Por
Román Reynoso para Mundo Norte
La
esperada adaptación de las novelas de Claudia Piñeiro llegó a Netflix con la
promesa de ser el primer gran tanque nacional de 2026. Sin embargo, ni el
oficio de Carla Peterson y Nancy Dupláa logra disimular la falta de rumbo de
una trama que se queda a mitad de camino.
Había
razones de sobra para marcar el 1° de enero en el calendario. La materia prima
era noble: la pluma afilada de Claudia Piñeiro combinando el universo de Tuya
con su secuela El tiempo de las moscas. La dirección, a cargo de dos
nombres de peso en el cine de autor como Ana Katz y Benjamín Naishtat, sugería
una búsqueda estética interesante. Y en pantalla, una dupla que se sabe de
memoria el pulso del espectador argentino: Carla Peterson y Nancy Dupláa. Pero
el resultado final deja esa sensación amarga de la oportunidad perdida.
Como
bien señala el análisis preliminar, la serie se sostiene, casi exclusivamente,
por sus actuaciones femeninas. Peterson (como esa Inés de tono monocorde y
rígido) y Dupláa (como "La Manca", aportando la calle y la
visceralidad) construyen una química de supervivencia que es, por lejos, lo
mejor de la propuesta. A ellas se suma una siempre efectiva Valeria Lois. Son
mujeres con oficio, presencia y verdad escénica que reman contra la corriente,
dignificando escenas que, en manos de actrices con menos espalda, hubieran
naufragado. Ellas están, incluso cuando el relato duda. Y el relato duda
demasiado.
El
problema central de El tiempo de las moscas es de identidad. La serie
propone un híbrido de géneros —coquetea con el policial negro, intenta la
comedia seca, se vuelca al drama social de la reinserción poscarcelaria— pero
nunca termina de clavar el taco en ninguno. Va y viene. Insinúa conflictos que
luego abandona. Cambia de tono sin la decisión necesaria para que el espectador
compre el pacto de lectura. El resultado es un producto prolijo, técnicamente
impecable (como exige el estándar de la N roja), que entretiene en superficie
pero no trasciende en profundidad.
No hay
riesgo real. Para una historia que habla de asesinas, de cárcel y de la
oscuridad de los suburbios, la narrativa se siente curiosamente inofensiva. No
hay un mensaje contundente ni esa incomodidad punzante que suele dejar la
literatura de Piñeiro. Todo pasa… y se diluye en una resolución que busca
complacer antes que interpelar.
La sensación más fuerte al terminar los seis episodios es que se esperaba más. Con semejantes actrices y ese punto de partida, el gusto es a poco. La serie no fracasa estrepitosamente, pero tampoco vuela. Se queda en una zona de confort, tibia, que cumple como entretenimiento de fin de semana, pero desperdicia el talento mayúsculo que tiene en pantalla. Y cuando los fierros son tan buenos, que la carrera sea apenas un paseo dominguero es, inevitablemente, una forma de decepción.
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