Por Román Reynoso para Mundo
Norte
La exdiputada kirchnerista
rompió el silencio en una entrevista a corazón abierto y reveló detalles
escalofriantes sobre su paso por la noche porteña, el consumo de éxtasis y la
depresión que enfrentó al salir del reality. "Entrás en una felicidad y
luego en un vacío", aseguró.
La exposición mediática suele
ser un arma de doble filo, y pocos lo saben tan bien como aquellos que han
pasado por la casa más famosa del país. En las últimas horas, Romina Uhrig,
una de las figuras más destacadas de una edición reciente de Gran Hermano,
sacudió al mundo del espectáculo con una confesión que nadie esperaba. En
diálogo con el ciclo Infama (América), la exhermanita relató el calvario
que vivió tras abandonar el aislamiento, admitiendo problemas de adicciones y
una profunda depresión.
"No quería que se
terminara más la noche", fue la frase que resonó con crudeza en el
estudio, pintando de cuerpo entero la vorágine en la que se vio envuelta.
Uhrig, quien siempre se mostró como una madre dedicada y una mujer de carácter
fuerte dentro del juego, reveló que la fragilidad la golpeó cuando las cámaras
se apagaron y las luces de la noche se encendieron.
La trampa de la noche y las
"malas compañías"
Según detalló la propia
protagonista, el desenfreno comenzó casi de inmediato tras su salida del
certamen. "En los 35 años de vida no había hecho lo que hice en esos dos
años. Me encontré con muchísima gente y ahí fui muy frágil", explicó con visible
angustia. La exlegisladora confesó haber incursionado en el consumo de
pastillas y MD (éxtasis), sustancias que, según sus palabras, se volvieron un
requisito indispensable para sus salidas: "La verdad nunca me animé a
probar nada más, pero no quería salir si no tenía eso. Empezaba a buscar y, si
no conseguía, me ponía agresiva".
En un pasaje clave de la
entrevista, Uhrig apuntó contra el entorno que la rodeaba en ese momento,
señalando a una "persona puntual del medio" como facilitadora.
"En el momento decís 'gracias' porque te invitan cosas. Y todo era
alegría, ya pensaba en el finde siguiente", relató, describiendo el ciclo
vicioso de euforia ficticia y posterior caída.
Del éxtasis al vacío: la salud
mental en jaque
El relato de Romina no solo se
quedó en el consumo, sino que profundizó en las consecuencias devastadoras para
su psiquis. "Entrás en una felicidad y luego entrás en un vacío. Tuve
depresión y ataques de pánico", confesó. La situación llegó a tal límite
que su entorno más cercano tuvo que intervenir. Fue una amiga quien le
recomendó asistencia psiquiátrica, lo que derivó en un tratamiento con
medicación para estabilizarla.
Incluso recordó momentos en el
streaming Se Picó, conducido por Gastón Trezeguet, donde su actitud
"demasiado tranquila" llamaba la atención de sus compañeros, producto
de los fármacos que estaba ingiriendo para controlar su ansiedad.
El dolor de la madre detrás
del personaje
Quizás el punto más sensible
de su testimonio fue cuando se refirió a sus tres hijas. "Me cuido mucho,
amo a mis hijas, sé la madre que soy... Entonces para mí eso fue fuerte y
lamentablemente no lo pude manejar", admitió entre lágrimas. La culpa de
haber perdido el control, a pesar de "creerse fuerte", fue uno de los
motores que, paradójicamente, hoy la impulsan a contar su verdad ya recuperada.
Esta revelación pone
nuevamente en el foco de la discusión el post-reality y la falta de contención
que muchas veces sufren los participantes al enfrentarse a la fama repentina.
Hoy, Romina asegura haber "salido de toda esa porquería", pero su testimonio
queda como una advertencia contundente sobre los costos ocultos de la
popularidad efímera.
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