Por Román Reynoso para Mundo
Norte.
A sus 97 años, Noam Chomsky no
solo es una leyenda de la lingüística y el activismo, sino un testigo lúcido
del siglo XX y lo que va del XXI. En una reciente entrevista para el medio The
Objective, el intelectual estadounidense lanzó una premisa que sacude los
cimientos de la autoayuda convencional: la felicidad no es un estado de confort
pasivo, sino el resultado directo de la insumisión. Para Chomsky, el bienestar
humano está atado a la capacidad de rebelarse contra lo establecido y a la
convicción de que las estructuras, por más sólidas que parezcan, son
transformables.
Esta tesis adquiere una
relevancia casi urgente cuando la trasladamos a nuestra idiosincrasia. En
Argentina, el escepticismo parece haberse convertido en un rasgo de identidad
nacional. Atravesados por crisis cíclicas, una inflación que erosiona el futuro
y una polarización política que agota el debate, muchos ciudadanos han caído en
lo que los especialistas llaman "indefensión aprendida": la creencia
de que, hagamos lo que hagamos, nada va a cambiar.
Chomsky nos advierte sobre el
peligro de este pensamiento. "Si asumes que no hay esperanza, garantizas
que no habrá esperanza", sostiene. Al aplicar esta lógica a la realidad
local, el mensaje es claro: la apatía y el cinismo no son solo estados de
ánimo, son decisiones políticas que mantienen el statu quo. La
felicidad, en términos chomskianos, no se encuentra en el aislamiento o en la
resignación de "salvarse solo", sino en la acción colectiva y en el
ejercicio de la soberanía intelectual.
El desafío que nos plantea el
filósofo es doble. Por un lado, nos invita a recuperar la capacidad de asombro
y la curiosidad, herramientas fundamentales para desarmar los relatos
oficiales. Por otro, nos empuja a una reflexión incómoda: ¿es nuestra "queja
constante" una forma de resistencia o es, en realidad, la máscara de
nuestra propia parálisis?
En una sociedad que muchas veces premia la obediencia o el silencio por conveniencia, la figura de un hombre de casi un siglo que aún cree en la capacidad de crear un mundo mejor resulta profundamente subversiva. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de un optimismo de la voluntad. La invitación está hecha: entender que la verdadera plenitud surge cuando dejamos de ser espectadores del declive y empezamos a ser arquitectos de la desobediencia constructiva.
¿Estamos listos para abandonar la comodidad del pesimismo y asumir el riesgo de ser felices a través del compromiso?
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