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25/04/26

Adam Smith y una frase que sigue retumbando: "Ninguna sociedad puede ser feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres"

Por Román Reynoso 


El "padre de la economía moderna" escribió hace casi 250 años una sentencia que hoy parece más vigente que nunca. Quién fue, qué dijo realmente y por qué su pensamiento sigue siendo un campo de batalla ideológico.


Hay frases que sobreviven siglos porque tienen la extraña capacidad de hablarle a cualquier época. Esta es una de ellas: "Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables". La escribió Adam Smith, el economista escocés al que hoy se considera el padre de la ciencia económica moderna. Y la escribió, atención, en 1776.

Lo llamativo no es solo la vigencia de la idea. Lo verdaderamente interesante es de dónde viene y contra quién iba dirigida.

Una frase con destinatario

Smith no escribió esto en el aire. La frase aparece en el Libro I, Capítulo VIII de su obra más célebre, La riqueza de las naciones, en el apartado específico sobre los salarios del trabajo. En el siglo XVIII, muchos economistas sostenían algo que hoy nos resultaría escandaloso: que los salarios debían mantenerse bajos para que los pobres no se volvieran "vagos" o tuvieran demasiados hijos. Era la llamada teoría de la "utilidad de la pobreza".

Smith la rechazó de plano. Para él, cuando una economía crece, los salarios deben subir, y eso no es un problema: es exactamente la señal de que las cosas van bien. Su argumento tenía dos pilares. Primero, que la riqueza de una nación no se mide por el oro que acumula el rey, sino por el nivel de vida de su gente. Si la mayoría vive mal, la nación es pobre aunque sus gobernantes sean millonarios. Segundo, que es una cuestión de simple justicia: quienes producen los alimentos, fabrican la ropa y construyen las casas tienen derecho a beneficiarse de ese trabajo.

El hombre detrás del mito

Adam Smith nació en Kirkcaldy, Escocia, en 1723 y murió en 1790. Fue ante todo un filósofo moral —profesor de esa materia en la Universidad de Glasgow— y sus viajes por Europa le permitieron observar de cerca los mecanismos y las fallas del sistema mercantilista de su tiempo, donde el Estado y un puñado de comerciantes privilegiados controlaban el comercio en beneficio propio.

Escribió dos obras fundamentales: La teoría de los sentimientos morales (1759) y La riqueza de las naciones (1776). Esta última es considerada el acta de nacimiento de la economía como disciplina científica. Su influencia se extendió a pensadores tan distintos entre sí como David Ricardo y Karl Marx, lo que ya dice mucho sobre la complejidad de su pensamiento.

Un liberal que no era lo que parecía

Aquí está el punto que más se distorsiona en los debates actuales: Smith es citado constantemente como el gran defensor del capitalismo sin restricciones, pero La riqueza de las naciones fue escrita, en realidad, como un ataque al mercantilismo y como una defensa del ciudadano común frente a los intereses concentrados.

Su famosa frase sobre "la mano invisible" coexiste en el mismo libro con pasajes muy críticos hacia los comerciantes y fabricantes que buscan monopolios, restringen la competencia y presionan a los gobiernos en contra del interés general. Y con la sentencia que hoy nos ocupa, que deja poco margen para la ambigüedad: si la mayoría sufre, algo está mal. No como cuestión filosófica abstracta, sino como dato concreto del fracaso de una economía.

Por qué importa hoy

En un contexto como el argentino, donde el debate sobre pobreza, salarios y distribución de la riqueza ocupa el centro de la agenda política y social, volver a Smith resulta casi obligatorio. No para usarlo como bandera de ningún sector —ya bastante se lo han disputado— sino para leerlo con honestidad.

Lo que Smith decía es que una economía que crece mientras la mayoría de su población vive en la miseria no es un modelo exitoso: es un modelo roto. Una idea que, casi 250 años después, sigue siendo incómoda para muchos y urgente para todos.


Roman Reynoso 2026

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Fuente: La cita de Adam Smith corresponde al Libro I, Capítulo VIII de "La riqueza de las naciones" (1776). 

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