Por Román Reynoso para Mundo
Norte
En una Argentina donde la
coyuntura exige una adaptación constante y el reloj parece correr siempre un
paso adelante de nuestras posibilidades, las reflexiones del filósofo
surcoreano Byung-Chul Han resuenan con una vigencia escalofriante. No es la
economía, ni la política, ni siquiera el jefe de turno lo que nos está
consumiendo; según el pensador contemporáneo más citado del momento, el enemigo
duerme en casa. O mejor dicho, somos nosotros mismos.
En su análisis más reciente,
recogido por el medio Vanitatis, Han profundiza sobre la tesis central
de su obra La sociedad del cansancio: hemos transitado, casi sin darnos
cuenta, de una sociedad disciplinaria —aquella del "deber" impuesto
por instituciones externas— a una sociedad del rendimiento, regida por el
"poder". Pero este "poder hacer" no es liberador; es una
condena.
La autoexigencia como nuevo
capataz
Lo que Han plantea es un
cambio de paradigma brutal en la psiquis colectiva. Ya no necesitamos un
sistema opresor visible que nos obligue a trabajar más. El sujeto moderno se ha
convertido en su propio vigilante y, a la vez, en su propio explotador. La frase
que define nuestra era no es "tengo que obedecer", sino "tengo
que poder con todo".
Esta dinámica genera una
paradoja cruel, especialmente palpable en sociedades hiperconectadas como la
nuestra: cuanto más se esfuerza el individuo por alcanzar sus metas, mayor es
la sensación de insuficiencia. El éxito se vuelve un horizonte que se aleja a
medida que caminamos hacia él. El resultado clínico de esta carrera sin línea
de meta es el estrés crónico, el burnout y una depresión que, según el
filósofo, es la enfermedad característica de una sociedad intoxicada de
"excesiva positividad".
El fin de la pausa
Otro punto crítico que destaca
el análisis de Han es la desaparición del tiempo contemplativo. En el afán de
productividad, hemos eliminado los espacios de pausa, esos momentos de "no
hacer nada" que son vitales para el equilibrio mental. La hiperactividad
se ha comido al ocio real; incluso nuestro tiempo libre se ha convertido en
otra tarea a optimizar (ver series, entrenar, mostrarse feliz en redes).
La incapacidad para detenerse
refuerza la ansiedad de llegar siempre tarde a la propia vida. La felicidad,
entonces, deja de ser una vivencia presente para transformarse en una meta
futura, un check más en la lista de pendientes que nunca llegamos a
tachar.
Como sociedad, y especialmente desde nuestra realidad local vertiginosa, la advertencia de Byung-Chul Han nos obliga a replantearnos: ¿estamos persiguiendo nuestros sueños o simplemente corriendo en una rueda de hámster que nosotros mismos alimentamos? La respuesta, quizás, empiece por atreverse a parar.
Portal de Noticias: MundoNorte
Instagram: @mundonorte


