Por Román Reynoso
El "padre de la economía
moderna" escribió hace casi 250 años una sentencia que hoy parece más
vigente que nunca. Quién fue, qué dijo realmente y por qué su pensamiento sigue
siendo un campo de batalla ideológico.
Hay frases que sobreviven siglos
porque tienen la extraña capacidad de hablarle a cualquier época. Esta es una
de ellas: "Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor
parte de sus miembros son pobres y miserables". La escribió Adam
Smith, el economista escocés al que hoy se considera el padre de la ciencia
económica moderna. Y la escribió, atención, en 1776.
Lo llamativo no es solo la
vigencia de la idea. Lo verdaderamente interesante es de dónde viene y contra
quién iba dirigida.
Una frase con destinatario
Smith no escribió esto en el
aire. La frase aparece en el Libro I, Capítulo VIII de su obra más célebre, La
riqueza de las naciones, en el apartado específico sobre los salarios del
trabajo. En el siglo XVIII, muchos economistas sostenían algo que hoy nos
resultaría escandaloso: que los salarios debían mantenerse bajos para que los
pobres no se volvieran "vagos" o tuvieran demasiados hijos. Era la
llamada teoría de la "utilidad de la pobreza".
Smith la rechazó de plano. Para
él, cuando una economía crece, los salarios deben subir, y eso no es un
problema: es exactamente la señal de que las cosas van bien. Su argumento tenía
dos pilares. Primero, que la riqueza de una nación no se mide por el oro que
acumula el rey, sino por el nivel de vida de su gente. Si la mayoría vive mal,
la nación es pobre aunque sus gobernantes sean millonarios. Segundo, que es una
cuestión de simple justicia: quienes producen los alimentos, fabrican la ropa y
construyen las casas tienen derecho a beneficiarse de ese trabajo.
El hombre detrás del mito
Adam Smith nació en Kirkcaldy,
Escocia, en 1723 y murió en 1790. Fue ante todo un filósofo moral —profesor de
esa materia en la Universidad de Glasgow— y sus viajes por Europa le
permitieron observar de cerca los mecanismos y las fallas del sistema mercantilista
de su tiempo, donde el Estado y un puñado de comerciantes privilegiados
controlaban el comercio en beneficio propio.
Escribió dos obras fundamentales:
La teoría de los sentimientos morales (1759) y La riqueza de las
naciones (1776). Esta última es considerada el acta de nacimiento de la
economía como disciplina científica. Su influencia se extendió a pensadores tan
distintos entre sí como David Ricardo y Karl Marx, lo que ya dice mucho sobre
la complejidad de su pensamiento.
Un liberal que no era lo que
parecía
Aquí está el punto que más se
distorsiona en los debates actuales: Smith es citado constantemente como el
gran defensor del capitalismo sin restricciones, pero La riqueza de las
naciones fue escrita, en realidad, como un ataque al mercantilismo y como
una defensa del ciudadano común frente a los intereses concentrados.
Su famosa frase sobre "la
mano invisible" coexiste en el mismo libro con pasajes muy críticos hacia
los comerciantes y fabricantes que buscan monopolios, restringen la competencia
y presionan a los gobiernos en contra del interés general. Y con la sentencia
que hoy nos ocupa, que deja poco margen para la ambigüedad: si la mayoría
sufre, algo está mal. No como cuestión filosófica abstracta, sino como dato
concreto del fracaso de una economía.
Por qué importa hoy
En un contexto como el argentino,
donde el debate sobre pobreza, salarios y distribución de la riqueza ocupa el
centro de la agenda política y social, volver a Smith resulta casi obligatorio.
No para usarlo como bandera de ningún sector —ya bastante se lo han disputado—
sino para leerlo con honestidad.
Lo que Smith decía es que una
economía que crece mientras la mayoría de su población vive en la miseria no es
un modelo exitoso: es un modelo roto. Una idea que, casi 250 años después,
sigue siendo incómoda para muchos y urgente para todos.
Instagram: @mundonorte
Fuente: La cita de Adam Smith corresponde al Libro I, Capítulo VIII de "La riqueza de las naciones" (1776).
