular, Richard Sennett,
al analizar "la corrosión del carácter", argumentó que la
inestabilidad y la flexibilidad propias del nuevo capitalismo (trabajos de
cortísimo plazo, reorganizaciones constantes) no se limitan al ámbito
económico, sino que carcomen la capacidad moral para sostener lazos estables.
El sujeto precario, obligado a ser maleable y estar listo para el cambio
constante, percibe el compromiso duradero con otro como una rigidez peligrosa,
un anacronismo que hipoteca la propia adaptabilidad al mercado. Esta tensión
entre la necesidad humana de arraigo y la exigencia sistémica de desarraigo
genera una fractura profunda en el "yo", donde la lealtad y la
continuidad son sacrificadas en el altar de la supervivencia económica.
Este proceso se intensifica en la posmodernidad, o
hipermodernidad, definida por Gilles Lipovetsky como el triunfo del
híper-individualismo hedonista. En este marco, la búsqueda de la autonomía y el
bienestar individual se erige como un valor supremo que, si bien libera de
antiguas coerciones, paradójicamente genera una profunda ansiedad ante la falta
de anclajes. El individuo, centrado en su propia realización, prioriza la
satisfacción inmediata y la libre disposición de su tiempo y afecto, volviendo
la renuncia y la paciencia- elementos intrínsecos del compromiso- cualidades
obsoletas. La promesa de disponibilidad perpetua que ofrecen las
arquitecturas tecnológicas agrava esta condición, intensificando las
comparaciones y la percepción de la propia y ajena reemplazabilidad. La
paradoja es bastante cruel: se busca la felicidad a través de la máxima
libertad, pero el resultado es una soledad líquida y la incapacidad de
construir un mundo compartido.
El punto más crudo y doloroso de esta moral del
descarte se halla en la imagen de los hogares de ancianos, o residencias para
mayores, que se han convertido en el depósito silencioso de aquello que la
sociedad posmoderna etiqueta como "innecesario", "caduco",
o simplemente "ineficiente". Estas instituciones se alzan como un
testimonio mudo y punzante de la ética de la provisionalidad: la vejez, al
requerir compromiso, paciencia, cuidado y una inversión de tiempo sin retorno
productivo, se convierte en la antítesis del imperativo de rendimiento. El
confinamiento de nuestros mayores es la metáfora última y más cruel de la
obsolescencia afectiva, donde el lazo familiar duradero se sustituye por un
servicio profesional pagado. En algunos casos puntuales, representa una
vergüenza moral de un sistema que, al valorar sólo lo adaptable y lo
productivo, ha encontrado un mecanismo para externalizar la obligación más
fundamental del cuidado humano, un acto que revela la cifra final del
individualismo hedonista.
Ahora bien, a esta densa crítica sociológica y
filosófica, la reflexión teológica nos ofrece una perspectiva trascendente que
eleva el debate ético al plano de lo incondicional. La fragilidad de los
vínculos, vista a través del enfoque del pensamiento cristiano, por ejemplo, se
revela como el síntoma de una profunda desorientación antropológica: la
reducción del amor a una emoción pasajera o a un cálculo utilitario. En
oposición radical a la lógica del descarte y de la satisfacción inmediata, la
teología de la caridad, magistralmente desarrollada por Benedicto XVI en su
encíclica "Deus Caritas Est" (2005), postula el amor como
"ágape", es decir, una fuerza que demanda sacrificio, purificación y,
fundamentalmente, permanencia: "El amor necesita purificación y
maduración, lo cual implica también el camino de la renuncia. [...] El amor se
convierte en ágape precisamente en la medida en que el hombre, para el otro, no
busca ya simplemente a sí mismo, sino que se preocupa por el bien del otro,
dispuesto al sacrificio: la madurez del amor consiste en esto" (Benedicto
XVI, 2005, N. 6).
Como podrán apreciar, esta perspectiva sitúa la
madurez afectiva no en la capacidad de "reemplazar" al otro de forma
eficiente (lógica de Lipovetsky), sino en la voluntad de "permanecer"
con el otro, incluso en la renuncia, trascendiendo el individualismo esclavo
del placer personal. Desde esta óptica, la única respuesta a la obsolescencia
programada no es la híper-adaptación, sino la reafirmación del valor
inalienable de la persona y la vocación al don total y duradero, rescatando el
lazo del mero utilitarismo que lo condena a caducar.
La verdadera reflexión crítica emerge cuando
confrontamos el vacío punzante que queda tras cada descarte, una grieta que el
consumo incesante jamás logra suturar. La tragedia final no es la rotura de un
vínculo, sino la corrosión de la capacidad misma de vincularse con profundidad
y autenticidad. La obsesión por la eficiencia emocional, ese mal cálculo de
mercado que hemos naturalizado, nos condena a una existencia donde la
vulnerabilidad es vista como una falla técnica y la inversión de tiempo se
percibe como una pérdida de capital personal.
El sujeto híper-adaptable, ese ideal promovido por
la flexibilidad laboral, se encuentra al final de su jornada con un
"yo" tan maleable que ya es incapaz de sostener la rigidez de una
promesa íntima. Ante la evidencia de que esta inestabilidad afectiva es el
precio psíquico de la adaptabilidad exigida por el sistema, la pregunta más
lacerante se impone: ¿qué queda del ser humano cuando se ha convertido en un
bien de usar y tirar, dispuesto a la auto-explotación y al descarte? La única
vía para la emancipación de esta lógica no es el retorno nostálgico, sino la
articulación de una política de la permanencia donde la paciencia, el
compromiso y el cuidado recíproco sean actos de subversión radical contra la
tiranía de lo instantáneo. En definitiva, queridos lectores, si no se lucha por
la densidad de los afectos, ¿quién luchará por la densidad de nuestra propia
vida?
Lisandro Prieto Femenía
Referencias
Bauman, Z. (2003). Amor líquido: Acerca de
la fragilidad de los lazos humanos. Fondo de Cultura Económica.
Benedicto XVI. (2005). Deus Caritas Est (Carta
Encíclica). Ciudad del Vaticano.
Han, B.-C. (2014). La sociedad del
cansancio. Herder Editorial.
Illouz, E. (2007). Intimidades congeladas:
Las emociones en el capitalismo. Katz Editores.
Lipovetsky, G. (1983). La Era del Vacío:
Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama.
Molteni, E. J. (2021). Capitalismo emocional:
tensiones y solidaridades entre lo industrial y lo informacional. Revista
Hipertextos, 9(16), 77-97.
Sennett, R. (1998). La corrosión del carácter: Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Anagrama.
