"¡Lo que me molesta no es que me hayas mentido,
sino que a partir de ahora no podré creerte!"
Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (1883-1885)
La figura de Friedrich
Nietzsche (1844-1900) ha sido objeto de innumerables lecturas y apropiaciones a
lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Sin embargo, ninguna ha resultado
tan ambigua y, en ocasiones, falaz, como la realizada por el pensamiento posmoderno.
A menudo, se le etiqueta como "precursor de la postmodernidad", una
simplificación que no sólo empobrece su filosofía, sino que la distorsiona al
reducir su complejidad a un conjunto de aforismos descontextualizados y mal
interpretados.
La crítica posmoderna a la
metafísica tradicional y a la noción de verdad absoluta, así como su
escepticismo ante los "grandes relatos" (metanarrativas), encuentran
en Nietzsche un aparente aliado. Conceptos como la "muerte de Dios" o
la "perspectiva" son frecuentemente citados para justificar la
disolución de los fundamentos objetivos del conocimiento y la moral. Sin
embargo, esta lectura tiende a ignorar la intencionalidad inicial de Nietzsche.
Para él, el anuncio de la "muerte de Dios" no era un motivo de
celebración progre-nihilista, sino la constatación de una crisis cultural
profunda que exigía la creación de nuevos valores. Como afirma él mismo
en La gaya ciencia (1882)m a través del aforismo 125, el
"hombre loco" que anuncia la "muerte de Dios" no se
regocija, sino que pregunta a todos los que le rodean: "¿No caemos
sin cesar? ¿Hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados, por los lados? ¿Sigue
habiendo un arriba y un abajo?¿No erramos como a través de una nada infinita? (Nietzsche,
1882). Como podrán apreciar, este pasaje evidencia la angustia y el desafío que
implica la pérdida de los fundamentos, un abismo al que los intelectuales de la
contemporaneidad les gusta interpretar, erróneamente, como un signo de complacencia
y victoria que no es tal.
Analicemos entonces, en primer
lugar, un rasgo muy repetitivo en la lectura progre de Nietzsche, a saber, la
descripción de la "moral de esclavos". Bien sabemos que la crítica de
Nietzsche a la moral tradicional es uno de los puntos más explotados y, a la
vez, tergiversados por ciertas corrientes del progresismo postmoderno. En su
obra Genealogía de la moral (1887), Nietzsche realiza una
distinción crucial entre la moral de señores y la moral
de esclavos. La primera surge de la afirmación de los fuertes, de los que
le dicen que "sí" a la vida y a sus propios valores. Por el
contrario, la moral de esclavos es una "inversión de
valores" nacida del resentimiento de los "débiles", quienes,
incapaces de superar la opresión, convierten sus propios sufrimientos y
carencias en virtudes universales. Pues bien, la deconstrucción de la moral
judeocristiana se utiliza para legitimar la relativización de cualquier sistema
de valores. Sin embargo, se ignora que el objetivo de Nietzsche no era la
disolución de toda moral, sino la transvaloración de los valores, es decir, la
creación de una moral afirmativa y vital que supere la decadencia de la moral
de esclavos. Esta lectura selectiva se apropia de la crítica nietzscheana para
justificar una agenda de liberación identitaria, pero sin asumir el peso de la
creación de los nuevos valores.
Seguidamente, el progresismo
intelectual de la postmodernidad encara los conceptos de "voluntad de
poder" y auto-superación tras el velo de una lectura preponderantemente
individualista y edulcorada. Recordemos brevemente que el concepto de "voluntad
de poder" (Wille zur Macht) representa un pilar central de la
metafísica tardía de Nietzsche. No se refiere a la simple
"dominación", sino a una fuerza de autoafirmación, de crecimiento y
de superación constante. Para él, la vida es una manifestación de esta
voluntad, que se despliega en un constante proceso de creación y de destrucción
de valores.
Los Daríos Z de la vida y sus
pésimas lecturas sobre este asunto han despojado a este concepto de su
profundidad trágica, reduciéndolo a una noción meramente psicológica: la
auto-superación del individuo que se libera de las "limitaciones impuestas
por el entorno". Este enfoque, a menudo ligado a una visión individualista
del ser, transforma la voluntad de poder en una herramienta para el
empoderamiento personal, un ideal que ignora por completo que la voluntad de
poder en Nietzsche implica una lucha agonística no sólo contra el entorno, sino
también contra uno mismo, contra los propios valores y creencias que se han
vuelto estériles. Al respecto, Gilles Deleuze ofreció una interpretación más
seria de esta idea al sostener que "afirmar no es soportar, llevar
o atarse a lo que existe, sino por el contrario, desatar, liberar y despojar a
lo que vive (Deleuze, Nietzsche y la filosofía, 1962),
dando a entender con ello que es posible tener una comprensión más profunda de
la voluntad de poder como una fuerza liberadora que va más allá del
individualismo caprichoso y superficial.
También, es crucial prestar
puntual atención a la lectura que los posmo-progres le han dado al
perspectivismo y a la multiplicidad de sentidos, derivando su hermenéutica en
un relativismo sin fundamento, es decir, sin sentido alguno. Tengamos en cuenta
que el perspectivismo es otro de los conceptos nietzscheanos que ha sufrido una
profunda distorsión, porque a menudo se le reduce a la simple fórmula: "no
hay hechos, sólo interpretaciones". Esta idea se ha utilizado para
justificar un relativismo absoluto, la noción de que cualquier visión del mundo
es tan válida como otra. Para una interpretación servil al progresismo liberal,
esta idea se convierte en el fundamento para abogar por la pluralidad de
visiones y la deconstrucción de las "verdades totalizadoras" de
Occidente.
Sin embargo, esa lectura
mentecata ignora el carácter agónico y jerárquico de la verdad en Nietzsche. El
perspectivismo no es un relativismo que disuelve toda distinción, sino una
herramienta para la evaluación y la jerarquización de las perspectivas. El
mismísimo Nietzsche, en Genealogía de la moral, desafía la noción
de un sujeto caprichoso que se siente autónomo al afirmar que "no
hay un 'ser' detrás del hacer, del actuar, del devenir, 'el hacedor' es tan
sólo una ficción añadida a la acción, la acción lo es todo" (Nietzsche,
1887). Esta crítica profunda a la noción de un "yo" estable es lo que
inspiró a Michel Foucault, quien reconoció su deuda con el método genealógico
de Nietzsche para analizar las relaciones entre el saber y el poder. Concretamente,
Foucault sostuvo que "todo saber reposa sobre la injusticia, no
hay derecho, ni siquiera en el acto de conocer, a la verdad o a un fundamento
de la verdad" (Foucault, El orden del discurso, 1971),
demostrando así una comprensión de la crítica nietzscheana a la objetividad que
va más allá del simple relativismo.
Tampoco podemos olvidar cómo
en la contemporaneidad han tomado el asunto de la libertad y la autonomía del
individuo. Bien sabemos que éstos son elementos recurrentes en el pensamiento
de Nietzsche, pero su concepción difiere de la interpretación simplista que a
menudo se le da. Para él, la libertad no es un derecho inherente, sino una
conquista ardua y dolorosa. La figura del "niño", en la alegoría de
las "tres transformaciones del espíritu" de Así habló
Zaratustra (1883-1885), no representa la mera inocencia o la autonomía
del "ser auténtico", sino el estado final de una voluntad que se
convierte en un creador de nuevos valores. Una lectura progre de esto reduce
esta profunda transformación a un simple llamado a la autonomía personal, donde
el individuo se "libera" de la subordinación y forja su propia
identidad ética desligada de la comunidad. Esta visión transforma la libertad
en un ideal de autorrealización en la cultura del individualismo exacerbado y
olvida que, para Nietzsche, la verdadera libertad radica en la autodisciplina y
la auto-imposición de valores. Como él mismo escribió en La gaya
ciencia, "aquel que ha roto el yugo, pero que no tiene ya su
propio yugo sobre él, no se ha liberado aún de la esclavitud" (Nietzsche,
1882).
Por último, queridos lectores,
queda por rever un asunto que es crucial en Nietzsche, a saber, el rechazo al
determinismo interpretado erróneamente por los pseudo intelectuales posmos como
la libre voluntad entendida como excusa para el individualismo. Para analizar
con claridad este aspecto, es preciso recordar que el rechazo de Nietzsche al
fatalismo y al determinismo es una de las críticas más poderosas a las
filosofías mecanicistas. Sin embargo, el progresismo contemporáneo ha
malinterpretado esta postura, reduciéndose a una defensa de la libre voluntad
en el sentido convencional: el individuo como un agente completamente autónomo,
capaz de moldear su destino a través de sus decisiones. Esta lectura liberal
ignora que, para Nietzsche, la libertad no es una elección consciente y
racional, sino una manifestación de la voluntad de poder que opera a un nivel
mucho más profundo. En lugar de abogar por el libre albedrío, Nietzsche propone
una especie de fatalismo afirmativo, lo que él llama amor fati o
"amor al destino". Esta idea, expuesta en Ecce Homo (1888),
es la culminación de su pensamiento: no se trata de resistir al destino, sino
de querer lo que es necesario, de abrazar cada experiencia- incluidos el
sufrimiento y la desgracia- como una parte intrínseca de la propia existencia.
Así, la grandeza del individuo no reside en su capacidad de "elegir",
sino en su habilidad para decir "sí" a la vida en su totalidad.
Al concluir este esbozo de
análisis, resulta ineludible preguntarnos: ¿es posible una lectura de Nietzsche
que no lo reduzca a un simple precursor del nihilismo, sino que lo comprenda
como un pensador que, desde el abismo de la modernidad, buscó una nueva ética y
estética para la existencia humana? La apropiación posmoderna, al centrarse en
la disolución de las verdades y la celebración de lo fragmentario, elude
completamente la dimensión trágica y afirmativa de la filosofía de Nietzsche.
El proceso de deconstrucción que él emprendió no fue un fin en sí mismo, sino
una limpieza que consideraba necesaria para que la voluntad de poder pudiera
crear y transvalorar. La patética complacencia con la "nada" que
caracteriza a ciertas corrientes y agendas posmodernas dista bastante de la
precitada angustia y el desafío que el propio filósofo experimentó al constatar
la "muerte de Dios" y el consecuente vacío de sentido.
El pensamiento posmo-progre,
que se autoproclama como crítico de las estructuras de poder clásicas, parece
ignorar la dimensión creativa de la obra nietzscheana, reduciéndola a un
catálogo de aforismos nihilistas que se pueden utilizar a gusto y placer, según
les convenga en su retórica diletante. Esta reducción es una traición al
espíritu de un pensador cuya genealogía de la moral buscaba exponer el
resentimiento, no legitimarlo ni hacer gala de él. La interpretación
superficial de la voluntad de poder como una herramienta para el empoderamiento
personal o del perspectivismo como un simple relativismo de "cualquier
opinión es válida" despoja a la filosofía de Nietzsche de su verdadera
profundidad, su rigor y su demanda de grandeza. En su lugar, se le presenta
como una figura intelectual que valida el statu quo del
individualismo moral, el multiculturalismo superficial y una visión edulcorada
de la auto-superación.
En definitiva, caros lectores,
esta lectura parcial y selectiva de Nietzsche sirve como un pretexto para
justificar teóricamente, culturalmente y moralmente las agendas posmodernas,
evitando la confrontación con las implicaciones más duras de su pensamiento. Al
no asumir la responsabilidad de la creación de los nuevos valores, el
progresismo posmoderno se contenta con la deconstrucción vacía y la crítica,
sin reconocer que esta postura, lejos de ser una superación, es una clara
manifestación de la misma debilidad que Nietzsche criticó. Con esta actitud
perezosa, han logrado reducir la complejidad de un grande de la filosofía a una
herramienta para la autoayuda y la validación de ideologías flojas de papeles,
despojando a su legado de la fuerza vital y la demanda de excelencia que lo
caracterizaban.