Por Román Reynoso para Mundo
Norte
Tratar a los perros o gatos como si fueran "bebés" y negar sus instintos básicos no solo no los hace más felices, sino que les genera ansiedad, agresividad y problemas de conducta. Un experto explica por qué debemos respetar su naturaleza.
En la era de las redes
sociales, donde abundan los videos de perros en cochecitos, vestidos con ropa
de diseño o comiendo en la mesa familiar como un integrante más, surge un
debate incómodo pero necesario. ¿Estamos amando a nuestras mascotas o las estamos
usando para llenar nuestros propios vacíos? Alfredo Molina, médico veterinario,
ha puesto el dedo en la llaga con una afirmación tajante que se viralizó
rápidamente: "Querer a los animales no es humanizarlos. Eso no es amor,
es ego".
El concepto de
"perri-hijo" se ha instalado con fuerza en la sociedad argentina y
global. Sin embargo, Molina advierte que detrás de ese exceso de mimos y
cuidados antropomórficos se esconde una forma de maltrato sutil. Al tratar a un
perro o un gato como a un niño humano, se le está negando su esencia, su
naturaleza y, fundamentalmente, sus necesidades biológicas y etológicas.
La trampa del ego humano
El especialista sostiene que
muchas personas creen estar dándole "lo mejor" a sus compañeros de
cuatro patas, cuando en realidad están satisfaciendo una necesidad propia.
"Tratar a un perro como a un niño humano es negarle la naturaleza, el
movimiento, los límites; no lo hace más feliz, lo rompe", explica Molina.
El animal necesita olfatear,
correr, revolcarse y socializar con sus pares. Cuando estas conductas son
reprimidas para que el animal encaje en el molde de un "bebé",
comienzan los problemas. Según el veterinario, convertir a los perros en "peluches
emocionales para calmar carencias humanas" deriva en cuadros clínicos
preocupantes: ansiedad por separación, agresividad, miedo excesivo y conductas
destructivas.
Consecuencias reales en la
salud
No se trata solo de una
cuestión filosófica sobre la crianza, sino de salud pública y bienestar animal.
Molina detalla que muchos de los animales que llegan a consulta medicados, con
problemas graves de comportamiento o que terminan siendo abandonados, son
víctimas de esta humanización excesiva.
"Muchos abandonos no
nacen del odio, sino de la ignorancia y del exceso de humanización",
sentencia el experto. En el caso de los gatos, la situación puede ser incluso
peor, con felinos que sufren por el encierro absoluto y la falta de estímulos
propios de su especie, todo bajo la excusa de una sobreprotección mal
entendida.
Amar es respetar
El mensaje final de Molina es
un llamado a la madurez emocional de los tutores. La verdadera tenencia
responsable implica aceptar al animal tal cual es, con sus instintos y sus
necesidades, aunque eso a veces resulte incómodo para el dueño.
"Si de verdad quieres a
tu animal, déjalo ser perro", aconseja. Esto no significa quererlos menos,
sino quererlos mejor. Significa entender que el amor real respeta la otredad
del otro —en este caso, su condición de animal— y no intenta transformarlo en
un sustituto humano. Como bien cierra el veterinario: "Hay que tener la
madurez de acompañarlo en su naturaleza... Y si eso te molesta, pregúntate por
qué".
En un país "mascotero" por excelencia como Argentina, donde el perro es parte fundamental de la familia, reflexionar sobre estos límites es vital para garantizar que nuestro amor no se convierta en su jaula.
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